Íñigo Lejarza (ilejarza@gmail.com). Hace 3 días
Ilustración: Dominick Proestakis
Ilustración: Dominick Proestakis

Vamos por la vida aprendiendo, y convencidos de que sabemos muchas cosas. Pero, pese a que hay una rama de la filosofía dedicada a ello, pocas veces nos preguntamos cómo es que sabemos lo que sabemos.

Muchas cosas las sabemos por experiencia propia: no meter los dedos en los enchufes, andar en bicicleta, qué comer y qué no, dónde queda la pulpería más cercana, que hay gente que no es de fiar, que hay labores que nos desagradan …

Pero la inmensa mayoría de las cosas que sabemos, o creemos saber, nos han sido enseñadas; las hemos aprendido de alguien. De alguien que considerábamos una fuente acreditada para brindarnos ese conocimiento. Primero la familia; luego el sistema educativo o la iglesia; luego los pares y, finalmente, los expertos. Aunque, como común denominador, todas las personas que conforman las instancias anteriores pueden considerarse, para nuestros propósitos, expertos: personas que gozan de credibilidad merced a su presunta experiencia y conocimiento en diversas materias. Experiencia y conocimientos socialmente avalados por otras instancias.

Como la educación no siempre ha estado al alcance de todas las personas (y aún hoy sigue sin estarlo para muchas de ellas) parecía normal que el conocimiento estuviera concentrado en pocas manos. Esta concentración, y la confianza, infundada o no, que conllevaba, confería a alcaldes, médicos y párrocos una posición de poder privilegiada. Desde ella promovían una visión de mundo que se presumía tenía algún fundamento.

Pero el acceso a la educación de segmentos cada vez mayores de la población, aunado al desarrollo de los medios de comunicación y al avance de la ciencia y la tecnología, han multiplicado no solo la cantidad de ámbitos de conocimiento diferentes, sino también el número de expertos. A tal punto ha llegado esa proliferación que ya comenzamos a dudar no solo del alcalde, el párroco o el médico, sino de tanto “experto” suelto.

Y está bien que así sea, porque la educación, si de algo debe habernos servido, es para aquilatar la evidencia más allá del discurso. Y para cuestionar de dónde emana la autoridad de un experto. Y para determinar si la evidencia que este aporta, más allá de su presunta autoridad, se sostiene sola.

Y al aplicar este sano escepticismo comenzamos a ser conscientes también de dónde están los límites de nuestro conocimiento y los límites allí donde este hace frontera con nuestra ignorancia. Si consideramos el conocimiento un círculo en torno nuestro, nos daremos cuenta que cuanto más lo ampliamos mayor es el perímetro de esa frontera.

Pero al igual que los conocimientos, no todas las ignorancias son iguales, de la misma calidad.

Hay una ignorancia producto de nuestras limitaciones como seres biológicos. Por eso no logramos aún explicarnos por qué no hemos podido formular una teoría física unificada que armonice nuestro conocimiento del universo a gran escala con el del mundo subatómico. O por qué determinados grupos de células optan repentinamente por reproducirse desordenadamente. O por qué los telómeros de diferentes organismos se acortan a diferentes velocidades. O tantas y tantas cosas cuyas causas u orígenes aún ignoramos.

Hay también una ignorancia pasiva, que atañe a innumerables ámbitos que desconocemos, o los que no hemos dedicado interés, esfuerzo o estudio. Esta, sin embargo, es relativamente fácil de subsanar, si se tiene la voluntad, pues los medios están al alcance de la mano de casi cualquiera que se lo proponga.

Y hay una ignorancia dolorosa: aquella que es involuntaria, pues nace de haber llegado al mundo en condiciones adversas, o haber tenido mala suerte a la hora en que la vida repartió las cartas. Es la ignorancia de quien no ha tenido ni las oportunidades ni los medios para educarse, y, como consecuencia, mucho de lo que pasa en el mundo y en su entorno se le escapa.

Sabemos también que no solo nuestros sentidos limitan nuestras percepciones, sino que, además, somos naturalmente propensos a ser víctimas de sesgos cognitivos. Que tendemos a ver sólo aquello que confirma nuestras concepciones previas; que no somos buenos calculando probabilidades; que, dependiendo de cómo nos cuenten algo, podemos concluir cosas diferentes, etc, etc, etc.

Pero con todo, la ignorancia más perniciosa es la que se sostiene por la desidia, la arrogancia o la insensatez del ignorante. La ignorancia del que se cree poseedor de la verdad y, por ende, no necesita contrastarla ni discutirla con nadie, mucho menos con alguien que discrepe. La ignorancia del que se contenta con la primera impresión, con el lugar común, con la explicación que estima “sencilla” o “fácil”, pues le parece evidente por sí misma. La del que no quiere gastar ni neuronas ni tiempo en preguntarse de dónde proviene una información, qué sustento tiene y cuál es su propósito. La ignorancia, en fin, de quien no solo es ignorante, sino que se jacta de serlo y no pretende moverse de ahí.

Este tipo de ignorantes deben haber existido en todas las épocas. Uno puede intentar comprender sus motivos, sean estos cohonestados por la simple pereza, movidos por el miedo o impulsado por la ira o el odio. Cualquiera sea el caso, resultan especialmente alarmantes hoy en día, porque se han vuelto visibles, parecen numerosos y, a fuerza de vociferantes, se sienten poderosos. Y como modernos Eróstratos no tendrán el menor empacho en incendiar el templo que nos es común a todos con tal de no tener que pensar. Ya lo dice un proverbio: “No te acerques a una cabra por delante, ni a un caballo por detrás, ni aun tonto por ningún lado”. Nada más peligroso que un ignorante que nunca se pregunta si realmente sabe o si solo cree que sabe.