En Guardia: Herencia económica del nuevo gobierno

La macroeconomía, excepto en lo fiscal, es buena.

Yo sé bien quién ganará las próximas elecciones, pero se los diré al final. Antes, quiero referirme al verdadero estado de la economía que heredará el nuevo gobierno. ¿Se hallará en el umbral de una crisis externa? ¿Enfrentará cesación de pagos? ¿Caerá en recesión?

Si el ganador se atiene a los embates de la campaña, su visión sería tremendista, pues los aires políticos suelen desdibujar la macroeconomía. Yo no pienso igual. Mi visión es más positiva. Una crisis, definida como cesación de pagos, se produce si un país no puede, o no quiere, hacer frente a sus obligaciones, como ocurrió en 1980 cuando se repudió la deuda externa. Sin embargo, desde 1990, cuando asumí el Banco Central, el país no ha dejado de pagar su deuda soberana, gesto que no han sabido valorar las mezquinas calificadoras de riesgo. Hoy, tampoco veo ninguna razón para incumplir.

La macroeconomía, excepto en lo fiscal, es buena: la inflación es baja, la deuda externa (20 % del PIB) es relativamente baja (la alta es la interna, pagadera en colones), el régimen cambiario, a diferencia del vigente en 1980, es más flexible, el tipo de cambio está en una zona de confort, las exportaciones crecen, el BCCR mantiene un buen nivel de reservas (relativamente estable tras los acontecimientos de mayo-junio pasado), el déficit en cuenta corriente de la balanza de pagos se financia con entradas de capital directo (5 % del PIB), la demanda interna (gastos privados de consumo e inversión) está controlada y no presiona la compra de divisas (pocos colones persiguiendo dólares), las tasas de interés reflejan una prudente política monetaria acorde al programa macroeconómico, la expansión del crédito privado crecerá un 6,9 % en 2018 conforme al compromiso adquirido bajo el nuevo esquema de Inflation Targets, y la producción, según el IMAE, viene repuntando desde agosto del 2017, cuando revirtió la caída (punto de inflexión). Eso descarta una recesión.

El problema fiscal y la estructura de gastos e ingresos sí son más delicados. Ahí debe centrarse el nuevo gobierno. Pero yo me siento optimista. Se resolverá por un imperativo inexorable: ya no hay posibilidades de rodar más el balón. El nuevo gobierno tendrá que rebajar gastos y negociar ingresos en la Asamblea; si no, las tasas de interés enviarán recordatorios cotidianos hasta forzar voluntades.

¿Quién será el inefable elegido? Quiéranlo o no —y sin ninguna duda— el nuevo presidente será Alvarado. Deseémosle suerte.

jorge.guardiaquiros@yahoo.com

Jorge Guardia es economista y abogado.

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