Editorial

Editorial: Un reto y una esperanza

La oportunidad que presenta el ‘nearshoring’ es enorme y las ventajas comparativas de nuestro país son ciertas, pero la competencia no será fácil. Por eso debemos fijarnos también en nuestras desventajas.

Tres afirmaciones de Mauricio Claver-Carone, presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), constituyen a la vez un reto y una esperanza para Costa Rica. La primera se refiere a la incorporación del nearshoring (trasladar la producción a países más próximos al mercado de destino) a las políticas del banco transnacional.

La tendencia de mudar la producción a lugares cercanos comenzó a tomar cuerpo a partir de la rivalidad comercial entre China y los Estados Unidos. La idea cobró todavía más fuerza cuando emergió la pandemia de covid-19. Ambos acontecimientos sembraron temor a la interrupción de elementos clave de las cadenas de producción. Ahora, dice Claver-Carone, el nearshoring y la integración son por primera vez una línea de negocios del Banco. «Si una empresa quiere mover su fábrica de Asia a Costa Rica, podemos proveerle financiamiento para la mudanza. Es algo nuevo que estamos haciendo», añadió.

La segunda afirmación describe el potencial de la nueva tendencia: «Dos terceras partes de las compañías estadounidenses en China y otros lugares en Asia están considerando mover una porción o todas sus líneas de abastecimiento más cerca de los Estados Unidos», explicó el funcionario.

La tercera y más alentadora de las afirmaciones se refiere al posicionamiento de nuestro país para aprovechar el cambio. Cuando una compañía estadounidense decide trasladar sus operaciones de Asia a América, los tres primeros países en la lista son Costa Rica, Uruguay y Colombia. En ocasiones también mencionan a Chile y República Dominicana. «Ahí, estamos viendo una historia de éxito», aseguró.

Al presidente del BID no se le preguntó en la entrevista, pero el posicionamiento nacional se fortalece con las políticas ambientales desplegadas desde hace décadas. La administración del presidente Joe Biden declaró su interés por incorporar el conservacionismo a la política comercial de Estados Unidos y los mercados exigen, cada vez más, producción en armonía con el ambiente.

«Si Costa Rica pudiera captar un 10 % de los productos que exporta hoy a los Estados Unidos y que China también exporta, significaría casi $4.500 millones anuales en ventas adicionales al extranjero. Es un impacto enorme, y solamente con el 10 %. Podría ser más», señaló el banquero.

La oportunidad es enorme y las ventajas comparativas de nuestro país son ciertas; sin embargo, la competencia no será fácil. Mientras los promotores del comercio exterior pregonan las virtudes de Costa Rica con tanto éxito como lo han venido haciendo, a los demás nos corresponde fijar la vista en las desventajas y procurar la rectificación.

Una y otra vez se ha insistido en las limitaciones del sistema educativo. Ni la enseñanza del inglés, ni la oferta de carreras relacionadas con la ciencia y la tecnología resultan satisfactorias para una economía abierta al mundo y empeñada en ampliar su participación en el comercio internacional.

La infraestructura, bien lo sabemos, es otra asignatura pendiente y debemos abandonar toda esperanza de construirla en cantidad suficiente si no es mediante alianzas público-privadas. Hay industrias cuya instalación en el país se imposibilita por el alto costo de la energía eléctrica y es preciso encontrar medios para redistribuir las cargas sociales de forma que su peso no recaiga exclusivamente sobre las planillas.

Ninguno de esos objetivos, mencionados una y otra vez, se alcanzará en un día, pero cada paso hacia la consecución es una nueva ventaja nacional o, cuando menos, la eliminación de una desventaja. En eso consiste el reto implícito en las declaraciones del nuevo presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, no obstante su optimismo.