La pregunta inmediata es esta: ¿qué sería de la película El diablo viste a la moda (2006) sin la sólida actuación de Meryl Streep y sin el soporte fundamental de Stanley Tucci? Pues un elegante desfile de las mejores prendas para vestir, con el garbo dolarizado que solo está al alcance de los pudientes. El director David Frankel así lo entiende y así lo muestra.
Es la historia cenicienta de la joven apenas solvente que quiere trabajar para una revista importante del mundo de las modas, ella se llama Andrea Sachs (encarnada por la actriz Anne Hathaway). Andrea tiene una vida cordial, con amigos, novio y vive de manera sencilla.
Lo que le sucede es el paso traumático del estilo ceniciento al de una consorte de la moda, controlada de manera despótica por una mujer obsesiva y deslumbradora como lo es su jefa Miranda Priestly (Meryl Streep). Ese calvario la consume. Andrea solo encuentra la amistad de Nigel (Stanley Tucci). Lástima que la actriz Anne Hathaway no tenga peso dramático alguno para con su personaje.
En todo caso, por lo que dijimos al principio (incluido el vestuario, responsabilidad de Patricia Field), estamos ante una película que nos hace pasar un buen rato, que por momentos ironiza sobre el ambivalente y enfermizo ambiente de las modas y de las revistas que la originan, la cubren y la estimulan.
El problema es que cuando aparece el elemento irónico y punzante de la crítica, los responsables del filme prefieren esconderse para meterse con un largometraje poco original: tiran la piedra y esconden la mano. La verdad es que resultan mucho más sulfurosos y mordaces los comentarios sobre este tema en la cinta Pret-á-Porter (1994, de Robert Altmann), por más aburrida que esta nos resulte.
En todo caso, sí hay un retrato irónico del Nueva York, donde la talla 2 es la versión actual de la talla 4, donde hay que saber discernir sobre marcas, porque las marcas son lo importante, no el ser humano. Los tacones que sean Jimmy Choo, aunque suenen igual a los de la zapatería Lazo que hay en San José.
El crítico Rene Jordan ( Nuevo Herald) dice del filme: “Es un banquete chismográfico y para saborearlo conviene enterarse del chisme”. La película se basa en la novela escrita por Lauren Weisberger, quien trabajó para la revista Vogue , por lo que construyó el personaje de Miranda según el estilo de su editora Anna Wintour.
Lo cierto es que para sobrevivir en ese mundo de bogas, pasarelas, modelos, farándulas, trajes, abrigos, zapatos y demás cachivaches costosos, hay que venderle el alma al diablo, de aquí el acertado título del filme. Es la conocida historia de Fausto, pero en Nueva York, hoy.