El final del verano ha estado marcado por actividades culturales en San José como el FIA, Transitarte o el Festival Iberoamericano de Teatro. Miles de ciudadanos tomaron las calles, se apropiaron del espacio público y, por unos días, la ciudad pareció responder a una promesa largamente postergada: la de una vida urbana más amable, más habitable, más nuestra. Pero ese mismo impulso –ese entusiasmo colectivo por recuperar la ciudad– dejó también en evidencia otra realidad que crece en paralelo: el aumento visible, sostenido y cada vez más difícil de ignorar de la indigencia en la capital.
Durante la Semana Santa, en pleno centro de San José, las procesiones avanzaban entre apóstoles y magdalenas junto a personas en condición de calle descansando sobre cartones. Todo coexistía en el mismo espacio, bajo un mismo ritmo, con un mismo telón de fondo: el olor persistente que nos recuerda que la ciudad no logra sostener condiciones mínimas de habitabilidad. No es una imagen excepcional; es una síntesis de la ciudad que somos.
Y es que no se trata solo de una impresión. San José es hoy una ciudad desbordada. La “zona roja” desdibujó su frontera y los indigentes comenzaron a instalarse en cualquier esquina, en un perímetro de deterioro que sigue expandiéndose. Los datos confirman esa transformación. Hasta setiembre de 2025, el IMAS estimó que 7.133 personas viven en condición de calle en Costa Rica y más de la mitad (un 51,07 %) lo hacen en San José. En apenas siete años, la cifra creció un 46%. Estamos frente a una tendencia sostenida que evidencia el deterioro del espacio urbano y de la respuesta institucional.
Esa misma realidad no pasa inadvertida para quienes llegan desde fuera. San José nunca ha sido una ciudad de grandes atractivos turísticos y muchos visitantes apenas permanecen en ella un par de noches, ya sea por tránsito o por darle el beneficio de la duda. Sin embargo, incluso en esos recorridos breves, en trayectos de pocos metros entre el Teatro Nacional y el Museo del Jade, la experiencia urbana suele estar marcada por la presencia constante de personas en condición de calle, aceras deterioradas, basura acumulada, caños desbordados y una sensación general de abandono. La primera impresión de la ciudad confirma lo que sus habitantes ya conocen.
Y es en ese contexto donde emerge una paradoja incómoda. La misma ciudad que logra movilizar recursos públicos para sostener expresiones culturales de alto valor, capaces de convocar y dignificar el espacio urbano, es también una ciudad que no ha logrado resolver las condiciones más básicas de subsistencia para una parte creciente de su población. No se trata de cuestionar la cultura, todo lo contrario, sino de reconocer la tensión entre una ciudad que es capaz de producir lo sublime y, al mismo tiempo, incapaz de garantizar lo mínimo.
Reducir la indigencia a una cuestión de pobreza sería, sin embargo, simplificar el problema. Lo que se manifiesta en las calles de San José es el fracaso de múltiples instituciones a la vez: sistemas de salud mental insuficientes, problemas de adicción, ruptura de redes familiares, ausencia de políticas de vivienda efectivas y una fragmentación institucional que impide respuestas coherentes. Cada institución atiende (mal) una parte del problema, pero ninguna lo aborda en su totalidad.
Ahí radica el punto más crítico: la indigencia es, en esencia, un problema sin dueño. No es competencia exclusiva de la municipalidad, ni del sistema de salud, ni de la policía, ni de los programas de asistencia social. Y lo que no tiene un responsable claro termina, casi inevitablemente, sin solución. Se interviene de forma parcial, reactiva y descoordinada, mientras el fenómeno sigue creciendo.
En ese contexto, la ciudad se adapta. Aprende a convivir con la indigencia como si fuera un rasgo más del paisaje urbano. Se normaliza lo que debería generar alarma. Esa normalización es, en sí misma, una señal de deterioro, no solo del espacio público, sino de la capacidad colectiva para reconocer cuándo una situación ha dejado de ser aceptable.
La calidad de vida urbana no se mide únicamente por la capacidad de organizar festivales o reactivar el centro con eventos masivos. También se mide por la forma en que una ciudad enfrenta, o evita enfrentar, sus problemas más complejos. La indigencia no es una anomalía marginal ni un efecto colateral del crecimiento urbano. Es un punto de convergencia donde se hacen visibles las limitaciones del Estado y la ausencia de una estrategia integral.
San José ha demostrado, en estas semanas, que puede ser una ciudad distinta. Pero también ha dejado claro que esa transformación será siempre parcial mientras no se aborde el problema que hoy ocupa sus aceras. Porque el desarrollo de una ciudad no está solo en lo que es capaz de celebrar, sino en lo que no puede seguir permitiéndose ignorar.
