Roberto García H.. 20 octubre
Fotografía: Lizardo García Valverde / Ilustración: William Sánchez
Fotografía: Lizardo García Valverde / Ilustración: William Sánchez

En un rincón, en un papel, en un cajón... Así, como canta Joan Manuel Serrat en Aquellas pequeñas cosas, encontré esta fotografía que había guardado hace mucho, con algún propósito ulterior. Pero sucede que los objetos que se atesoran quedan en el olvido, o subyacen en el fondo de la memoria, y reaparecen solo por casualidad. Como este retrato en blanco y negro. Lo observo con atención e intento reconocerme en el rescoldo de felicidad infantil que visualizo ahora como una luz cenital sobre el semblante del viejo que soy, surcado por los pliegues de mi piel y las arrugas de mis ilusiones rotas, mis causas imposibles, amores, utopías, y la extensa travesía de un rostro cincelado a fuerza de llorar y de reír; de soñar y de vivir.

Nací en 1952. Aquí tendría unos tres años de edad; es decir, en 1955, cuando las heridas de la revolución armada de 1948 seguían abiertas en el alma nacional, tras el conflicto en el que mi padre, –el fotógrafo al que sonrío–, quiso pelear al lado de los mariachis, en defensa de las Garantías Sociales, sin conseguirlo, a la postre. No obstante, en 1955 ya se había convencido de las bondades de la Segunda República que lideraba y forjaba el valiente José Figueres Ferrer de la lucha sin fin. Creyó en él y lo admiró hasta su muerte.

Si a través de la imaginación me pudiera introducir en esta fotografía, retornaría a la infancia y al sitio donde nací. Podría identificar la callecita de piedra en San Francisco de Goicoechea, setenta y cinco metros al norte de la iglesia de ladrillo. El templo católico sigue ahí, bajo soles, lunas y lluvias, viendo pasar el tiempo, como la Puerta de Alcalá que frecuenté muchos años después en mis largas caminatas por las calles de Madrid. De sur a norte y de norte a sur, la senda de San Francisco me lleva a ubicar el sitio exacto donde una mujer partera atendió a mi madre en la casa de madera que ya no existe, pero sí el lugar de mi nacimiento. Al frente se divisaba el tajo o el potrero donde pastaba el ganado y rodaban las carretas con bueyes, cargadas de café maduro. Los domingos había fútbol distrital con marcos de madera y carretillos con cal viva que los peones de la hacienda Tournón esparcían para dibujar las áreas, las líneas laterales del campo y el punto de penal. Si esa falta de penal se producía durante el partido, chicos y grandes corríamos en tropel a situarnos detrás del marco para apreciar, en primer plano, el afán del guardameta, su tapada espectacular, o el sonido seco y sordo del balón de cuero contra el tejido de cáñamo. De norte a sur, la callecita de piedra, ahora de asfalto, daba a la avenida principal y a la cuenca del río Torres en las inmediaciones del Parque Bolívar, parajes que recorríamos con nuestros bolsillos de pantalones cortos, repletos de nísperos, cases y guayabas. Aquel paisaje bucólico, casi campesino, a cinco minutos del centro de San José, ya no existe. Las torres y las mega construcciones, manifestaciones implacables de la modernidad y el progreso, fueron sepultando a la otrora tacita de plata, como llamaban los abuelos a la entonces coqueta ciudad capital.

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En este retrato sonrío a mi padre, el fotógrafo, y me seduce la fascinación de mirar. Es un guiño eternizado en el santo y seña de la ingenuidad y en la ternura de la niñez que ríe y llora con la misma facilidad. Porque la risa, a cualquier edad, se parece al llanto. O se llora después de reír. O se ríe después de llorar. O se ríe y se llora a la vez. Es la sonrisa que nunca se apaga, a pesar de las vicisitudes y de la soledad que nos abruma a veces. Por el pasado que ya no vuelve. Por el presente que apenas somos capaces de asimilar. Por el futuro siempre incierto. Y en medio del todo y en medio de la nada, mi autorretrato de la sonrisa de papel continúa ahí, invariable y sempiterno, en esta añeja imagen del candor, la esperanza, el sepia y la distancia.