
Este miércoles, en retaliación por ataques de Israel contra el campo gasífero de Pars, Irán bombardeó parte de la mayor planta de gas licuado del mundo, la joya de la corona de Catar. En primera instancia, el riesgo asusta: la escalada puede empeorar la crisis global de energía. En segunda, despierta otros temores: los efectos duraderos que tendrá esta guerra en el ambiente.
A diferencia de los efectos inmediatos sobre precios o suministro energético, el daño ecológico asociado a este tipo de infraestructura puede extenderse por años o incluso décadas. La extensión y escala del conflicto, así como la delicada presencia de abundantes hidrocarburos y sus plantas de procesamiento, plantean riesgos inéditos.
Desde finales de febrero de 2026, el conflicto ha incluido bombardeos a refinerías, campos de gas y puertos estratégicos. El ataque al yacimiento Pars, el mayor campo de gas del mundo, interrumpió parte de la producción iraní y evidenció la vulnerabilidad de instalaciones críticas.
En paralelo, instalaciones en Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Arabia Saudita siguen siendo alcanzadas por drones y misiles, incluso en puertos como Fujairah y complejos de gas como Ras Laffan, de acuerdo con Reuters.
Este patrón, según analistas citados por el Financial Times, sugiere una estrategia sostenida de ataques a infraestructura energética que podría prolongarse y agregar tensión a un desbalance global que puede afectar la economía por meses y años. Ya se identifica como el “peor” escenario posible para el petróleo, con lógicas secuelas políticas.

Naturaleza bajo fuego
El problema ambiental comienza con la propia naturaleza de estos objetivos. La destrucción de depósitos de crudo y refinerías libera contaminantes de alta toxicidad.
Investigadores citados por Le Monde advierten que estos ataques ya han generado emisiones de dióxido de azufre, metales pesados y partículas finas, con efectos directos sobre la calidad del aire y el agua.
En algunos casos, como los incendios en instalaciones petroleras en Irán, se han reportado lluvias contaminadas y riesgo de afectación a suelos agrícolas, lo que introduce impactos en cadena sobre salud pública y seguridad alimentaria, como reportó The Guardian. En un episodio tenebroso, Teherán, ciudad de 10 millones, se vio afectada por una densa nube negra llena de petróleo y lluvia ácida.
El entorno geográfico agrava estos riesgos. El Golfo Pérsico es un sistema semicerrado, con limitada circulación de agua, lo que dificulta la dispersión de contaminantes.
Esto significa que derrames de petróleo o residuos químicos pueden permanecer durante largos períodos, afectando ecosistemas marinos, pesca y plantas desalinizadoras, esenciales para el suministro de agua en la región, como explica Le Monde, recordando las pasadas guerras.

Asimismo, la interrupción del tráfico marítimo, con decenas de buques detenidos o dañados en el estrecho de Ormuz, incrementa el riesgo de accidentes y derrames masivos.
El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente señaló que los conflictos armados actuales están generando “daños ambientales generalizados”, con efectos acumulativos que pueden prolongarse más allá del fin de las hostilidades.
“La contaminación proveniente de incendios fuera de control también puede penetrar en el suelo y el agua, filtrarse hacia los acuíferos y ser absorbida por los cultivos, contaminando los suministros de alimentos. Asimismo, se han reportado derrames de petróleo en áreas marinas, lo que agrava el impacto sobre la salud de las comunidades costeras”, advertía su declaración del 13 de marzo.
A todo ello, hay que sumarle los gases de efecto invernadero producto de incendios y destrucción de infraestructura energética.

Historia de desastres regionales
Existen precedentes que permiten dimensionar el problema. Durante la Guerra del Golfo de 1991, la quema de pozos petroleros en Kuwait generó una de las mayores crisis ambientales del siglo XX, con impactos que tardaron años en ser mitigados.
Estremecedoras anécdotas y fotografías de la época nos recuerdan pozos que ardieron por años, terrenos devastados y las secuelas médicas que se propagaron por las comunidades circundantes.
Expertos citados en reportes recientes advierten que el escenario actual podría replicar o incluso superar esos niveles de daño si los ataques continúan y se expanden a más instalaciones críticas, según Le Monde.
En ese contexto, el impacto ambiental de la guerra no es un efecto colateral menor, sino una dimensión estructural del conflicto. La dificultad, como señalan especialistas, es que estos daños suelen ser más lentos, menos visibles y, en muchos casos, más difíciles de revertir que los efectos inmediatos de la guerra.
Por supuesto, el problema ya lleva dos años extendiéndose, desde que estalló el conflicto entre Israel y Hamás, a partir del 7 de octubre de 2023.

Como informó Revista Dominical en octubre de 2025, a dos años de la guerra, previo a 2023, el 47% de la franja, 170 km², era tierra agrícola; para marzo de 2024, el grupo de investigación Forensic Architecture estimaba que 40% de ese terreno había sido destruido.
Por medio de análisis satelital, calcularon para entonces que 50% de los huertos y jardines también habían sido arrasados en la invasión terrestre, lo que para ellos constituye un ecocidio. Sin duda se ha extendido. Y a eso tendríamos que sumarle la cantidad brutal de escombros acumulados tras meses de bombardeos incesantes... cuyo polvo han respirado animales y humanos, y que cubre la vegetación.
Con la expansión de la guerra contra Hezbolá al interior de Líbano, los ataques de Israel han repetido los mismos patrones de Gaza. Es decir, puentes derrumbados, agua contaminada, pozos cegados, árboles quemados. La catástrofe se extiende.
Aun cuando la guerra contra Irán y Hezbolá frenara hoy, las heridas ambientales seguirán abiertas por años. El problema es que, por ahora, no se vislumbra tal cierre. La guerra continúa entre humanos y contra el terreno y seres no humanos. En la guerra todos mueren.

