
Las promesas de expulsiones masivas de migrantes, envueltas en discursos incendiarios con tintes racistas, fueron parte esencial de la campaña electoral de Donald Trump en 2024; también, una de las razones de su triunfo. Tras llegar a la Presidencia, hace un año, las puso de inmediato en marcha, con acciones a menudo arbitrarias, y despliegues publicitarios destinados a infundir temor entre sus posibles víctimas y generar apoyo y deleite entre sus partidarios más duros.
La campaña ha incluido redadas masivas, detenciones injustas, violencia injustificada, deportaciones masivas y un desdén por principios humanitarios esenciales.
Esta estrategia ha sido utilizada, además, como instrumento para atacar a sus adversarios políticos del Partido Demócrata. De ahí que las ciudades y estados gobernados por ellos, como Los Ángeles, en California, y Chicago, en Illinois, hayan experimentado las redadas más crueles y notorias, ejecutadas por oficiales de su agencia de control fronterizo y migratorio, conocida por sus siglas en inglés, ICE.
Hace poco más de tres semanas, le tocó el turno a Mineápolis, la principal ciudad del estado de Minnesota, bajo control de los demócratas y con una considerable población de origen somalí. Su carácter “ejemplar” resultaba notorio, no solo por las evidentes connotaciones raciales, sino porque su gobernador, Tim Walz, había sido el candidato a la vicepresidencia de Kamala Harris, rival de Trump.
Sin embargo, la intensidad de la arremetida, su generalizada arbitrariedad, la crudeza de su retórica, el cinismo de altos funcionarios responsables de orquestarla y, sobre todo, la muerte de dos pacíficos ciudadanos estadounidenses en Minneapolis, a manos de los brutales agentes, ha roto cualquier límite.
Lejos de paralizarse ante la violencia, la población de la ciudad y del estado se movilizó de manera ejemplar en protestas multitudinarias. Además, el rechazo nacional ante las muertes y la violencia ha llegado a tal nivel que, a partir del domingo, el presidente Donald Trump, responsable final de la estrategia, se vio forzado a modificar su ruta. Además de sustituir al jefe directo de la operación en Minneapolis, mostró cierta sensibilidad ante las dos víctimas y sus familiares, conversó civilizadamente con el gobernador y el alcalde, y decidió iniciar el repliegue de algunos agentes del ICE.
La primera víctima fatal de estas fuerzas de choque, el miércoles 7 de enero, fue Renee Good, una madre de 37 años; la segunda, Alex Pretti, enfermero de cuidados intensivos de la misma edad. En ambos casos, videos de los hechos demostraron, sin lugar a dudas, que ninguno de ellos había agredido ni intentado agredir a sus atacantes oficiales. Al contrario, quedó de manifiesto que estos actuaron de manera impulsiva y sanguinaria al propinarles, sin razón, múltiples disparos.
Lejos de abrir una investigación contra el agente que ultimó a Good, de condenar el hecho o, al menos, lamentarlo, Kristi Noem, jerarca del Departamento de Seguridad Interna, del que depende ICE, justificó su muerte y aseguró que la víctima estaba involucrada en “terrorismo doméstico”. La secretaria de prensa de la Casa Blanca la calificó como una “lunática”. El vicepresidente J.D. Vance dijo que sus acciones habían constituido un “ataque a la ley y el orden”, y hasta declaró –aunque luego se desdijo– que su virtual asesino estaba protegido por “inmunidad absoluta”.

El sábado 24 fue el turno de Pretti, víctima de diez impactos de bala. De nuevo, las autoridades trataron de culpabilizarlo por su propia muerte. Como el enfermero portaba legalmente un arma, Noem lo acusó de querer atentar contra la integridad de los agentes, pero los videos que ya circulaban en redes mostraban que no había hecho uso de ella.
“Estaba allí para perpetuar la violencia”, dijo Noem en rueda de prensa. Peor aún, Stephen Miller, poderoso asesor de Trump e ideólogo de la cruel política migratoria, lo calificó como “asesino” en una publicación replicada en X por Vance.
Esta muerte, añadida a las persistentes mentiras oficiales, aceleró la resistencia, la indignación y las condenas. Diversas encuestas evidencian un rechazo abrumador a lo ocurrido en Mineápolis. Algunos congresistas de su propio Partido Republicano, y hasta un gobernador, la han criticado. Un candidato de la agrupación, que competiría por la sustitución de Walz, renunció a su aspiración como protesta. Los demócratas la han convertido en impulso para una oposición más dura, y quizá exitosa. Hoy, la posibilidad de que retomen el control de la Cámara de Representantes en las elecciones de medio periodo, en noviembre, se muestran más fuertes que nunca
Estas han sido, en esencia, las razones que explican los esfuerzos presidenciales por apaciguar la situación. Si solo se trata de una maniobra temporal para controlar daños reputacionales, o si conducirá a correcciones más sustantivas en la violencia contra de los migrantes, es algo que está por verse. El saldo, por desgracia, ha sido trágico; la resistencia ciudadana, ejemplar. Lo primero es digno de condena; lo segundo, de admiración; también, de advertencia contra la arbitrariedad, el irrespeto a la vida y la limitación de derechos individuales.
