
En agosto y setiembre de este año, el periódico La Nación publicó dos noticias alarmantes: de enero a julio de 2025 ya se registraban más de 500 homicidios en Costa Rica, con la proyección de cerrar el año con casi 900, y en los últimos cuatro años los menores atendidos en Emergencias por heridas de bala aumentaron en un 82%.
Estos datos no solo reflejan una crisis de seguridad, sino también una amenaza silenciosa: el daño que la violencia produce en el desarrollo del cerebro y la salud de nuestra niñez y juventud.
Como seres humanos, tenemos un sistema biológico de alerta que nos permite reaccionar ante el peligro, llamado “sistema simpático”. En situaciones puntuales, este sistema activa el cuerpo y nos da fuerzas para afrontar o escapar de la amenaza. Una vez que el peligro pasa, la contraparte de este sistema, que se denomina “sistema parasimpático”, actúa ayudándonos a recobrar la calma.
Pero cuando la exposición al peligro es constante, el cuerpo mantiene encendido este “modo de alarma” a través de una hormona llamada cortisol, también conocida como la hormona del estrés. El cortisol tiene funciones biológicas fundamentales, como mantener nuestra presión arterial, pero como todo en exceso es malo, en niveles elevados y sostenidos el cortisol afecta el sistema inmunitario, eleva sostenidamente la presión arterial, altera el sueño y favorece la ansiedad, la depresión y la manifestación de enfermedades crónicas e inflamatorias.
El cerebro humano inicia su desarrollo desde el vientre, en las primeras semanas de gestación, pero este no finaliza al nacimiento, sino que se mantiene en desarrollo hasta aproximadamente los 24 años de edad, según los expertos de la OMS.
Además, durante la infancia temprana y la adolescencia ocurren cambios en las conexiones neuronales que son muy significativos y que forman nuestras habilidades y dirigen el aprendizaje. Por eso, durante la infancia y adolescencia, el exceso de cortisol es todavía más grave, precisamente porque el cerebro está en desarrollo y el cortisol actúa directamente sobre estas conexiones en formación.
Uno de los órganos más afectados es la amígdala, una pequeña estructura cerebral encargada de procesar el miedo y las emociones. Bajo estrés tóxico, la amígdala se agranda y se vuelve hiperactiva, lo que incrementa la ansiedad y las respuestas agresivas, por la sensación constante de amenaza.
El cortisol, además, afecta otras áreas del cerebro relacionadas con la memoria, la atención y el aprendizaje, limitando las oportunidades de que los niños alcancen su máximo potencial. Más grave aún, se ha visto que estos cambios en la fisiología cerebral se pueden dar desde el embarazo, si es la madre quien está sometida a este estrés tóxico durante la gestación.
Desde el año 2005, el Dr. Jack Shonkoff y su grupo de expertos en desarrollo infantil de la Universidad de Harvard clasificaron el estrés en tres categorías: el estrés agudo, breve y protector; el estrés crónico, más prolongado pero tolerable; y el estrés tóxico, que ocurre cuando este es permanente y no hay medidas de contención suficientes y adecuadas para la persona. Lamentablemente, lo que vivimos hoy como país se acerca a este último.
Estamos criando a una generación bajo condiciones de violencia que no eligieron, que ya está impactando su desarrollo inmediato y su salud a corto y mediano plazo. Y, si no actuamos pronto, la heredarán a las futuras generaciones.
Detener la violencia es urgente, pero no suficiente. Debemos también fortalecer a la sociedad con entornos protectores: escuelas seguras, espacios de arte, cultura y deporte, crianza respetuosa en las familias, inclusión real en las aulas y un discurso público que modele respeto y empatía. Cada palabra desde nuestras autoridades, cada mensaje en redes sociales y cada acción en casa cuenta para que la niñez no normalice la violencia como parte de su vida.
El estrés tóxico no solo deteriora la seguridad del presente, también hipotecará el futuro de Costa Rica en creatividad, aprendizaje y convivencia. Si logramos construir ambientes seguros y amorosos, no solo reduciremos la violencia, también liberaremos el verdadero potencial de nuestra juventud.
tatiana.barrantes81@gmail.com
Tatiana Barrantes Solís es médica especialista en Pediatría y Neurodesarrollo y máster en Epidemiología.