Íñigo Lejarza. 10 febrero
Ilustración: Juan Carlos Alpízar.
Ilustración: Juan Carlos Alpízar.

El miedo es un imperativo biológico. No hay forma de que un organismo ni como especie ni como individuo, prospere sin ese sistema de alarma que nos indica que algo no está bien, o no como debería estar, y que amenaza nuestro bienestar o nuestra supervivencia.

En nuestro caso, comporta un refinado circuito nervioso y hormonal que nos permite evaluar nuestro entorno en cuestión de pocos segundos y determinar la forma, tamaño y color de la amenaza; compararla con nuestro registro de amenazas conocidas (si resulta desconocida es aún más amenazante); asignarle un valor emocional en la escala de la negatividad; propiciar la activación del eje que va del hipotálamo (en el cerebro profundo) a la hipófisis para terminar en la corteza de la cápsulas suprarrenales, que secretarán cortisol. Y entraremos en un estado físico y mental que nos dispondrá bien a la lucha (si la amenaza es previamente conocida, o estimada como manejable, o no nos queda otro remedio) o bien a la huida (si no podemos evaluar su potencial dañino, por sernos desconocido; si sabemos que nos supera y es fútil tratar de enfrentarlo; o si, simplemente, contamos con la opción de eludirla mediante la velocidad de nuestros pies). Este mecanismo, delicadamente afinado por nuestros ancestros, lo heredamos sin que requiera ni aprendizaje ni mayor afinamiento por nuestra parte. Lo recibimos listo para usar.

Y debe haber sido de enorme utilidad para miles de generaciones de homínidos y de hombres, que vivieron en entornos altamente inciertos y amenazantes, a merced de depredadores, de reptiles o insectos venenosos, de otros congéneres de aviesas intenciones; de felinos, o serpientes o bandoleros.

Sin embargo, a nosotros, hombres contemporáneos, nos presenta un enorme dilema. Porque la inmensa mayoría de nosotros no nos sentimos compelidos a revisar, en las mañanas, debajo de nuestro automóvil, para constatar si hay algún depredador o alimaña amenazando con atacarnos. Ni entramos abruptamente y por sorpresa al baño con la finalidad de sorprender a otros organismos que pudieran estarnos esperando para caer sobre nosotros. Ni caminamos por la calle brincando constantemente en giros circulares para prevenirnos de cualquier ataque imprevisto. Nuestro entorno ha cambiado sustancialmente, y no requerimos, ordinariamente, esos niveles de respuesta.

Pero resulta que no tenemos otros mecanismos con los cuales enfrentar las amenazas presentes, reales o imaginarias. Y, aunque tratemos de mediar, con nuestros lóbulos frontales y nuestro pensamiento, lo que percibimos como amenazante, terminamos aplicando ese mismo mecanismo de respuesta a nuestros nuevos entornos. Y si percibimos en nuestro trabajo movimientos que no sabemos interpretar; si nos genera suspicacia la acción o la omisión de nuestra pareja o de un amigo; si nos parece rara esa persona desconocida que ahora deambula por el barrio, podemos desencadenar una reacción similar a la descrita. Porque basta con que signemos nuestra percepción con el miedo para que esa reacción de alarma se precipite y nos pongamos en la paradójica situación de o enfrentar una amenaza que, en tanto inmaterial, no sabemos cómo enfrentar, o salir huyendo de algo que, en tanto carece de materialidad, ni siquiera nos da pistas de hacia dónde es que deberíamos huir.

Pues bien. Haciendo uso de nuestra infinita capacidad para rizar el rizo, hemos sido capaces de generalizar el mecanismo y convertirlo en una alarma social, colectiva. La utilizan continuamente las agencias de publicidad, las marcas y los medios de comunicación, que nos presentan, cotidianamente, amenazas de toda índole, que van desde presuntas, y risibles, amenazas (de la baba del caracol gigante, o del chupacabras, o de la abducción extraterrestre, o de la deshidratación) hasta las trágicas circunstancias en que, inflamada por el viento huracanado de las redes sociales, la paranoia se colectiviza en un frenesí homicida en que turbas toman la justicia por su mano y vapulean, linchan o asesinan a personas por considerar amenazador lo que solo es desconocido.

Y elevando un grado más el listón, hemos convertido al miedo en el motor de la decisión política del ciudadano, que no se mueve ya por una visión, o un plan, o un propósito propio y colectivo, sino por el miedo a las consecuencias de la visión, o el plan, o el propósito del adversario político. Y las aguas se agitan apelando al miedo que las eventuales, hipotéticas y, muchas veces, infundadas consecuencias de esos cursos de acción tendrán sobre nosotros, y los nuestros, y las generaciones futuras hasta llegar a la enésima generación. Y hay quienes, interesadamente, agitan las oscuras aguas del miedo para llevarlas al propio molino, que muele, muy fino, intereses aún más oscuros. Y si, como dicen, la prisa es mala consejera, peor consejero aún es el miedo. Porque cuando ese miedo se generaliza, se difunde, se contagia e impregna nuestro pensar, nuestro discurso y nuestra acción, estamos haciendo dejación de lo más evolucionado y valioso en nosotros para claudicar, por la vía de la menor resistencia, y dejarnos arrastrar por nuestra herencia biológica más primitiva para tratar de enfrentar monstruosas criaturas de nuestra imaginación o huir de tigres dientes de sable que son, a fin de cuentas, tigres de papel. Al punto de que, desconfiando de nuestra propia naturaleza, a lo que más deberíamos temer es a nuestro propio miedo.