Diay, si ahora reclamar independencia judicial u oponerse a cualquier deriva autoritaria basta para que a uno lo conviertan, a fuerza de insultos, en zurdo, comunista, progre o chancletudo, ni modo: soy todo eso.
Y si llaman “prensa canalla” a la prensa que no se arrastra y denuncia a los corruptos y sus coronas, entonces apúntenme también en esa lista. A mucha honra.
Esa perversa táctica de etiquetar a quien cuestiona al poder es propia del populismo y se vuelve instrumento de dominación en manos autoritarias. Los dictadores Daniel Ortega y Rosario Murillo, en Nicaragua, y Nayib Bukele, conductor de una profunda deriva autoritaria en El Salvador, construyen narrativas polarizantes que dividen a sus sociedades entre leales y enemigos.
Aquí sucede lo mismo. Rodrigo Chaves, primero, y Laura Fernández, ahora, dividen a los costarricenses entre “ticos con corona” y “ticos sin corona”. Ellos, por supuesto, se presentan como parte de los segundos, como si padecieran las carencias que atribuyen a su imaginaria “señora de Purral”, como si esperaran meses y años por atención en la CCSS y o encontraran ventanillas cerradas cuando reclaman sus derechos.
Pero así funciona la comunicación populista: etiqueta al que cuestiona. En vez de explicar, encasilla; en vez de convencer, intimida; en vez de reconocer la legitimidad del desacuerdo, convierte al adversario en enemigo.
La etiqueta reduce asuntos complejos a palabras que despiertan enojo; libra a los políticos de la obligación de argumentar. ¿Para qué responder a quienes defienden garantías judiciales si es más fácil llamarlos zurdos? ¿Para qué ahondar en las denuncias de corrupción si basta descalificarlas como obra de la “prensa canalla”?
No temen señalar como narcotraficantes a magistrados, jueces y fiscales o como “vagabundos” a los diputados de oposición, y menos, mofarse de funcionarios por ser de la tercera edad (como si el tiempo no fuera a pasar por ellos).
Como ciudadanos, debemos perderles el miedo a las etiquetas y saber que, con cada una, el político busca evitar explicaciones y desviar la atención. Eso sucede con la independencia judicial. Los insultos intentan ocultar la intención de socavarla.
Si cuestionar eso es ser zurdo, soy zurdo. Si mañana le ponen otro nombre, también. Lo importante no es la etiqueta, sino defender el país que nos quieren arrebatar.
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Armando Mayorga es periodista.