
Corría 1994 cuando Estados Unidos organizó por primera vez un Mundial de Fútbol. En esa misma edición, Diego Armando Maradona, el futbolista más grande del planeta, dio positivo por efedrina tras vencer a Nigeria y la organización no dudó en sacarlo del torneo. No hubo llamada que valiera, ni presión de la Asociación de Fútbol Argentina, ni la fama del capitán alcanzó para torcer una prueba de laboratorio, resultado menos público que una tarjeta roja. “Me cortaron las piernas”, dijo después. Se las cortó un reglamento que, por esa vez, no distinguió entre estrellas y mortales.
Treinta y dos años después, un Estados Unidos muy diferente vuelve a ser anfitrión y una FIFA, muy diferente también, volvió a ocupar el centro de la escena, pero por motivos exactamente opuestos. El delantero Folarin Balogun fue expulsado con roja directa en los dieciseisavos de final. El reglamento del propio torneo es inequívoco al prever que una expulsión implica automáticamente una fecha de suspensión, sin excepción ni recurso posible. Balogun debía perderse el partido de octavos ante Bélgica. Sin embargo, un día antes del encuentro, la FIFA anunció que la ejecución de la sanción quedaba en suspenso por un “periodo de prueba” de un año, invocando su propio Código Disciplinario, en una interpretación contraria a la falta de discrecionalidad que aplica en estos casos.
La explicación reglamentaria no convenció a nadie ni apaciguó el escándalo internacional, por una sencilla razón: el presidente Donald Trump llamó personalmente al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, para pedirle que “revisara” la expulsión. Horas más tarde, la sanción había desaparecido. Trump agradeció públicamente a su amigo Infantino “por corregir una injusticia”. Bélgica calificó la decisión de “asombrosa” y recurrió infructuosamente ante el propio comité que la emitió. La UEFA fue más lejos al acusar a la FIFA de haber “cruzado una línea roja”.
Este editorial no es la sección deportiva para discutir si la roja fue justa o no. Los árbitros se equivocan, el VAR no siempre es suficiente y el fútbol, sistema humano al fin, convive con el error. El problema es otro, y mucho más grave que una mala decisión arbitral: una llamada telefónica bastó para que el reglamento dejara de aplicarse. El problema es que, cuando la aplicación de una norma depende de quién la invoca y no de lo que dice, la norma deja de ser norma.
Esa es la definición práctica de arbitrariedad, y es justamente lo que las reglas, sean deportivas, tributarias, administrativas, penales o de cualquier tipo, están llamadas a evitar. La fuerza de una norma radica en su previsibilidad, porque quien la cumple sabe qué esperar, y quien la infringe sabe qué le espera, sin importar su apellido, fortuna o exclusividad de su agenda telefónica. En el momento en que existe una vía discrecional para que el poder se exceptúe a sí mismo, deja de haber un sistema de reglas, y se entra en la dialéctica de reglas para unos y favores para otros.
Por eso, vale la pena volver a 1994. Aquel Mundial también tuvo su escándalo, también involucró a la máxima figura del torneo y también generó teorías de conspiración que persisten hasta hoy. Pero hay una diferencia que 32 años no deberían borrar, porque entonces, ningún poder, fuera la fama de Maradona, la desesperación de una afición entera, ni la presión de una federación nacional, logró torcer el resultado de un examen de laboratorio. La FIFA de 1994 fue implacable incluso contra su propio negocio, porque la salida de Maradona le costó audiencia, dramatismo y al mejor jugador del certamen. Aun así, aplicó la regla.
En 1994, a Maradona se le cortaron las piernas. En 2026, la FIFA cercenó su propia autoridad moral para exigir reglas a nadie, cuando no cumple ni las propias. El marcador, al menos, tuvo la última palabra al golear Bélgica 4-1 al anfitrión en Seattle, con Balogun jugando los noventa minutos sin anotar. Ese resultado no lo revirtió ninguna llamada.
El fútbol, en este caso, revirtió en 90 minutos la injusticia de la discrecionalidad. La mayoría de las instituciones no cuentan con ese árbitro de última instancia. Cuando ceden ante el poder y la influencia personal, la arbitrariedad se entroniza, sin tiempos extra que la desmientan, ni afición que la reclame, ni VAR que la revierta.
Por eso, el verdadero riesgo de este episodio trasciende el fútbol. Comienza cuando una institución deja de defender sus propias reglas. Porque las instituciones no se debilitan únicamente por la presión del poder, sino cuando ellas mismas renuncian a ejercer la autoridad que les da legitimidad.
