
A cinco meses de cumplir 15 años, Lucía anhelaba celebrar como cualquier chiquilla de su edad. Pero cada vez que se imaginaba una fiesta, acompañada de sus amigos y familiares, un mal augurio la paralizaba. Llevaba meses con su menstruación retrasada, y al orinar en un plástico, el presagio se materializó: estaba embarazada.
Naturalmente, aceptar su destino le llevó un rato. Sabía que las finanzas en su hogar estaban estrujadas y que alimentar una boca adicional no pasaría inadvertido. “Yo decía: ‘Me van a matar y me van a echar de la casa’”, cuenta.
Antes de sincerarse y darle la noticia a su mamá, consideró huir de su natal Cartago e incluso intentó abortar a la criatura: bailaba y brincaba para que le bajara la regla, y cuando eso no funcionó, compró unas matas de guarumo para disolverlas en té de manzanilla. Tampoco sirvió.
El secreto no duró para siempre, pues su hermana, quien entonces era el sostén del hogar, fue la primera en sospechar. Lucía llevaba meses sin pedirle toallas sanitarias, casi no hablaba y el hecho de que se quedara dormida varias veces al día le jugaba en su contra.
—Usted tiene algo —la increpó su hermana. —¿Anduvo con ese muchacho?
Cabizbaja y con las gotitas cayendo al piso, Lucía asintió.
Esa misma tarde se enteró su madre, quien la recriminó entre sollozos. “Vea a ver qué hace”, le dijo. “Ese es su regalo de los 15 años, ya no hay fiesta, ya no hay nada”.

Miedo a aceptar la maternidad
Lidiar con un embarazo a los 14 años, edad que la Convención sobre los Derechos del Niño todavía considera como niñez, no fue fácil de asimilar. Para Lucía fueron meses solitarios; y pese a que su hermana y mamá no la abandonaron, si lo hizo el padre del bebé.
Aunque fueron novios y él había sido su primera pareja sexual, por años le negó la paternidad. “Era típico de él, porque ya tenía dos hijos y a ellos nunca los vio”, cuenta Lucía sobre su expareja, diez años mayor que ella, quien al enterarse del embarazo la tachó de “zorra”.
Entonces Lucía pensaba que estaba enamorada, pero hoy reconoce que era una ilusión. Por eso explica que, cuando tuvieron relaciones sexuales, él no quiso usar un preservativo y ella no lo contradijo. “Me decía que para qué, que él era bien portado (...). Yo era muy chiquilla, y no voy a echar la culpa solo a eso, pero me dejé llevar por, como quien dice, las emociones”.
Una vez que nació Jonathan, después de un extenuante parto natural, vendrían épocas más complicadas para Lucía. De sus pechos no salía leche, y al no poder comprar fórmula, debía alimentarlo con agua de arroz. En lugar de pañales usaba mantillas, cuya tela agarraba de camisetas viejas. Y cuando ya no resistían más lavadas, volvía a saquear su clóset.
“Me puse las pilas y ahí a las mismas vecinas les limpiaba la casa. En ese entonces me pagaban ¢1.500 (...). Mi hermana me mandó a trabajar y me dijo que tenía que ver qué hacía, pero diay, yo no podía trabajar porque tenía 15 años. No me daban pelota en muchos lados”, rememora.

A punta de trabajos informales sobrevivió por tres años, hasta que volvió a quedar embarazada. “Fue otro miedo. Sabiendo cómo me había ido la primera vez, vuelvo y meto las patas con el mismo muchacho (...). Ahí yo ya no lloraba, lo que hacía era quedarme callada y decir: ‘Lo que me están diciendo es cierto’”, narra sobre el momento en que volvió confesarse ante su círculo cercano.
Para entonces Lucía ya era mayor de edad, y logró conseguir un trabajo como mostradora. No sin sacrificios, pues tuvo que negociar para que su mamá cuidara a un bebé y su hermana al otro, mientras ella laboraba seis días a la semana, de 10 a. m. a 7 p. m.
“Tenía que irme de mi casa, dejar a mis hijos bañados y dejarle a mi mamá arroz con frijoles hechos para que le diera al chiquito”, anota sobre sus jornadas. “De ahí para adelante sí fue muy duro, todo se los tuve que dar yo, porque mis hermanas me ayudaban y me apoyaban en el sentido de que me daban consejos, pero no en lo económico”, relata.
Conforme sus hijos crecieron e ingresaron a la escuela, Lucía volvió a sentir una ola de frustración. Ella había estudiado hasta tercer grado, por lo que sentía que “no sabía explicarles nada”. Pero de lo malo, lo bueno: se graduó del sexto grado a sus 20 años y después estudió manicurismo, profesión a la que se dedica hoy día para apoyar a su familia.
Aunque la historia de Lucía aconteció en la década de los años 90, los embarazos en mujeres adolescentes todavía son frecuentes. En 2024, Costa Rica registró 1.546 nacimientos en adolescentes madres, que comprenden el grupo etario de 14 a 19 años.
“Yo decía: ‘Mi hermana me va a matar y me van a echar de la casa’. Porque no vivíamos bien, pero tampoco mal. Vivíamos muy limitados e imagínese otra boca o un chiquito que conlleva tantas cosas. Yo decía: ‘Sí, me van a matar’”
