Entre una multitud reunida en la iglesia de San Antonio de Padua, ubicada sobre una pequeña colina que mira hacia el centro de Bribri de Talamanca, un comandante de Fuerza Pública llamó tres veces al oficial Gerson Rosales Cascante. No hubo respuesta suya, pero sí recibió el grito de sus compañeros: “¡Firme, en la presencia del Señor!”.
Pronto, los oficiales retiraron el quepis de Gerson, colocado sobre su féretro de madera, y la bandera que también lo cubría. La doblaron con cuidado y la entregaron a la madre del oficial, a su esposa y a su hijo, de tan solo cuatro años. El pequeño, poco después, se colocó sobre la cabeza esa gorra con la insignia que tanto enorgulleció a su padre: Policía.
Este es el protocolo que se sigue cada vez que muere un oficial en sus labores y así partió Gerson, de 28 años, asesinado cuando trabajaba en un operativo de rutina en Batán de Matina, la tarde del 13 de mayo. Él es uno de los 60 policías del Ministerio de Seguridad Pública fallecidos en el cumplimiento de sus deberes desde el año 2000.
Este joven creció en el barrio Volio, a tres kilómetros del centro de Bribri. Su vida transcurrió entre el deporte, su familia y la Policía, a la que le dedicó casi nueve años.
“Era un oficial destacado”, afirmó a este medio el jefe de la Fuerza Pública de Limón, Adrián Noguera. Posterior a su proceso de formación, Gerson se desempeñó en la Dirección Regional de Limón, específicamente en el Grupo de Apoyo Operacional (GAO). Una vez que adquirió experiencia, regresó a Talamanca para estar más cerca de su familia y su llegada a Batán, donde fue asesinado, ocurrió hace aproximadamente 22 días.

Arribó a esta delegación porque tenía la oportunidad de ganar un mejor salario, de seguir creciendo dentro de la institución y la plaza por la que participó estaba asignada a esta zona. El distrito de Batán; sin embargo, es uno de los más complicados en la provincia del Caribe por la presencia de bandas criminales.
En las últimas semanas, Gerson estuvo muy presente en los operativos contra el narcomenudeo en la zona durante los cuales, junto a sus compañeros, habría decomisado gran cantidad de droga a la estructura criminal que domina en el sitio y opera bajo las directrices de Jonathan Pérez Méndez, alias Tan. Las autoridades buscan a este sujeto desde finales del 2024.

Esto, de acuerdo con el Organismo de Investigación Judicial, habría provocado que cuatro sujetos armados atacaran al oficial y él recibiera un disparo en la cabeza. Con la Policía Judicial coincide Noguera, “como resultado de su buen trabajo en la zona, esta estructura la emprendió contra él. Siempre fue una persona sumamente destacada”, cuenta.
Un servidor
Gerson “amaba” la Fuerza Pública y su familia era también su vida entera. Así, camino al cementerio, lo recuerda Rocío Rojas, la mejor amiga de la esposa del policía. No había nada que él no hiciera por sus allegados, rememora.
Para Orlin Brenes Bermúdez, cuñado de Gerson, fue precisamente esa vocación de servicio la que lo llevó a unirse a la Fuerza Pública hace casi una década. Gerson, dice, era consciente de que su labor, más allá de su pasión, era el soporte de su familia y la mejor trinchera desde la cual podía aportar a la sociedad.
“Siempre decía que desde ahí podía ayudar para que Costa Rica estuviera mejor, para que su familia estuviera mejor”, afirmó Brenes a este diario.
Visiblemente afligido y en medio del dolor que vive su familia, Orlin dice tener un par de peticiones. A su juicio, Costa Rica debe darle a Gerson el lugar que se merece, pues murió dando su vida por este país y “por personas que ni siquiera conocía”. Además, lanzó un mensaje a las familias costarricenses para que, al igual que su cuñado, no desfallezcan ante la inseguridad que aqueja al país.
“Al igual que Gerson no huyó de sus responsabilidades como oficial de Fuerza Pública, no huyamos de nuestras responsabilidades como padres para educar a nuestros hijos y desde pequeños ir construyendo una mejor sociedad para Costa Rica”, afirmó.
No tenía temor
En el mismo templo que este viernes congregó a familiares y cuerpos policiales en Bribri, Gerson recibió el bautismo, la primera comunión, la confirmación y celebró su boda hace aproximadamente un año y medio; todo en un mismo día.

El padre Freddy Hernández, quien presidió la misa este viernes, recuerda con cariño ese día, pues fue él quien también ofició aquella Eucaristía.
Hernández cuenta que conoció a Gerson hace cinco años, cuando llegó a trabajar a San Antonio de Padua. El oficial frecuentaba el lugar porque las instalaciones de la Fuerza Pública en Bribri no eran aptas para hospedarse, por lo que él y otros tres compañeros utilizaban algunas de las 60 habitaciones del centro de retiro de la iglesia.
Como agradecimiento, recuerda el padre, Gerson chapeaba el zacate frente a la parroquia y así aportaba a la comunidad. En esos años nació una amistad entre ellos que describe como “muy bonita”, y es por eso que lamenta profundamente su partida.
Como profesional, asegura que el muchacho era una persona íntegra, que nunca se dejó sobornar. “Él no tenía temor de agarrar a las personas que fueran”, dice con convicción.
Con esa idea muy presente, el padre dedicó parte del sermón a reflexionar sobre los hombres que acabaron con la vida de su amigo. Frente a los feligreses, analizó que detrás de cada uno de ellos hay historias marcadas por la violencia familiar y la ausencia del Estado para atender las múltiples necesidades sociales que llevan a este tipo de desenlaces. Estos dos aspectos, a su juicio, deben atenderse con urgencia.
Por este caso, las autoridades han detenido a tres sospechosos de atacar a Gerson. Se trata de sujetos de apellidos Mora González, Vílchez Rocha y Menocal Vílchez.
Marlon Cubillo, director de la Fuerza Pública, reconoció en las afueras del templo que hay un duelo en la institución por la pérdida de un compañero “ejemplar” y que, por su compromiso con Gerson, las operaciones en Batán continuarán, hasta detener a todos los involucrados en el crimen.
Además, clamó por más legislación que les permita ser más diligentes en el cumplimiento de sus acciones contra el crimen organizado.
El último adiós
Al culminar la misa, hacia las 10:15 a. m., los presentes en la parroquia partieron caminando bajo una leve llovizna y entre las sirenas de los vehículos policiales hacia el cementerio del barrio Volio, a pocos metros de la vivienda de la familia de Gerson.
La caravana avanzó escoltada por oficiales de Fuerza Pública, Guardacostas y estudiantes del Colegio Técnico Profesional de Talamanca, mientras trabajadores y vecinos detenían por unos minutos sus labores para observar su paso desde las puertas de las casas y los negocios.

A su llegada al panteón, rodeado de montañas y de unas cuantas viviendas dispersas, vecinos de la comunidad se acercaron con globos en las manos. Algunos ni siquiera conocían personalmente al joven; otros, mucho más cercanos a él, apenas lograban contener las lágrimas pese a sus esfuerzos.
El dolor también caló en los oficiales de Fuerza Pública que acudieron a despedirlo. “Era mi compañero”, alcanzó a decir uno de ellos, con la voz quebrada y tan afligido que no pudo continuar.
Mientras varios hombres sellaban el nicho, entre el llanto de los allegados del joven y los aplausos de los presentes, se dio el último adiós al oficial.

