
A partir del pasado jueves, los impulsos ya existentes hacia una carrera armamentista nuclear perdieron su más importante barrera formal de contención. Tras 15 años de existencia, el segundo Tratado para la Reducción de Armas Estratégicas (conocido como START II) entre Estados Unidos y Rusia, alcanzó su fecha de expiración. Es la primera vez, tras más de 50 años, en que ambas potencias –que controlan alrededor del 90% de estas horrendas armas de destrucción masiva– no contarán con un marco explícito de control a su desarrollo y posible expansión.
La noticia tiene extrema gravedad. Es cierto, como muchos postulan, que el documento ya estaba desactualizado en varios aspectos; sin embargo, mantenía su eficacia en los ámbitos de que se ocupaba y, además, constituía un bastión simbólico contra la proliferación nuclear, no solo de los dos Estados firmantes, sino de muchos otros países que ya disponen o podrían disponer de arsenales nucleares.
Ante la ausencia de una renegociación –ni siquiera extensión para mantener su vigencia provisional–, el panorama que se abre es muy oscuro. Si Estados Unidos y Rusia no activan esfuerzos genuinos para, al menos, mantener informalmente los compromisos adquiridos, mientras se activa algún nuevo proceso negociador, debemos prepararnos para nuevas y peores tensiones geopolíticas, con consecuencias inimaginables. De ellas, ni siquiera una zona libre de armas nucleares, como lo son América Latina y el Caribe desde la suscripción del Tratado de Tlatelolco, en 1967, quedará al margen.
El START II, acordado en 2010 y extendido por cinco años en 2021, limitó tanto el número de ojivas nucleares consideradas “estratégicas” –en esencia intercontinentales–, como el de sus sistemas de lanzamiento o transporte. Además, estableció un estricto régimen de información y verificación para evitar la transgresión de los compromisos.
Sus limitaciones han sido evidentes, por diferentes razones. Dejó por fuera las armas nucleares “tácticas” o de limitado impacto y los dispositivos de alcance medio para lanzarlas. No tomó en cuenta –porque la tecnología de entonces no las contemplaba– nuevas generaciones de armamentos; entre ellos, misiles hipersónicos, sistemas submarinos y el uso tanto de sistemas submarinos como espaciales para su proyección y lanzamiento.
A lo anterior se añade que China, que nunca fue parte del tratado debido a su limitada capacidad nuclear al ser negociado y suscrito, se ha dedicado durante los últimos años a aumentar aceleradamente su arsenal, por mucho el tercero más importante del mundo. Corea del Norte, bajo la brutal dictadura y chantajista de Kim Jong-Un, se incorporó abiertamente, hace pocos años, a la carrera nuclear, pese a las sanciones de las Naciones Unidas. Se convirtió así en el nuevo miembro de un grupo que también integran Francia, el Reino Unido, India, Pakistán e Israel.
Nada garantiza que otros países, con regímenes de diversa naturaleza, no sigan un curso similar. La ambivalencia del gobierno de Donald Trump sobre la llamada “sombrilla nuclear” con que Estados Unidos ha protegido sistemáticamente a Europa, ha llevado a que algunos ya contemplen la posibilidad de crear sus propios escudos y no depender de las decisiones que se tomen en la Casa Blanca. Entre ellos están los escandinavos, con una preocupación creciente por la inestabilidad en el Ártico, y también Polonia, por su vulnerabilidad geopolítica ante Rusia.
Además, Arabia Saudita, Turquía y hasta Taiwán han flirteado con la idea, y poseen la capacidad, o el acceso a ella, para llevarla a la práctica. Y se mantiene como un foco de enorme tensión el programa nuclear iraní, aún activo pese a los ataques israelíes y estadounidenses, el año pasado, contra sus instalaciones.
Es casi inevitable que el fin de START II dé mayor ímpetu a tales inquietudes e iniciativas. Es decir, el impacto de su expiración no solo tendrá consecuencias sobre rusos y estadounidenses, sino sobre el resto del mundo. Porque lo peor que podría suceder, en medio de la creciente inestabilidad global, del desdén por las normas e instituciones del sistema internacional por parte del gobierno de Trump, de los renovados ímpetus expansionistas chinos y de la agresividad rusa, es que un bastión normativo como ese tratado muera y no se negocie un sustituto más integral.
Lo que, en apariencia, puede parecer un asunto de las hiperpotencias nucleares, en realidad nos afecta a todos. De ahí nuestra preocupación.
