
Hace pocas semanas, planteé en este espacio una paradoja: el extraordinario éxito de las zonas francas, el turismo y las exportaciones de servicios genera un excedente estructural de dólares que, sin mecanismos suficientes para absorberlo, aprecia el colón y termina perjudicando la competitividad, la inversión y el empleo.
La reciente “Encuesta de Perspectivas Empresariales y Valoración de los Factores de Competitividad del Sector Industrial Manufacturero”, de la Cámara de Industrias, confirma que ya no hablamos de un riesgo futuro. El daño está ocurriendo.
El 70% de las empresas industriales consultadas considera que el tipo de cambio las afecta negativamente; 31% ha suspendido expansiones o nuevas inversiones, 13% redujo personal, 30% dejó de sustituir trabajadores que salen y 55% reporta menor rentabilidad.
En zona franca, los resultados son aún más preocupantes: cerca de la mitad suspendió inversiones, 23% redujo planilla, 46% no sustituye vacantes y 80% reporta menor rentabilidad.
Pero hay un dato nuevo que merece especial atención: el Régimen Definitivo también hace agua.
Ya no son solo los exportadores
Durante años, fue posible presentar el problema como una queja de exportadores y el sector turismo frente al beneficio que recibe el consumidor de un colón fuerte.
La encuesta destruye esa simplificación. El tipo de cambio aparece también como el principal problema de competitividad para empresas del régimen definitivo, incluidas las pequeñas y medianas industrias.
Estas empresas no disfrutan de las condiciones fiscales de zona franca. Pagan impuestos en Costa Rica, emplean a costarricenses, compran a proveedores nacionales y constituyen una parte esencial de nuestra economía.
Cuando pierden rentabilidad, no pierde solamente el empresario. Pierden sus trabajadores, sus proveedores, la CCSS y también Hacienda.
Esta última consecuencia merece mucha mayor atención de la que le hemos prestado hasta ahora.
La factura fiscal
Los ingresos tributarios del Gobierno Central cayeron ¢79.784 millones (4,4%) durante el primer trimestre de 2026 respecto del mismo periodo de 2025. El IVA cayó 4,1% y el impuesto sobre ingresos y utilidades, 0,8%.
Al mismo tiempo, ante necesidades fiscales reales, vuelve a discutirse un programa tributario para aumentar y fortalecer la recaudación. Puede ser necesario. Precisamente por eso debemos proteger la base tributaria existente.
Un país no puede entrar en un círculo en el cual la apreciación cambiaria reduce utilidades, inversión y empleo; esto reduce la recaudación, y luego intentamos compensarla aumentando la carga sobre las empresas cuya competitividad ya estamos deteriorando.
Antes de cobrar más, debemos evitar recaudar menos por estar debilitando a quienes producen y pagan impuestos.
¿Por qué habría de detenerse la caída del dólar?
Aquí está la pregunta fundamental. ¿Por qué suponemos que ¢450 es el piso?
El excedente de dólares no es coyuntural. Es estructural. Proviene precisamente de actividades exitosas: zonas francas, servicios, turismo e inversión extranjera, a las cuales agregamos periódicamente endeudamiento externo público y privado.
Si mañana vuelven a entrar más dólares de los que nuestra economía demanda, y pasado mañana sucede lo mismo, ¿qué mecanismo hará que el dólar deje de bajar?
No existe un número mágico. Puede ser ¢440, ¢430 o menos. Nadie lo sabe. Lo que sí sabemos es que, mientras las causas permanezcan y nadie absorba estructuralmente el excedente, la presión continuará.
El mercado eventualmente encontrará su equilibrio. Pero puede hacerlo de dos maneras: porque nosotros absorbamos el excedente de dólares, o porque la pérdida de inversión, empleo y actividad económica termine destruyendo el excedente que hoy lo provoca.
Esta segunda solución también funciona.
La apreciación reduce rentabilidad. Se cancelan inversiones. No se sustituyen trabajadores. Algunas empresas reducen producción y otras realizan su próxima expansión en otro país. El turismo pierde competitividad. Disminuyen empleo, consumo e importaciones.
Finalmente, la economía genera menos dólares y demanda más de los que quedan.
Habremos recuperado el equilibrio cambiario empobreciéndonos lo suficiente para lograrlo.
El peligro del rezago
El problema se agrava porque Monex reacciona hoy, mientras la economía real acusa el golpe meses o años después.
Una empresa puede cancelar hoy una nueva planta y continuar durante meses vendiendo los mismos dólares para pagar salarios y proveedores. La inversión perdida no aparece mañana en Monex.
Una compañía puede decidir no sustituir a 100 empleados que renuncian o se pensionan. No habrá 100 despidos que aparezcan en las noticias. Los puestos simplemente desaparecerán.
Y quien se cansa de buscar empleo deja de aparecer como desempleado.
Por eso, esperar que las estadísticas tradicionales confirmen plenamente el problema significa esperar hasta después de producido el daño.
La Cámara de Industrias nos está dando un indicador adelantado: las decisiones que los empresarios ya están tomando.
Tres decisiones
No necesitamos esperar una solución institucional perfecta. Algunas medidas propuestas anteriormente pueden iniciarse inmediatamente.
Primero, el Banco Central debe utilizar activamente los instrumentos a su disposición para impedir que el excedente extraordinario de dólares continúe convirtiéndose en apreciación. Con una inflación que durante meses ha incumplido por debajo su propia meta, resulta difícil justificar la pasividad por temor inflacionario.
Segundo, el gobierno debe evitar agregar innecesariamente dólares al mercado mediante nuevo endeudamiento externo mientras exista este excedente.
Tercero, debemos crear un mecanismo permanente de esterilización: un fondo costarricense que invierta exclusivamente en el exterior parte de los recursos que hoy terminan presionando Monex.
No se trata de gastar dólares. Todo lo contrario: se trata de convertirlos en patrimonio costarricense invertido internacionalmente, sin transformarlos inmediatamente en colones.
En julio, propuse vincular ese fondo con la CCSS. La idea sigue siendo atractiva: ayudaría simultáneamente al problema cambiario y a la diversificación y fortalecimiento de las reservas de pensiones. Pero no debemos convertir una solución integral en excusa para no comenzar.
Costa Rica podría solicitar inmediatamente cooperación técnica de Noruega, cuya experiencia administrando patrimonio público en mercados internacionales es reconocida mundialmente. No tenemos que inventar solos una estructura que otros países llevan décadas perfeccionando.
Lo importante ahora es tomar la decisión política: una economía que produce estructuralmente más divisas de las que puede absorber necesita invertir afuera una parte de esa riqueza.
¿Hasta cuándo?
En julio, analizábamos los riesgos. Hoy la Cámara de Industrias mide sus consecuencias.
El régimen de zonas francas reduce inversiones y empleo. El régimen definitivo pierde rentabilidad. Hacienda recauda menos precisamente cuando necesita mayores ingresos. Y, mientras tanto, el desequilibrio cambiario que origina buena parte del problema continúa.
El barco hace agua. Todavía estamos perfectamente a tiempo de corregir el rumbo, pero el costo de esperar aumenta cada día.
La pregunta al Banco Central y al Poder Ejecutivo ya no es si existe un problema; es mucho más sencilla: ¿hasta cuándo?
gbreymann@tech-point.net
Guillermo von Breymann es fundador de Banco Banex, Cinde y el complejo Multiplaza/Camino Real. Ha trabajado en banca y desarrollo inmobiliario de gran escala en Costa Rica desde la década de 1970.