Ovidio Muñoz. 1 febrero

El cielo es un lugar imaginario al que se puede subir por las escaleras de La bamba, una grande y otra chiquita.

La bamba es un son jarocho nacido en Veracruz, puerto mexicano donde, según nos reveló el maestro Tito Hurtado, estallan los terremotos musicales originados en Cuba, como los mambos sísmicos de Pérez Prado.

Subir al cielo por los pentagramas no es siempre posible. A veces solo tenemos a mano la pirámide más elevada de la península de Yucatán a la que sus constructores llamaron Nohoch Mul, montículo grande.

Carecían de palabras para llamar pirámide a una pirámide y eligieron montículo grande, que suena a monte y a montaña, que es lo que Nohoch Mul les debe de parecer a las aves desde arriba. Alcanza 43 metros sobre el suelo de una selva silenciosa como una biblioteca y donde casi todo está escrito en estelas ahora borradas por el codo del tiempo. En una de esas piedras Hollywood creyó ver un fin del mundo que nunca llegó. Sobre la ficción del cine triunfó la verdad y aquí seguimos, llevando la cuenta de los días.

La “estela del fin del mundo” se encuentra en Cobá, término maya que aún divide a quienes le dan vueltas en busca de un significado y solo coinciden en que contiene agua. Da lo mismo, el pueblo se llama Cobá. Punto. Y lo del agua salta a la vista. Aunque es un decir eso de saltar porque los lagos del pueblo son tan tranquilos que parecen puestos en pausa.

Frente a un restaurante donde se detienen buses de turistas se halla la redondez líquida de un espejo de agua al que cruza el acero de una tirolesa (bella palabra para decir canopy).

La tirolesa es otra de las vías que ofrece Cobá para subir al cielo de verdad, pero esas aventuras no fueron hechas para mí, mamífero terrestre. Prefiero andar por la seguridad del llano donde los mayas construyeron tan buenos caminos (los bautizaron sacbé) como si hubieran estudiado en las mismas aulas que los ingenieros romanos.

ilustración/ Dominick Proestakis
ilustración/ Dominick Proestakis

La pirámide Nohoch Mul se alza en una explanada. Algunos viajeros dudan si escalarla o no. Los decididos trepamos los 120 escalones y una vez en la cumbre soltamos la mirada por un paisaje verde y espeso hasta donde da la vista. Al pie de las escaleras se ven los triciclos con los cuales docenas de jóvenes se ganan la vida ofreciendo recorridos a los visitantes.

Los muchachos hablan entre ellos el lenguaje de los ancestros. Heredaron de ellos la estatura baja, los ojos rasgados y la fortaleza física. Pedalean, brillantes de sudor, mientras lanzan al aire advertencias para espantar de los senderos a los turistas distraídos.

Los mayas no se desvelaban con la idea de un cielo, pero creían que la gente buena hallaba después de la muerte la sombra fresca y eterna de una ceiba, su árbol sagrado.

Crecen ceibas en Cobá y una en particular hunde sus raíces entre las piedras de un juego de pelota al que baña la lluvia mañanera. Ya en el suelo el agua sorpresiva me toma desprotegido y busco refugio bajo un techito de palma que tapa una estela y desde allí disfruto la visión del sol filtrándose entre el follaje y me siento silenciosamente a gusto. Me hallo solo, pero confluyen en mí todos los que soy.

Hay instantes de nuestro paso por el mundo en los que podemos acariciar la felicidad desde el más personal de los paraísos. No hace falta un invento como el cielo cuando la vida es tanta y tan real.