
El 14 de marzo de 1926, Adilia Ramírez caminaba junto a sus padres por las calles de Alajuela. Se dirigían a la estación del tren, para viajar hacia Cartago y pedirle a la Virgen de los Ángeles por el nacimiento de su hermano. Entonces Lila, como le decían de cariño, viviría a sus cuatro años la peor catástrofe ferroviaria en la historia de Costa Rica: la tragedia del Virilla.
Ocurrió sobre el puente Negro, que conecta Santo Domingo de Heredia con Tibás. Tres de seis vagones se descarrilaron: uno se volcó al lado izquierdo de la vía, otro se incrustó en la plataforma, y el último cayó a la orilla del precipicio de 60 metros de altura.
Han pasado 100 años desde entonces, y todavía no se conoce (y probablemente nunca se conocerá) el número exacto de víctimas. Como mínimo, los diarios de la época estimaron 251 muertos y 93 heridos; el cataclismo fue tal que estañones afloraban con piernas, brazos y cabezas descuartizadas.
Porque ningún pasajero fue tan longevo, ya todas las personas que viajaron en ese convoy fallecieron. Pero los saldos de la tragedia del Virilla no murieron con ellos, pues todavía golpean a los familiares que crecieron atemorizados del suceso.
‘No cabía un alfiler’
Al ser las 7:30 a. m. de aquel soleado domingo, la ciudad de los Mangos vio partir a tres vagones rebosantes de feligreses. Eran tantos los campesinos que algunos guindaban de los balcones, como don Joaquín Ulate, quien se subió a la máquina ilusionado de llegar al turno que destinaría lo recaudado para la construcción del Asilo de la Vejez en la Vieja Metrópoli (hoy institución benemérita).
Oriundo de San Joaquín de Flores, tierra que siete años antes había visto nacer a Chavela Vargas, el joven homónimo al pueblo se dirigió a la estación. Ya la máquina venía repleta, por lo que no se detuvo para recibir más pasajeros, pero con las habilidades de un muchacho de 20 años se las ingenió para subirse entre el penúltimo y último vagón.
“A beneficio de los ancianos de Cartago”, rezaba el boleto que por un colón y medio les llevaría ida y vuelta al turno promovido en la prensa por el monseñor Claudio María Volio, quien había sido párroco en las dos provincias que cruzó el tren.
Al llegar a Heredia, solo media hora después, los furgones cargados con alajuelenses fueron “desconectados” por los funcionarios de la Northern Railway Company. Al ser colocados detrás de los ciudadanos con fama de caminar por media calle, se convertirían en las principales víctimas mortales.
En ese interín, por viajar con una niña pequeña y una mujer embarazada de seis meses, Juan Ramírez Rojas, el padre de Lila, lograría avanzar al segundo vagón de los seis que viajaban en la locomotora. No tenía manera de saber que esa hazaña les salvaría.
Cada carro debía transportar a 52 personas, como máximo, pero los tiquetes se sobrevendieron: se estima que se entregaron a más de mil personas, por lo que el tren llevaba el triple de carga.
Al no poder subir a nadie más, la locomotora siguió sin pausar en Santo Domingo y Santa Rosa, la misma estación donde finaliza Marcos Ramírez. Los vecinos con billete en mano maldijeron a la máquina y les quedaría de recuerdo el sombrero que el viento le botó a un pasajero, según recogen los testimonios del libro La tragedia del Virilla 1926.
“Papá decía que no cabía un alfiler y que el tren tomó una velocidad inusitada. Las mujeres asustadas rezaban y algunas hasta lloraban porque consideraban que estaban en peligro. Los hombres también iban muy asustados y comentaban que iba a suceder una desgracia”, recuerda María Ulate, hija del entonces pasajero Joaquín.
Un silencio de muerte
Aproximándose al puente Negro, mientras el tren sorteaba una cuesta ascendente, los pasajeros heredianos sintieron un estremecimiento. Se sabía que la topografía del terreno era complicada, pero esos golpes no podían ser reglamentarios, ni mucho menos el estruendo de los metales contra las piedras y el zacatal.
Se presume que, por la alta velocidad que traía la locomotora y la sobrecarga de pasajeros, el último vagón no tomó bien la curva. Al descarrillarse hacia la izquierda, se trajo consigo a dos carros más: el antepenúltimo vagón pegó contra los bastiones del puente y quedó guindando sobre las tablas de madera, a lo horizontal; el penúltimo se descarriló por completo y cayó arrastrado cerca del cauce del río.
Cuando Joaquín abrió los ojos, yacía en la ladera. Intentó levantarse, pero al erguir su cuello solo logró observar los tendones, músculos y huesos de su brazo izquierdo al descubierto. Quizás fue la adrenalina lo que le permitió caminar hacia la línea férrea, buscando ayuda, presionando su triturada extremidad.
A su alrededor, habían centenares de personas expulsadas de las ventanas, decenas flotando sin vida, y algunas cuantas aferrándose de las ramas. El paisaje era de rostros desfigurados, vientres abiertos, cuerpos ensangrentados.
Los jalonazos hicieron que el conductor, Gonzalo Facio, frenara el convoy. Como el agua del Virilla ya estaba teñida de rojo, decidió continuar el trayecto y pedir auxilio en la capital. En la estación del Atlántico avisó que debían suspender el servicio, mientras se protegía de los pasajeros que le lanzaban piedras tachándolo de culpable.
Mientras tanto, un niño fue el encargado de llevar la tragedia al centro de Santo Domingo. La narró en la iglesia, y al escuchar los hechos, el sacerdote congeló la misa. Reunió a cuantos voluntarios pudo, que por la ocasión vestían sus mejores sombreros de pita y alforjas, y con prisa atravesaron la montaña.
En minutos se armó un hormigueo de espectadores. Los vidrios cubrían el campo, los asientos habían rodado al abismo y los cuerpos yacían cubiertos de hojas para que el sol no acelerara su proceso de descomposición.
“Él no podía creer todo lo que había sucedido. La gente lloraba, gritaba, aquello fue terrible”, evoca María sobre la experiencia de su papá.

Angustia en carne viva
A las 8:20 a. m. del domingo se descarrilaron los tres vagones sobre el río Virilla, cuando la mañana apenas calentaba. La asistencia de los vecinos llegaría casi al instante, y de las autoridades unas pocas horas después, a un terreno ya envuelto en un fétido olor a hierbas mezcladas con sangre.
Los rescates terminarían hasta muy pasada la llegada de la luna, cuando un tren de socorro partió hacia Alajuela cargando más de 100 féretros. Al día siguiente, tendrían un funeral conjunto.
Por la naturaleza del desastre, centenares de familiares corrieron con la angustia de desconocer el paradero de sus seres queridos. Muchos nunca lograron ser identificados, pues las cédulas de esa época no traían fotografía, y sus restos depararon en un estañón.
Entre los “afortunados” estuvo Joaquín. Su hija dice que fue de los primeros en ser movilizado al hospital San Vicente de Paúl, en Heredia, donde le amputaron el brazo hasta el codo. Corrió “suerte” por no infectarse, ya que entonces no se había descubierto la penicilina. Tiempo después lo trasladaron a la clínica Victory-Pacheco, en San José, donde fue operado por el doctor Ricardo Moreno Cañas.
“Joaquín, así sin un brazo y todo, yo siempre me caso con usted”, le dijo su novia, Jovita Rodríguez, cuando lo pudo visitar. Tres meses después se casaron y con los años recibieron a 13 hijos, entre ellos María, la menor.
A raíz del accidente, el gobierno de Ricardo Jiménez Oreamuno declaró tres días de duelo nacional. Según un informe de la Dirección General de Estadística de Costa Rica, la población del país en 1924 era de 507.193 personas.
El tren viene, choca, se descarrila, se sueltan los vagones de de Alajuela por el impacto y la máquina sigue con los tres vagones de Heredia. Después del puente hay una una leve cuestita, ahí se detuvo. Mucha gente de Heredia se bajó a colaborar y se quedaron ahí“.
— Felipe Ovares, autor del libro 'La tragedia del Virilla 1926'

El trauma no merma aunque pasen las décadas
Los esfuerzos que Joaquín tendría que hacer para sostener a su familia después del accidente todavía conmocionan a María. Al no poder palear, pues se dedicaba a peón agrícola, debió ingeniárselas para vender lotería. Los detalles del siniestro solo los contaba cuando alguno de sus hijos le preguntaba, pero no era un tema que trajera fácilmente a colación.
Caso similar ocurrió con Lila, la pequeña que viajaba en el tren a sus cuatro años. Podría ser joven para el momento del infortunio, pero siempre que alguien le hablaba del tema, sin importar cuantos años hubiesen pasado, se negaba y lloraba.
“Mamá era muy nerviosa y yo digo que a raíz de todo eso, ella lo traía”, recuerda Rita Soto, una de sus doce descendientes.
“Fue muy duro descubrir que prácticamente hubo familias enteras que murieron. Por ejemplo, en el barrio San José, en Alajuela, dicen que casas quedaron solas porque se murió todo el mundo. Los vecinos tuvieron que llegar a repartir los perros, repartir las gallinas, porque no quedó nadie”, narra Felipe Ovares, informático de profesión, y autor de La tragedia del Virilla 1926.
Ante la ley, el último responsable fue la empresa. Dos días después del accidente, el Diario de Costa Rica reportó que el maquinista Víctor Calvo y el fogonero Clarencio Auld descontaron tiempo en prisión. Pero al no tratarse de un crimen doloso, salieron libres al poco tiempo.
Lo que recibirían las familias de los sobrevivientes, incluso diez años después, serían indemnizaciones. Algunas de dos colones por un golpe en la pierna, otros ¢200 por lesiones severas, y muy pocos cifras de ¢20.000 por los trágicos decesos.
“La empresa pagó más de ¢750.000 de la época en indemnizaciones (...). En 1926, el premio mayor de la lotería eran ¢50.000, un automóvil nuevo valía más o menos ¢5.000″, afirmó Ovares.

Lo que ha cambiado en 100 años
Un centenario después de la máxima tragedia en la historia de Costa Rica, mucho ha cambiado para el sistema ferroviario, pero no tanto para el puente del Virilla.
Vale recordar que la ruta de más de 170 kilómetros, que conecta al área metropolitana con el Pacífico, se inauguró en 1890 con el propósito de transportar mercadería como banano y café.
Ya cuando los recorridos se habilitaron para pasajeros, los tiquetes podían venderse con antelación cuando hubiese algún evento, como el turno en beneficio del Asilo de la Vejez en Cartago. Entonces el transporte era administrado por concesiones con la Northern Railway Company y la Costa Rica Railway Company, hasta que el Estado adquirió las vías con todos sus activos en la década de los años 70.
Desde entonces tenemos más estaciones y trenes modernizados, pero los alajuelenses y heredianos que quieran llegar a San José siguen viajando por los mismos metales que yacían al momento del accidente.
El puente Negro, que data del siglo XX, hoy es rojizo. Ha estado allí, estático, poniéndose cada vez más corroído y decorándose de graffitis. El acceso al sitio también es igual que al de entonces: exclusivo a pie.
Según publicó La Nación en 1974, el puente original fue cambiado en 1901. Entonces se colocó el actual, que vio el accidente, y fue fundido en Nueva York.

A los ticos ‘nos encanta el olvido’
Aquella mañana de marzo, miles de personas tuvieron que cruzar las 137 escarpias que sostienen al puente para ayudar; las mismas tablas de madera, algunas casi podridas, que funcionan de base para los rieles de hoy.
Quizás por el paso del tiempo, sumado a que quienes podrían narrar esta historia en primera persona solo son los árboles, los ticos van olvidando la tragedia.
No aporta que solo dos cosas la recuerdan: una placa en el parque central de Santo Domingo, colocada durante el octogenario de la tragedia, y un pequeño monumento en el cementerio de Alajuela, cuyas letras se fueron robando con el paso de los años.
“La imprudencia y la falta de responsabilidad influyó mucho para que sucediera esa desgracia. Creo yo que los conductores de cualquier medio de transporte deberían ser muy cuidadosos porque muchas vidas valiosas se perdieron en ese momento (...) Esta historia, creo yo, no deberíamos olvidarla”, añade María, quien también escribió un libro sobre la historia de su padre, Joaquín. Puede encargar El manco del Virilla al número 8540-2041.
Hasta la fecha, la gente camina por el puente Negro para ahorrarse camino. A lo mejor, algunos rememoran la tragedia. Muchos otros, de seguro, ignoran la historia de este paisaje donde brotan blancas mariposas.
“Los ticos somos muy dejados con la historia, como que no nos interesa. La gente sigue pensando que lo del Virilla fue como una leyenda”
— Felipe Ovares







