
Cientos aguardan su turno en los pasillos de la Antigua Aduana. Si pudieran, posarían para los ojos curiosos y tratarían de convencer a los semblantes que pasan de largo. Y sin quererlo, compiten con portadas bañadas en color por llamar la atención. Libros de ficción y no ficción, que van de clásicos a novedades, aglomerados en una de las ferias literarias más grandes de Costa Rica en una época en que los lectores parecen escasearse.
Pese a que la literatura nació de la necesidad humana por explicar el mundo, y tiene la capacidad de transportar a un lugar de la Mancha o al pabellón de fusilamiento del coronel Aureliano Buendía, solo cuatro de cada 100 costarricenses leen al menos un libro al año, según el Estado de la Nación.
Este escenario, que se asemeja a un abismo como el descrito por Dante, lo refuerza la Encuesta Nacional de Cultura 2026: apenas el 29% de la población mayor de edad de Costa Rica lee libros. Y preocupa, porque hace una década esa cifra se encontraba casi 10 puntos porcentuales por encima.
“No necesariamente hay una valoración positiva, desde el punto de vista cultural, sobre la lectura, sobre ser lector”, dice Marianela Camacho, filóloga, lingüista y editora de la Editorial de la Universidad Nacional (EUNA). “Los hábitos vienen cayendo, el consumo probablemente también y las competencias lectoras vienen en retroceso”.
En la crisis confluyen factores económicos y sociales; no siempre hay presupuesto para comprar libros a ¢15.000 y la literatura es un terreno muchas veces ajeno.
Las consecuencias son claras a nivel individual, porque la lectura ayuda a reducir el estrés, estimula el pensamiento crítico y desarrolla el vocabulario, según lo ha señalado el Instituto de Investigaciones en Educación (INIE-UCR).
A nivel colectivo, irrumpe en los salones de clase: en 2024, solo 14% de los alumnos de primer ingreso de la Universidad Nacional (UNA) contaban con un nivel satisfactorio de habilidades de comprensión lectora.
“Que los niveles de lectura estén bajos hace que la sociedad se convierta en mediocre, con falta de crítica, que no analiza los argumentos que le dicen, no toma sus propias decisiones, no hace análisis de discurso (...). Se crea una sociedad peligrosamente influenciable por políticos, una sociedad egoísta y con poca empatía”, señala Evelyn Ugalde, periodista, escritora, editora y promotora cultural.
Los resultados de la Encuesta Nacional de Cultura del Ministerio de Cultura y Juventud (MCJ) pueden evocar un oasis en medio de la nada si se revisan con ligereza, pero lo bello del desierto es que sí, en algún lugar esconde un pozo: en una década aumentó en 12% la cantidad de costarricenses que leen autores locales.
Además, si se comparan las estadísticas con la región, los 5,5 libros que los ticos leen por año es similar a México y Colombia, que leen 5,8 y 6,3 obras, respectivamente, según el World Population Review.
Sus ecosistemas lectores enfrentan retos similares a los nuestros, como que los hombres están leyendo menos que las mujeres, pero para escritores como Guillermo Arriaga esa preocupación se revertirá “tarde o temprano”. Eso sí, hay que dimensionar la distancia que nos sacan países como Estados Unidos (17), India (16) y Reino Unido (15).
“Somos un país con una población muy pequeña, eso implica que el mercado también es muy pequeño y está expuesto a las crisis económicas. A diferencia de otros países que tienen muchísimo más infraestructura dura, poder económico, poder simbólico, nosotros dependemos mucho de lo que pueda aportar el Estado”.
— Marianela Camacho, editora de EUNA

¿Camino a una sociedad iletrada?
La industria del libro, en Costa Rica y el mundo, lleva años perdiendo la batalla; en especial por la pandemia y el auge de tecnologías como la inteligencia artificial. Y para hacerle frente a estos desafíos, las editoriales locales han apostado por lo digital: los eventos ahora suelen ser híbridos y han aumentado las publicaciones de libros electrónicos en acceso abierto.
Si bien estos esfuerzos son positivos, hace falta reforzar al ecosistema editorial desde lo institucional. Por ejemplo, en el Consejo Nacional de la Lectura, el Libro y las Bibliotecas —órgano que asesora y propone la definición y el desarrollo de las políticas de esta materia— se podría conversar sobre los resultados de la encuesta y cruzarlos con variables como el consumo y las competencias lectoras.
También se debe fortalecer la presencia en los territorios, pues los datos apuntan a disímiles realidades: en el Valle Central solo lee el 32,8% de la población, en la región Brunca el 26,6%, en la Huetár Atlántico el 26%, en Chorotega el 24,9%, en Huetar Norte el 24,2% y en el Pacífico Central apenas el 15,9%.
Tanto Camacho como Ugalde coinciden en la necesidad de plantear una mesa de trabajo interinstitucional y así aprovechar las políticas ya existentes, como la Ley 10.025 del Fomento a la lectura, el libro y las bibliotecas. Incluso, podrían plantearse nuevas legislaciones para, entre otras cosas, robustecer a las bibliotecas.
“Al no haber tantas ferias grandes apoyadas por el Estado, hay menos posibilidades de que las personas asistan, compren libros los que tienen poder adquisitivo, y los que no, que los buscan en las bibliotecas (...). En Costa Rica hay muy poco apoyo de compra de libros para que las bibliotecas tengan libros de autores nacionales, libros de papel que estén cerquita de los niños”, menciona Ugalde.
“Nosotros siempre hemos tenido la sensación de que los hábitos de lectura iban creciendo desde las primeras ferias del libro (empezaron en 1997), aunque han desaparecido librerías”, agrega Óscar Castillo, presidente de la Cámara del Libro y director de Uruk Editores. “No sé si estamos sufriendo las consecuencias del parón educativo y de las malas políticas educativas que estamos teniendo en el país (...). Todo eso influye, pero no me lo explica”.
Y aún con los resultados de esta nueva encuesta (realizada por CID Gallup, no por el Instituto Nacional de Estadística y Censos), hace falta conocer otros datos específicos para la industria, ya que suele medirse más el consumo que la producción.
Revista Dominical consultó al MCJ si elevarán los resultados de la encuesta al Consejo Nacional de la Lectura y si se está trabajando en alguna política pública que responda a los desafíos que plantean sus resultados; sin embargo, no se obtuvo respuesta al cierre de esta edición impresa.
Por su parte, el INEC indicó a RD que no participó en la encuesta porque, aunque hubo un acercamiento por parte de la cartera de Cultura, ”por los amplios compromisos del plan de trabajo institucional, no resultaba posible para el INEC hacer la encuesta en el plazo requerido por el Ministerio”.
“Pasaron 10 años en que hubiera una encuesta para saber hacia dónde iba el consumo, los hábitos. Una de las grandes falencias que tiene la industria editorial costarricense es que no tiene datos. No le preguntaron a la gente cómo está leyendo; si está leyendo en la computadora, en el teléfono, en un Kindle. Si está usando un lector de libros electrónicos, no tenemos idea”.
— Marianela Camacho, editora de EUNA
Darle vuelta a la hoja
Aunque la lectura es principalmente usada para el entretenimiento (54% según la encuesta), compite en desventaja ante las pantallas chillantes o los partidos de fútbol. “En un aula de 30 niños van a haber 10 lectores y 20 que están indiferentes, algunos del todo no van a leer; ya sabemos que es lo normal. Hay que tener políticas públicas de los Ministerios de Educación y Cultura para que los niños se acerquen a los libros”, cuenta Ugalde.
Y es vital, porque el hábito lector nace en esas casas donde los abuelos cuentan historias y los padres se empeñan en leer antes de dormir. La responsabilidad luego recae en el sistema educativo, que debe darle continuidad e impulsar los gustos de la juventud, más allá de las lecturas obligatorias. Quizás así podría crecer el grupo de personas entre 18 y 28 años que leen libros, que según la encuesta, son el grueso de lectores de Costa Rica.
También hace falta, a juicio de Óscar Castillo, una mayor circulación de libros nacionales y regionales. “En esta feria del libro hemos tenido una reunión entre varios editores guatemaltecos, nicaragüenses y costarricenses, conversando sobre la posibilidad y la necesidad de establecer formas de distribución de los libros dentro de la región. Como somos todos mercados chiquititos, hagámonos un mercado considerable si nos unimos”, dice. “Pero es muy difícil porque culturalmente no nos queremos mucho”.
“Es curioso, pero si yo llevo libros de escritores costarricenses, Carlos Cortés o Tatiana Lobo a Guatemala, Honduras, El Salvador, no los leen. Y si vienen aquí los libros de Méndez Vidal, la gente tampoco los lee”, continúa. “Tenemos una especie de nacionalismo miope con respecto a la cultura literaria de la región. Es un asunto de educación; si los libros circulan, probablemente vamos a ir cambiando esa visión”.
Hoy, que es el último día de la Feria del Libro en la Antigua Aduana, aproveche y visite el espacio. Y si le queda muy lejos, haga planes para visitar la biblioteca más cercana; recomendaciones en Internet abundan. A lo mejor, allí pueda encontrar aquel libro que anhela llegar a un nuevo hogar. Y si no puede hoy, en quince días vendrá la Feria de la Lectura en el mismo lugar.
Si le abruma retomar un texto, encuentre consuelo en que todo el mundo se distrae pensando en la alarma del día siguiente cuando lee sobre historia. Claro que puede ser frustrante, pero lo importante es volverlo a intentar. Vale la pena recordar las palabras de Pizarnik en La noche, que aunque escritas con otro propósito, décadas más tarde siguen punzantes:
...Tal vez las palabras sean lo único que existe
en el enorme vacío de los siglos
que nos arañan el alma con sus recuerdos
