Álvaro Cedeño. 19 mayo

Una familia es un grupo singular. Es la escuela en la que aprendemos nuestra manera de convivir como comunidad.

En una familia se aprenden desde cosas tan elementales como caminar hacia la escuela sin riesgos de tránsito y hasta asuntos tan complejos como responsabilizarnos de nuestras acciones para obtener determinados resultados.

En la familia se aprende la empatía, el cómo mediante nuestro comportamiento podemos transmitirle al otro que sabemos ponernos en sus zapatos. Aprendemos a comunicarnos, saber con cuáles mensajes podemos obtener qué cosas. Se aprende a vivir la colaboración y a coordinar los esfuerzos. Nos educamos en dar y recibir afectos; importante actividad de la que tanto depende nuestra sensación de bienestar y nuestra salud mental.

Las familias enfrentan problemas estratégicos: cómo impregnar de visión de largo plazo las acciones cotidianas (haga bien esa tarea escolar, así en el futuro será un profesional responsable). A su manera, enfrentan y resuelven problemas. Enfrentan desacuerdos los cuales se ven obligadas a gestionar, a veces de maneras poco funcionales.

Muchos de los miembros de las familias, trabajan en empresas. En empresas bien organizadas, el personal y particularmente los ejecutivos están debidamente entrenados para elevar la eficiencia productiva, mejorar la forma de lidiar con problemas estratégicos, gestionar la búsqueda de acuerdos, mejorar la eficacia de los equipos de trabajo, plantear y resolver problemas. Las empresas podrían, como una forma de responsabilidad social corporativa, ayudar a su personal a transferir algunas de estas buenas prácticas a la vida de sus familias.

Nada más imaginen si en 10 años, un hijo de estas familias, pudiera decir que la educación recibida en su hogar había sido enriquecida por un programa de la “empresa tal” donde su padre trabajaba. Esto crearía entre las empresas y sus familias un fuerte vínculo del que ambas saldrían beneficiadas. Pensemos en una familia que ante un problema, en vez de empezar a cavilar sobre soluciones, siguiera un proceso ordenado como el que se sigue o debería seguirse en las empresas. Pensemos en una familia en la cual se viva sistemáticamente una actitud de innovación.

Las empresas desarrollan a su personal. Ahora se trata de que con un costo marginal muy reducido, hagan fluir ese desarrollo hacia sus familias. Lo primero que habría que hacer es no descartar la idea a priori. Lo siguiente, buscar el camino, que siempre se encuentra cuando existe el deseo.

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