Una breve caminata por el centro de San José basta para verlo, pero hace falta tener el ojo bien afilado, ir expresamente a buscar eso o, de última, toparse con la incomodidad de una banca sin sentido o unos picos metálicos horrendamente construidos. Aunque esto está dirigido a otro tipo de personas, proscritas y desplazadas, al final nos termina afectando a todos, porque la arquitectura hostil no discrimina.
En su libro Ciudades para la gente (2010), el arquitecto danés Jan Gehl dice que “primero moldeamos nuestras ciudades, y luego ellas nos moldean”. Así, el autor sentencia que la ciudad que construimos nos define como sociedad. Si es así, ¿qué dice San José sobre los ticos?
La arquitectura hostil es un concepto reciente que ganó notoriedad cuando los transeúntes de grandes metrópolis notaron que algunos espacios de la ciudad, como un banquito, el alféizar de un ventanal o hasta las gradas para entrar a un comercio tenían extraños picos o púas hechos de varillas, vidrio quebrado o piedras.
Si ha transitado el centro de San José alguna vez, deténgase y piénselo: ¿ha visto los tremendos picos de varilla de construcción colocados para lastimar al que se aproxime? A cualquiera, no importa si es un niño, un adulto mayor o un habitante de calle.
Los polémicos picos que empezaron a aparecer en capitales europeas se extendieron y hoy, los vemos en pleno San José. Revista Dominical lo constató en un breve recorrido por las calles capitalinas. Es difícil notarlo de primera intención porque ya ni siquiera le damos importancia, pero eso es lo triste porque, como diría Jan Gehl, la arquitectura hostil nos moldeó como sociedad.
Hay problemas sociales en los que hay un ganador y un perdedor claramente delimitados. Eso se podría decir, por ejemplo, de la desigualdad, donde unos son muy ricos y otros son muy pobres. Pero el problema de la indigencia es diferente, aquí nadie gana, todos pierden, y en el país, más de 6.000 personas pierden un poco de vida cada día.
También pierde el comerciante, que cada mañana llega a abrir su tienda y nota que un antisocial defecó en el candado del portón. Pierde el policía municipal que vive atendiendo quejas contra habitantes de calle en lugar de cuidar a los josefinos de la delincuencia. Pierde la municipalidad que destina millones de colones a construir infraestructura inadaptada al disfrute humano. Pierde el empresario que considera que solo tiene una alternativa: pagar para que le instalen unos picos horripilantes en la fachada de su negocio.
Desde luego, pierde usted, transeúnte de San José, que no solo corre el riesgo de tropezarse o pincharse con alguna de las creativas muestras de arquitectura hostil, sino que, además, no encuentra una sola banca plana dónde sentarse con un acompañante a disfrutar del espacio público.
Y eso sin tomar en cuenta la contaminación visual de una ciudad que de por sí, en algunas zonas, lastima los ojos.
La arquitectura hostil también puede ser sutil. ¿Ha notado que, cerca del barrio La California, hay una serie de bancas cuadradas hechas de concreto y muy separadas entre sí? Tan separadas que solo una persona puede sentarse en ellas, y el acompañante tendrá que quedarse de pie o conversar desde la siguiente banca. Así, un habitante de calle no puede usarlas de cama.

Otras bancas son construidas de manera que su superficie quede curva, o con estructuras que “separen cada asiento”, así es imposible acostarse en ellas. Otras se diseñan con su superficie inclinada, todo con el mismo fin.
Al final, todo responde a un único motivo: el problema de la indigencia en la ciudad se nos salió de las manos, y la sociedad costarricense, incapaz de solucionarlo, está optando por exiliar a sus compatriotas.
Grave problema
El problema de la indigencia en San José es tan grave que, recientemente, el alcalde Diego Miranda envió una carta a la presidenta de la República, Laura Fernández, pidiendo la intervención del gobierno ante el aumento de habitantes de calle en la capital.
Miranda considera que las instituciones estatales llevan años ignorando la problemática. Además, asegura que los municipios no tienen las competencias, presupuesto ni herramientas para atender la situación (ni siquiera el josefino, con el presupuesto más grande del país).
El gobernante capitalino afirmó que unas 2.300 personas viven actualmente en las calles de San José, pero sostiene que la cantidad de personas que viven en estado de indigencia se triplicó en el país durante la última década, pasando de 2.000 a más de 6.000.
Según el alcalde, la Municipalidad de San José destina más de ¢2.000 millones anuales a servicios relacionados con esta población, entre ellos atención directa, así como un aumento de los servicios ordinarios de limpieza, recolección y seguridad.

Pero la verdad es que el dinero no alcanza. Así lo confiesa Alberto Carvajal, un empresario que actualmente colabora con la fundación Techo y es miembro de la junta directiva de Chepe Se Baña, una organización que da duchas, comida y apoyo médico a quienes viven en las calles de San José.
Chepe Se Baña funciona gracias a donaciones, pero Carvajal confiesa que durante los últimos meses estas se han estancado. No disminuyen, pero tampoco crecen, aunque sí aumentan las necesidades.
Además, hay un estigma de que los habitantes de calle están en esa condición porque quieren, y es difícil que la población empatice con ellos y decida donarle a Chepe Se Baña antes que a una organización que atienda a públicos meta como la niñez.
“Chepe Se Baña se percibe en el ojo público como una organización que está bien, que es financieramente sólida, que tiene los recursos para hacer el trabajo que hace, pero realmente necesita ayuda, sobre todo ayuda económica para operar, porque la verdad es que no estamos saliendo”, reconoció Carvajal.
Para agravar más la situación, la discusión política entre la Municipalidad de San José y el gobierno de la República ha subido la temperatura. Luego de que Miranda enviara su carta, el 10 de agosto, tres días después, el 13 de agosto, la administración de Laura Fernández anunció la estrategia Puertas Abiertas y prometió reducir en al menos 10% la población habitante de calle en 90 días.
Según detalló Fernández, la estrategia se implementaría en el distrito de Merced, en San José, donde actualmente viven 753 personas en situación de indigencia.
Miranda no tardó en reaccionar y reclamó a Fernández que la Municipalidad de San José no fuera convocada a la mesa de trabajo impulsada por el Gobierno, pese a que, precisamente, el plan piloto se desarrollará en la capital. En ese contexto, afirmó que “este no es un tema partidario y no se debe excluir a los actores simplemente porque no comulgan con su gobierno”.
Mientras la clase política discute, los josefinos “resuelven” creando un ambiente áspero en la capital. Todo confluye en un estilo urbanístico funcionalista que no atiende las problemáticas de fondo: la indigencia y, también, la informalidad laboral, que lleva a cientos de ticos ha montar ventas ambulantes en bancas, aceras y ventanales.
Se aplica una costumbre muy tica: “barrer el problema debajo de la alfombra”, reforzando la exclusión social y la aporofobia, es decir, el rechazo hacia las personas en situación de pobreza o exclusión social.
¿A quién culpar? No es fácil señalar con el dedo. Los habitantes de la calle tienen que buscar dónde dormir, los comerciantes están hartos de limpiar la entrada de sus negocios, los gobiernos locales argumentan —quizás con razón— que no tiene la capacidad de solucionar el problema.
Algunos comerciantes han logrado desplazar a los habitantes de calle lejos de sus vitrinas, sin embargo, aunque invisibilizada, esta población aún no ha aprendido cómo desaparecer.
Quienes frecuenten Circunvalación habrán notado que, cada vez más, es usual ver personas en indigencia habitando pasos a desnivel, inmediaciones de semáforos, el costado de una carretera o, incluso, el interior de una rotonda. De ahí no los echan, no se mojan, pero arriesgan su vida. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que alguien resulte herido?
“Una persona que no posee un hogar tiene que jugársela todos los días, y esto trasciende la arquitectura, es un problema que tiene muchas posibles ‘curitas’, pero lo único que no se puede hacer es quitar la vista, ver para otro lado. Yo no lo puedo solucionar, pero no se vale taparse los ojos, y si no hacemos nada como sociedad, solo va a pasar una cosa: aumentará cada vez más”, dice Alberto Carvajal.

