
Hace 40 años, mientras supervisaba la posproducción de uno de sus primeros largometrajes en la Ciudad de México, un técnico de los Estudios Churubusco le dijo a Óscar Castillo: “Costa Rica no tiene cine, pero ya tiene un Óscar”. Esta anécdota revela una verdad evidente: el cine costarricense no se reduce a Castillo, pero no hubiera sido posible sin él.
Como escribe en sus memorias: “Recuerdo cuando, en el Festival de Nantes, en 1984, una periodista francesa me preguntó… cómo estaba la industria del cine costarricense. Mi respuesta fue: ‘Bien, aquí, tomándose un café con usted’”.
A sus casi 82 años, Óscar Castillo sigue vigente. Ensaya un nuevo montaje de Las sillas de Eugène Ionesco, con amigos que lo han acompañado por más de medio siglo en escena, alguna película irrealizada le ronda la cabeza y hace unos meses publicó su primer libro, Círculos concéntricos. Mis caminos por el teatro, el cine y la televisión (2025), cuya segunda edición acaba de volver a librerías.
Sin ser una autobiografía, el volumen cuenta la mayor aventura que puede contar un ser humano, que es la invención de sí mismo. Es su particular manera de expresar “cómo llegué a ser productor de cine y sobreviví para contarlo”. Un productor que, como todo empresario aventurero, se hizo por su cuenta y descubrió a lo largo de su existencia esa rara alquimia de industria, arte, espectáculo de circo, azar y locura que es el cine.

Los anillos concéntricos son los consecutivos esfuerzos heroicos por sobreponerse a las condiciones de un mercado infinitamente pequeño, de una región sin industrias creativas y conflictos político-militares interminables, donde todo ha tenido que inventarse y reinventarse. Si una idea sobresale en la trayectoria vital de Castillo es que para abrirse campo en el mundo del cine había que arriesgarlo todo y dejarse la piel en el intento.
En su vida, como en sus memorias, sobresale una personalidad arrolladora y una voluntad de hierro que lo llevó a ser por partes iguales actor, director y hombre de teatro, productor y director cinematográfico, showrunner televisivo, guionista, administrador cultural y creador de política pública.
Con la pupila dilatada de la memoria, Castillo se sorprende de que la concatenación de acontecimientos inesperados en su vida no haya dado al traste con producciones que se convirtieron en películas icónicas del cine latinoamericano, como las revolucionarias Patria libre o morir (1978), La insurrección (1980) y El Salvador, el pueblo vencerá (1981), de las que fue productor.
En otra vuelta de tuerca, Castillo se lanzó a la aventura de producir La Segua (1984), una compleja película de época, y dirigir Eulalia (1987), una sarcástica parodia de telenovela con trasfondo social, y Asesinato en El Meneo (2001), el primer largometraje costarricense del siglo XXI. O series de televisión como El Barrio (1997-1999) y La Pensión (1999-2021), la cual se mantuvo al aire durante 22 temporadas, y que aún puede verse en plataformas.

De Emperador Jones a Rey Lear
Círculos concéntricos representa una de las pocas veces en que se escucha a Óscar Castillo hablar con voz propia. Desde su debut en el Teatro Universitario, en 1959, cuando fue descubierto como actor por el exrector de la Universidad de Costa Rica, Rodrigo Facio, ha prestado su voz y su cuerpo a algunos de los grandes personajes del teatro mundial.
Hace años le pregunté al actor y director argentino Alfredo Pato Catania (1934-2014) quién había sido el mejor actor con el que había trabajado en Costa Rica, y me contestó que Castillo. Óscar es una fuerza de la naturaleza desde que encarnó El emperador Jones, de Eugene O’Neill, en 1969, hasta sus papeles de estremecedora madurez en Rey Lear de William Shakespeare, en 2014, en el Teatro de La Aduana, cuando obtuvo el premio a la mejor actuación masculina del año, y Esperando a Godot de Samuel Beckett, en el 2016, en el Teatro Nacional.
Castillo tiene “algo que solo tienen los elegidos”, como dice el director español José Luis Garci, una “animalidad” vital en escena. Un actor que nació condenado a encabezar el elenco de todas las producciones que emprendiera en la vida. Los espectadores del Rey Lear que vivieron el ritual colectivo de morir y renacer en el escenario pensaron que aquel papel había sido escrito para él, como culminación de una carrera iniciada en el teatro aficionado y que lo llevó a algunos de los mejores escenarios de México y Francia.
La materia de los sueños
La mayor parte de sus memorias no están dedicadas al teatro sino a ese amor terrible y caprichoso que es el cine, la televisión y la producción audiovisual, y que para él es “la materia de la que están hechos los sueños”, como escribe Shakespeare en La tempestad, y repite Humphrey Bogart en el final memorable de El halcón maltés (1941) de John Huston.
Como escribe Castillo: “El cine se me presentaba como el arte que, quizás, permitiría unir mi vocación artística con cierta capacidad empresarial, y crear una industria innovadora, moderna, trascendente”. Un arte concéntrico, como metáfora esencial de este libro, que concentra todas las vidas de Óscar Castillo, así como los recursos tecnológicos y narrativos más sofisticados para contar una historia.

En el campo audiovisual los logros de Óscar Castillo son difíciles de emular. Es el responsable del primer documental centroamericano en estrenarse en festivales clase A, el primer largometraje independiente de ficción en casi 40 años en Costa Rica, la primera película profesional en Centroamérica, la primera coproducción internacional de la región, el primer filme en superar la taquilla de una superproducción hollywoodense, el primer largometraje costarricense del siglo XXI, la primera serie televisiva profesional en el área, y un largo etcétera.
También hizo posible lo que en 1977 se llamó “el ministerio de Cultura en el exilio” cuando fundó la productora Istmo Film, Distribuidora del Istmo y la Sala Garbo, junto a los costarricenses Samuel Rovinski, la exministra Carmen Naranjo y Antonio Yglesias, y el nicaragüense Sergio Ramírez. Sin este proyecto de cine regional, que se estancó en la turbulencia político-militar de la década de 1980, no hubiera sido posible el cine centroamericano posterior.
Si todo libro está poseído por un anhelo testamentario, al escribir sobre lo que ha quedado atrás, Círculos concéntricos nos convoca al presente y al futuro de lo que somos como cultura, nación y sociedad a través de la mirada de uno de sus creadores indispensables.

Memorias de un director total
Frenético recorrido que va desde el actor juvenil hasta el productor profesional que forjó la industria audiovisual centroamericana, Círculos concéntricos no es tanto una autobiografía como un testimonio, ya que se sabe poco de la infancia o de la adolescencia del autor, salvo que nació en el lugar más adecuado para jugar beisbol o que su familia fue perseguida por calderonista después de 1948.
Al lado de Alberto Cañas, Carmen Naranjo y Guido Sáenz, Castillo fue uno de los grandes creadores de política pública en la década de 1970, en el campo cultural, y fue el que vivió las experiencias más contradictorias por su vinculación al teatro popular, el documental revolucionario, el cine comercial y las series televisivas.
Círculos concéntricos aborda la cultura costarricense, centroamericana y latinoamericana desde una perspectiva inédita en una crónica sobre los denodados esfuerzos por consolidar el cine y la televisión en el Istmo, en el último tercio del siglo XX y las primeras décadas del siglo XXI.
Círculos concéntricos. Mis caminos por el teatro, el cine y la televisión. San José: Editorial Universidad de Costa Rica. 356 páginas. Segunda edición. 2026.