
La historia de Daniela Campos Guillén y su familia es inspiradora por lo que significa para el futuro del planeta. Su abuelo se ganaba la vida recuperando vidrio en un botadero; el padre de ella hizo de esa actividad el único oficio que conoció y, con ese trabajo, sostuvo a su familia, compró casa y pagó los estudios universitarios de su hija. Hoy, Daniela, con solo 26 años, está al mando del Centro de Acopio J y D, en Santiago del Monte de San Diego de La Unión, donde laboran 18 personas.
De muchas de las frases pronunciadas por esta joven en el Foro Residuos Cero Costa Rica 2026, organizado por La Nación, sobresale una: “Lo que algunos ven como basura, nosotros lo vemos como oportunidad”. Esas palabras destacan porque, en la mente de muchos costarricenses, la basura desaparece en el instante en que los recolectores municipales se llevan las bolsas de sus casas. Pero el problema apenas comienza allí, porque, más allá de las nuevas tecnologías o de las regulaciones –como quedó claro en el encuentro–, el principal desafío no está en los rellenos sanitarios; está en nuestra manera de pensar.
De las 4.500 toneladas de residuos sólidos que Costa Rica produce diariamente, un promedio de 60% corresponde a materia orgánica: restos de comida, cáscaras de frutas y verduras, hojas, ramas y desechos agrícolas. Buena parte de ese material nunca debió convertirse en basura porque, a diferencia del plástico, el vidrio o el aluminio, conserva nutrientes que podrían transformarse en abono orgánico (compost) para enriquecer los suelos y favorecer cultivos.
Sin embargo, termina mezclado con los demás desechos. Su descomposición en esos rellenos produce metano -uno de los gases de efecto invernadero más nocivos–, genera lixiviados contaminantes y encarece la gestión que finalmente pagan las municipalidades y, en última instancia, todos los ciudadanos.
Por esas circunstancias, surgió el concepto “cero residuos”, conocido internacionalmente como zero waste. No significa que una persona, una empresa o un país producirán literalmente cero desechos. Sería imposible. El propósito es organizar nuestra forma de producir y consumir para que solo una parte de los materiales, idealmente mínima, terminen como desechos. Significa reutilizar, reciclar y devolver a la naturaleza aquello que puede reintegrarse a ella.
Con esa visión, el Foro Residuos Cero, realizado en San José el 26 de junio anterior, reunió experiencias empresariales, municipales, académicas y comunitarias que confirman que la transición hacia una economía circular ya comenzó.
A partir de investigaciones y reportajes de La Nación, se conocieron programas de compostaje comunitario que convierten los residuos orgánicos en abono para devolver nutrientes a la tierra, así como iniciativas que capacitan a hogares y comercios para aprovechar mejor esos materiales.
Las universidades, por su parte, demostraron que la investigación también forma parte de la solución al desarrollar biomateriales elaborados con desechos agrícolas, capaces de sustituir, en algunos casos, plásticos de un solo uso. Los conversatorios reforzaron esa convicción. KFC demostró que el aceite vegetal usado puede transformarse en biocombustible; Dos Pinos recordó que un residuo comienza a gestarse cuando un producto se diseña sin pensar en su reutilización o reciclaje; Nestlé insistió en que la responsabilidad recae sobre toda la cadena, desde quien fabrica hasta quien consume, y Holcim y Coopeguanacaste evidenciaron que algunos desechos aún pueden convertirse en energía e, incluso, mover una turbina de generación eléctrica, como ocurrirá en Carrillo.
El foro también dejó en evidencia que ninguna innovación será suficiente sin una transformación cultural. La Sociedad de Seguros de Vida del Magisterio Nacional presentó el programa Yo Pienso Verde, orientado a fortalecer la responsabilidad de cada persona como generadora de residuos. Entretanto, el Grupo Empresarial Rabsa propuso involucrar al Ministerio de Educación Pública en una estrategia de educación ambiental para escuelas, colegios y universidades.
La experiencia de la ahora profesional en Criminología, Daniela Campos, terminó de darle sentido a esa proposición: detrás de cada material que recuperamos, hay familias que encuentran empleo, madres jefas de hogar que generan ingresos y personas que logran construir un proyecto de vida.
Las grandes transformaciones sociales suelen comenzar con pequeños cambios de conducta. Eso es lo que los costarricenses necesitamos comprender. El desafío de los residuos no se resolverá únicamente con nuevas leyes, tecnologías más sofisticadas o mayores inversiones públicas. Estas son indispensables, pero solo habrá resultados si cada ciudadano asume que la responsabilidad no comienza cuando saca la bolsa de basura a la acera, sino mucho antes, en la forma de producir, comprar, consumir y desechar. Mientras esa mentalidad no cambie, ningún relleno sanitario será lo suficientemente grande para recibir lo que seguimos desperdiciando.
