Los que se suben a las antenas telefónicas, los que se meten en cuevas de 80 metros de profundidad, los que hacen un rescate en un río crecido, los que se internan en un edificio a punto de derrumbarse después de un terremoto, los que manejan una amenaza de bomba o de desechos radiactivos, los que limpian las ventanas en la Asamblea Legislativa, los laboratoristas que analizan muestras de enfermedades peligrosas, los técnicos que manejan cables de altísima tensión eléctrica, los encargados de atender enormes fugas por el robo de combustibles y, por supuesto, los cuerpos de seguridad del Estado.
Todos tienen trabajos tremendamente peligrosos, pero alguien debe hacerlos.
Decenas de hombres y mujeres arriesgan su vida, como evidencian las estadísticas de siniestralidad según la Superintendencia General de Seguros (Sugese). Pero lo hacen, y con gusto, con vocación; les gusta su trabajo.
En Revista Dominical seleccionamos cuatro de esas ocupaciones, aunque hay muchas más que podrían explorarse de la misma forma. En el pasado, en este mismo suplemento destacamos el riesgoso rol de los agentes del OIJ, y hablamos de Geiner Zamora, el investigador asesinado en Guápiles; otros casos han ensombrecido a las fuerzas policiales.
Ahora hablaremos de otras profesiones, empezando por los miembros de MatPel, la unidad del Cuerpo de Bomberos encargada de atender emergencias relacionadas con materiales peligrosos, que van desde desechos radiactivos, gases venenosos y hasta una bomba.
MatPel: manejar químicos capaces de derretir el metal
La Unidad de Materiales Peligrosos (MatPel), integrada por 14 bomberos, es la única del país que se especializa en atender emergencias con sustancias riesgosas. ¿Cuáles? Desde químicos corrosivos capaces de derretir el metal, gases tóxicos que pueden asfixiar a un socorrista en segundos, e incluso una posible amenaza de bomba.
Su tarea es controlar la situación, valorar los riesgos y neutralizarlos en la medida de lo posible para que otros cuerpos de emergencia, como cruzrojistas, oficiales de tránsito, policías, investigadores y hasta bomberos apagafuegos puedan ingresar a cumplir sus funciones. Paralelamente, deben privilegiar el bienestar de la población común y del ambiente.
En sus tareas utilizan trajes herméticos para protegerse tanto de posibles gases como de líquidos tóxicos. Dentro de este atuendo sellado se acumula el calor del cuerpo y de las llamas (muchas veces trabajan mientras sus compañeros a escasos metros intentan apagar un incendio), por eso, no es raro que soporten más de 40 grados de temperatura.
Revista Dominical asistió a un entrenamiento de MatPel y habló con el técnico especializado Álvaro Villalobos Ramírez, encargado de dirigir la práctica. Él explicó que el margen de acción de su departamento es amplio porque, ¿qué se define como una sustancia peligrosa?
“La definición de una emergencia con materiales peligrosos es un incidente que involucre la liberación real o potencial de sustancias químicas, biológicas, radiológicas, nucleares o explosivas”, explicó.

Pueden toparse un gas venenoso, un líquido inflamable o un bloque sólido radiactivo. Y les ha pasado.
Villalobos recuerda la ocasión en que atendieron, en el puerto de Caldera, un derrame de ácido nítrico, altamente corrosivo y capaz de derretir el metal mientras libera gases tóxicos. Ese derrame fue capaz de hacerle un hueco al piso de un barco y deshacer un contenedor hasta dejarlo inutilizable. Tuvieron que desechar más de 10 trajes herméticos que resultaron dañados.
Las categorías no son excluyentes. Un líquido puede ser al mismo tiempo inflamable, corrosivo, venenoso y capaz de generar una liberación de gases si entra en contacto con el agua. Si se trata de un lugar cerrado, como una bodega o un laboratorio, la concentración de esos gases también puede ser tóxica.
“Antes de entrar a algún lugar, hacemos una medición de gases en la atmósfera. Por ejemplo, cuando hablamos de cloro industrial, una concentración de 10 partes por millón, que es muy muy poco, ya es letal. Por algo la primera arma química después de la Primera Guerra Mundial fue una liberación de cloro”, detalló el especialista.
Este mes, en San Isidro de Heredia, cerca de la ruta 32, evacuaron más de 100 metros a la redonda al identificar una nube de color amarillento que salía de la tierra cerca del plantel Van Der Laat. Los integrantes de MatPel llegaron allí, se colocaron los trajes de seguridad y atendieron la situación.
Al final, todo se trató de una reacción química. Con el fin de desecharlo, trabajadores enterraron casi 20 recipientes con cloro granulado a tres metros de profundidad, sin sospechar que esa sustancia tiene una reacción violenta en contacto con el agua. Cuando empezó a llover… el agua se filtró y provocó la alerta. Una persona fue trasladada a un centro médico por afectación respiratoria.

Para esta unidad es usual atender emergencias en puertos, zonas industriales en provincias como Alajuela y Heredia y en empresas procesadoras de gas o productos químicos. En la zona norte, al predominar la industria agropecuaria, hay alta incidencia de emergencias con venenos. Además, el mercurio y el cianuro usados en la minería ilegal de Crucitas son químicos peligrosos.
“Los integrantes de MatPel se capacitaron como técnicos en materiales peligrosos y armas de destrucción masiva, así se llama el perfil. ¿Por qué armas de destrucción masiva? Porque todos los productos de riesgo químico, radiológico, biológico o nuclear pueden usarse con una intención bélica; solo cambia la intención, el producto es el mismo”, acotó Villalobos.
Así que, si alguna vez ve pasar un camión de Bomberos que en la puerta dicen “MatPel 1”, ya sabe quiénes van a bordo. Estos técnicos tienen claro que su trabajo es riesgoso y ponen en riesgo su vida tanto a corto como a largo plazo. Pero alguien tiene que hacerlo, y a ellos les apasiona.
El laboratorio que maneja las enfermedades más peligrosas de Costa Rica
Hace poco más de seis años experimentábamos los primeros meses de una pandemia que arrasó el mundo. No hace falta que nadie nos explique el poder que tienen las enfermedades de trastocar la sociedad y provocar pérdidas humanas.
En Costa Rica existe solo un laboratorio de categoría 3. Los de categoría 1 son los más básicos, en los que se hacen pruebas con microorganismos inofensivos y ni siquiera es necesario usar guantes ni mascarillas, basta con lavarse las manos.
Los de categoría 2 son los más comunes, en los que cualquiera puede hacerse un análisis sanguíneo, una prueba de embarazo y se diagnostican enfermedades sencillas, poco riesgosas y fácilmente curables. Acá se usan barreras primarias, como guantes, batas de tela y mascarillas sencillas.
Pero luego están los de categoría 3.
En estos se manejan microorganismos infecciosos capaces de provocar una infección grave e incluso la muerte.
Las barreras son mucho mayores para proteger no solo a los investigadores, sino también a las comunidades aledañas: accesos controlados, filtros en la ventilación, doble par de guantes, prohibición de entrar con ropa de calle, trajes enteros desechables, presión negativa para evitar que el aire salga cuando se abren las puertas, capacitaciones de hasta seis meses para permitir el ingreso, duchas antes de salir.
A diferencia del nivel cuatro (que manejan enfermedades como viruela, ébola y la fiebre de Lassa), los laboratorios de nivel tres gestionan enfermedades graves, pero tratables y curables, como la covid-19. De estos solo hay uno en Costa Rica (puntero en Centroamérica), se ubica en el Instituto Costarricense de Investigación y Enseñanza en Nutrición y Salud (Inciensa) y lo coordina la doctora Sarah Jbara Chaktoura.
Este laboratorio de nivel 3 se creó en 2012 y es administrado por el Centro Nacional de Referencia de Micobacteriología adscrito a Inciensa. Solo siete mujeres y dos hombres están autorizados para ingresar.
Decenas de microorganismos y enfermedades son analizadas en ese lugar, pero las dos más conocidas son la tuberculosis y la enfermedad de Hansen (antes denominada lepra).
La tuberculosis es una enfermedad bacteriana que provocó miles de muertes en el pasado (fue la responsable de la creación del Sanatorio Durán, en Cartago). En 2025 se reportaron 510 casos en el país, y mueren entre 30 y 35 personas cada año.
Según el Ministerio de Salud y la Organización Mundial de la Salud (OMS), es la enfermedad infecciosa que provoca más muertes en el mundo; en 2024 se infectaron 10,7 millones y fallecieron 1,3 millones. Es curable y su tratamiento es muy efectivo, pero puede volverse muy grave y hasta mortal si no se atiende a tiempo o si se contagia una persona inmunodeficiente.
La enfermedad de Hansen es mucho menos común. Desde 1995 se detecta un promedio de 10 casos anuales en el país. El contagio es bajo porque se requiere contacto prolongado o muy directo, algo que no es descartable en un laboratorio que maneja muestras del patógeno. Es curable con un tratamiento de 6 a 12 meses.
La doctora Jbara reconoció a RD que su trabajo no es común, y lo nota en la reacción de las personas cuando les cuenta que se dedica a investigar para la vigilancia epidemiológica de la tuberculosis.
“Lo primero que la gente dice es ‘¡uy, ¿eso existe en Costa Rica?’ (risas). Hay un mito de que la tuberculosis no existe”, recordó la especialista.
Jbara explicó que el trabajo en el laboratorio nivel 3 es diario. Cuando un laboratorio de la CCSS diagnostica un caso positivo de tuberculosis con una prueba PCR, se realiza un cultivo de la muestra. Es el método más sensible, pero tarda más de un mes en dar resultados.
Una vez el cultivo da positivo, está prohibido manipularlo salvo en un laboratorio de categoría 3. Esto se debe a que el método del cultivo, al ser tan sensible, cuenta con una alta concentración de bacterias, y el riesgo de contagio es casi 20 veces mayor. Estas son las muestras que se manipulan en el Inciensa.
¿Por qué el Inciensa y el Centro de Micobacteriología reciben muestras de enfermedades infecciosas de manejo peligroso (más de 500 cultivos de tuberculosis al año)?
Por varios motivos. Por ejemplo, se aplican pruebas de seguridad para medir la resistencia de las enfermedades a los antibióticos actuales, hacen estudios genómicos para analizar cómo se comportan estas enfermedades en el país, y aportan insumos para que las autoridades tomen decisiones.
En síntesis, su trabajo no es solo académico, sino que se aplica en la vida cotidiana para que cada vez menos personas se contagien o que los contagios sean más leves.
“La razón de ser es la vigilancia epidemiológica, es la importancia de la salud pública. Así llevamos un registro de las cepas de cada enfermedad, a qué son inmunes, si han generado resistencia a lo largo de los años, cómo atacarlas o controlarlas”, afirmó la microbióloga Jbara.
Por eso, en Tres Ríos de La Unión, en Cartago, está el laboratorio con el nivel de bioseguridad más alto del país, donde nueve personas trabajan todos los días con las enfermedades más infecciosas. Alguien tiene que hacerlo.
USAR: la unidad especializada para el próximo terremoto
En Costa Rica tiembla a menudo, y cada cierto tiempo nuestro país, o alguno de los vecinos, sufre los estragos de un terremoto fuerte que derrumba edificios, destruye carreteras y atrapa personas entre los escombros. Cuando eso ocurre, la USAR toma protagonismo.
La USAR es una unidad especializada en la búsqueda y rescate en estructuras colapsadas o lugares remotos. Ellos realizaron el operativo de 16 horas para sacar los cuerpos de dos mineros que murieron atrapados en una cueva clandestina en Crucitas de San Carlos.
Se trata de un equipo de 36 personas distribuidas en diferentes estaciones de bomberos, siempre alertas para activarse en caso de una emergencia que requiera sacar a un niño de un pozo, encontrar a personas enterradas por un terraplén dentro de un carro o detectar si hay sobrevivientes bajo los escombros de un edificio.
José Pablo Castro Molina lideró un entrenamiento del USAR el miércoles 20 de mayo en la Academia Nacional de Bomberos, en Desamparados. Esta práctica incluyó el rescate de una persona herida dentro de un pozo y la apertura de accesos en paredes de un edificio colapsado.
Castro es de los pocos que permanece en el equipo desde su creación, hace casi 20 años. En 2009 atendieron el terremoto de Cinchona, que dejó casi 50 muertos, y un año después, en 2010, colaboraron en el de Haití, que provocó más de 315.000 decesos.
Para él, ver vagonetas desfilar, una tras otra, cargadas con cadáveres, ha sido uno de los mayores impactos mentales de su trabajo. En ese país caribeño vieron, literalmente, montañas de cuerpos.
Como si el riesgo de entrar a un edificio a punto de caerse o a una cueva clandestina inestable no fuera suficiente, para la USAR, la salud mental es un reto titánico. Trabajan cara a cara con la muerte.
“El grupo tiene que estar mentalmente preparado, porque llega un momento, después de ocho días, en que usted ya no encuentra a nadie vivo”, explicó el bombero.
Él recuerda que en Haití, una semana después del terremoto, sacaron 10 metros de escombros con las manos porque estaban seguros de haber escuchado a dos niños enterrados. Los encontraron, pero tenían días de haber fallecido. La mente los llenó de esperanza sin fundamentos.
“Yo una vez di una charla ante psicólogos de la UCR y ellos no podían creer lo que les contábamos, los recuerdos. Dormimos en el aeropuerto de Haití que estaba lleno de tarántulas que se metían en las bolsas de dormir”, recordó Castro, ahora en tono jocoso.
Además de sismos, la USAR se activa, por ejemplo, ante el colapso de un puente, la caída de un alud sobre una casa o, por ejemplo, cuando un bus fue arrastrado a un guindo de 75 metros por un terraplén que cayó sobre la ruta de Cambronero.
Hoy en día cuentan con equipo de primer mundo, casi al nivel de las unidades de rescate de Estados Unidos y la Unión Europea. Tienen largas sondas con lector de temperatura corporal y escáneres capaces de analizar hasta 30 metros de profundidad bajo tierra y detectar si hay un corazón latiendo o unos pulmones respirando.
Pero claro, nada se logra con encontrar un corazón latiendo si uno de ellos no se alista para entrar al lugar. Eso pasó con los mineros de Crucitas, donde un rescatista ingresó por los estrechos túneles clandestinos, bochornosos e inestables, para encontrar los cuerpos sin vida, amarrarlos y sacarlos.
En 2025, José Pablo Castro y su equipo atendieron 26 emergencias, más de dos al mes, aunque la época lluviosa, con los deslizamientos y derrumbes, es la más atareada.
La adrenalina es la misma cada vez que se suben al camión, cada vez que sacan la maquinaria pesada para procurar la vida de un ser humano. Eso no cambia, y tienen claro que ellos son los idóneos para cumplir con la misión.
Atender una fuga de combustible en medio de disparos
Muchas veces hemos escuchado en las noticias sobre la detección de una toma ilegal de combustibles en las tuberías de Recope. Delincuentes encuentran por dónde pasa la línea madre del hidrocarburo y la perforan para robarse el valioso líquido.
Pero, ¿quién atiende el derrame de un líquido altamente inflamable en una zona con presencia del crimen organizado?
De eso se encargan los especialistas del Departamento de Salud, Ambiente y Seguridad de Recope, cuyo jefe para la Terminal del Caribe, en Moín, es Omar Arias Núñez, un salubrista ocupacional con formación como sargento en el Cuerpo de Bomberos que trabaja para Recope desde 2004.
Arias lo confirma. Les ha tocado atender una fuga y ser recibidos con balazos, así de claro.
“Nosotros valoramos el nivel de riesgo de la emergencia y al que se expone el personal. Pero si es una emergencia que sí o sí tiene que atenderse de inmediato por su potencial dañino, tenemos que hacerlo, coordinamos con la Fuerza Pública. A pesar de eso, en cinco o seis ocasiones nos han disparado para amedrentarnos”, confesó el funcionario.
Cuando una tubería se perfora es urgente neutralizar la pérdida, no solo por motivos económicos y por su potencial inflamable, sino también porque el combustible puede contaminar pastos, viviendas, ríos y nacientes que alimentan de agua potable a miles de personas.
Arias no duda al recordar su caso más difícil.
“Hubo una toma ilegal en Moravia de Siquirres, en medio de la montaña cortaron la tubería, el producto bajó por una finca, se metió en la tierra y contaminó un río que es la fuente de agua de Siquirres. Estuvimos seis meses trabajando para contener, que no cayera al río. Tuvimos personal permanente y un campamento, pero nos pusieron a la población en contra y a algunos compañeros intentaron amedrentarlos, por la noche pasaban los delincuentes y disparaban, fue una situación muy difícil, pero cumplimos con el trabajo”, recordó Arias.

Los inspectores y brigadistas tienen que especializarse. Es indispensable entender el comportamiento de los hidrocarburos, cómo varía cuando hay una fuga en el mar, en un río, en la tierra, en repastos, en un terreno plano o una colina, cómo se filtra la gasolina por la tierra, qué pasa si el viento aumenta, cambia de dirección o si empieza a llover o el día está soleado. Todas estas son variables importantes.
“En el agua está la ventaja de que se puede contener muy rápido, pero en tierra no se sabe por dónde va, especialmente en terrenos quebrados. El producto sale a la tierra y empieza a correr por debajo. Hay que tener la malicia para entender el lugar”, explicó Arias.
Para más dificultad, el procedimiento para rehabilitar la zona afectada puede tardar incluso meses, y obligarlos a instalar un campamento temporal en el sector. Es su obligación rehabilitar los suelos y las fuentes de agua, incluyendo las corrientes de agua subterráneas.
En total, estos funcionarios atienden 418 kilómetros de poliductos, que atraviesan de costa a costa desde Moín, en Limón, hasta Barranca, en Puntarenas. Esto es más distancia lineal que las dos fronteras terrestres de Costa Rica.

Los trabajos peligrosos tienen un precio
Aunque en esta entrega de Revista Dominical seleccionamos algunos de los trabajos peligrosos, hay muchos más que podrían entrar en una segunda entrega. En esta sección podrá ver, por ejemplo, fotografías de los socorristas especializados en rescate acuático, una lucha contra las fuerzas de la naturaleza.
Lo cierto es que, en los trabajos, el nivel de riesgo y siniestralidad se puede medir, y de hecho se mide. Esa es la lógica de los seguros de riesgos del trabajo. Así lo explicó a RD el director de Seguros Obligatorios del Instituto Nacional de Seguros (INS), Sidney Viales.
Él detalló que la tarifa de los seguros de riesgos del trabajo se determina de acuerdo a la actividad económica que realiza cada empresa; es decir, no se valora como tal el riesgo de cada profesión, sino la actividad económica de cada compañía, esto con base en normativas internacionales.
Pero, obviamente, hay actividades económicas que presentan más siniestralidad, es decir, mayor frecuencia de accidentes, daños o enfermedades.
Eso lo evidencian las tarifas del INS de acuerdo a cada actividad económica del sector privado. Por ejemplo, para las peluquerías y la reparación de computadoras es de 0,4%, porcentaje que sube a 8,59% para la extracción de madera, la pesca marítima, la extracción de sal y los aserraderos, entre otros.
Para la fabricación de carros, botes, motocicletas, remolques y aeronaves la tarifa es del 7,67%, mientras que se cobra el 7,09% para la recolección, tratamiento y eliminación de desechos. El transporte en ferrocarriles paga el 8,45%
Según la Superintendencia General de Seguros (Sugese), en 2025 la actividad económica con más accidentes laborales fue la construcción de edificios (11.128), seguida del cultivo de frutas (8.809).
Asimismo, las actividades de seguridad privada y mantenimiento del orden público acumularon el mayor número de fallecidos, con 19. El transporte de carga en carretera sumó seis decesos y la construcción de edificios, cinco.

