Íñigo Lejarza (ilejarza@nacion.com). 19 mayo
Tinta Fresca
Tinta Fresca

Desde hace 25 siglos es un truismo decir que los humanos somos animales sociales. Lo somos porque la estrategia evolutiva de nuestra especie consiste en tener pocas crías, pero altamente especializadas. Esta especialización tiene un precio: toma mucho tiempo, esfuerzo y dedicación lograr que un ser humano se pueda valer por sí mismo.

Sin ir más lejos, en nuestra cultura, la adolescencia ya llega prácticamente hasta los 30 años y lograr que un hijo se independice es toda una proeza. Otra consecuencia de esa estrategia es que confiere a los seres humanos un valor que trasciende en el tiempo su función reproductiva, y hace que la “abuelidad“ sea una institución social valiosa en ese proceso de cuido y socialización, así sea porque, como vimos recientemente en el país, hay una transferencia neta de valor de las generaciones más viejas a las más jóvenes.

El proceso de socialización, sin embargo, no ha sido homogéneo a lo largo del tiempo. Se llevaba a cabo, originalmente, en grupos minúsculos, en pequeñas hordas, que derivaron en clanes familiares y en tribus.

El éxito evolutivo de nuestra especie fue acompañado del crecimiento en número de los individuos de esos grupos y derivó, con la aparición de la agricultura, en la creación de poblados, aldeas y ciudades. El hecho de habitar en aglomeraciones en las que ya no había vínculos de sangre con otras personas, aunado a la aparición de la escritura, parecen ser los factores decisivos para la creación de dioses morales y de religiones institucionalizadas.

Ese proceso de concentración de población fue, durante mucho tiempo, compensado por la curiosidad, y la necesidad, de explorar nuevos espacios y ámbitos de poblamiento. A la era de las exploraciones, que nos permitió hacernos una idea de cómo es, en su totalidad, el globo que habitamos, la acompañó la expansión de las fronteras agrícolas en los países que se iban conformando. Esta etapa de exploración se cierra simbólicamente en 1972, cuando el Apolo XVII, rumbo a la Luna, remite la imagen de la “bolincha azul”, la primera fotografía de nuestro planeta completo, visto desde el espacio.

De entonces acá hemos vivido un proceso de transformación tecnológica acelerada, que nos ha permitido, entre otras cosas, acortar las distancias: entre lugares, merced a los avances en medios de transporte, y entre las personas, gracias a los avances en telecomunicaciones. Y mientras eso sucedía, la urbanización del planeta seguía avanzando, al punto que, al día de hoy, solo el subcontinente indio y amplias zonas de África son las únicas que preservan mayores porcentajes de población rural que urbana. Pero, en 30 años, ya solo quedarán bolsas o reductos rurales desperdigados.

Y no solo casi todos viviremos en ciudades: sino que las ciudades más grandes tenderán a atraer aún más gente que las menos pobladas, produciéndose una urbanización concentrada. Y se producirá también el despoblamiento progresivo de las antiguas zonas de frontera agrícola, con el consecuente abandono de pueblos y regiones enteras.

Lo sorprendente de toda esta tendencia a una mayor, más compleja, y aparentemente mejor, socialización, es que viene acompañada de indicadores que apuntan en una dirección contraria. Así, la proporción de gente que vive sola, tiende a aumentar en estas grandes ciudades. En los Estados Unidos de América hay ciudades en las que más del 40% de los hogares son habitados por una persona sola . En Europa son más del 33% de los hogares, y en Suecia el 52%. Esto es producto de muchos factores. Responde a la lógica del sistema económico, que se enfoca en el individuo, y no ya en la familia, como unidad de consumo. Y al hecho de que tanto hombres como, sobre todo, mujeres, pueden independizarse, pero posponen la edad del matrimonio (si es que piensan casarse, algo también cada vez menos usual).

Y a que a los jóvenes les cuesta conseguir pareja, convirtiéndose en solteros involuntarios. Y a que, al parecer, les interesa menos el sexo y lo practican menos que las generaciones anteriores. Y a que las tasas de natalidad se reducen, porque muchas personas ya no cuentan el tener hijos como parte de su proyecto de vida. Y a que las tasas de divorcios crecen o se mantienen altas. Y a que al síndrome del nido vacío le sigue ahora la adultescencia, en que la relación no va, necesariamente, acompañada de la convivencia .

Y a que, pese a que vivimos más tiempo, quienes viven en pareja, tarde o temprano, enviudan.

Y esta tendencia al aislamiento viene acompañada también de un crecimiento significativo del sentimiento de soledad, especialmente entre la población de mayor edad, con cifras crecientes de personas que mueren solas, que ya son millares. Y de trastornos psicológicos, en especial ansiedad y depresión, trastorno este último que afecta a más de 300 millones de seres humanos anualmente. Y parece estar estrechamente asociado al crecimiento en el número de suicidios, que es ya la segunda causa de muerte entre los jóvenes entre 15 y 30 años y que hace que, mientras usted está leyendo esta nota, más de 10 personas se hayan quitado la vida en distintos puntos del planeta.

La soledad no es mala, per se, y uno puede sentirse cómodo en ella, al menos algún tiempo, o alguna parte del tiempo. Pero no es el estado natural del ser humano, y puede ser ser una experiencia atroz cuando se transforma en aislamiento. Ese aislamiento que parece crecer como una mancha en unas urbes cada vez más densamente pobladas y entre personas cada vez más “conectadas” digitalmente, pero desvinculadas socialmente. Porque quizás, como ya nos ha sucedido en otros ámbitos, hemos creado estructuras extremadamente complicadas, que ya no entendemos y, menos aún, podemos controlar. O, simplemente, estamos estirando, más allá del límite razonable, nuestra capacidad de vivir en sociedad.