Juan Fernando Lara. 12 mayo
Lorena Lobo Barrantes es la encargada de la pulpería La Guaria, en Barreal de Heredia, donde todavía maneja el cuaderno de fiados. Ahora también acepta
Lorena Lobo Barrantes es la encargada de la pulpería La Guaria, en Barreal de Heredia, donde todavía maneja el cuaderno de fiados. Ahora también acepta "dinero en plástico" porque dice que a la gente le da miedo andar mucho efectivo. Foto: Alejandro Gamboa Madrigal

La pulpería tradicional parece una especie en peligro de extinción ante el empuje de grandes cadenas de supermercados, ventas en estaciones de servicio y tiendas de conveniencia.

Sin embargo, aunque estos establecimientos representan el eslabón más débil en la cadena alimenticia de ventas al detalle, siguen luchando por sobrevivir

Un censo elaborado el año pasado por Fundes Latinoamérica, entidad que impulsa el crecimiento y profesionalización de micro y pequeñas empresas, revela que en Costa Rica aún operan 2.224 pulperías.

Dichos locales representan el 23% de los 9.600 comercios de barrio al menudeo registrados por el estudio, entre abastecedores, mini-supermercados y supermercados independientes.

Este dato contrasta con lo que ocurría en antaño cuando la pulpería era, además del punto de compra de las familias, el imán de la vida social del barrio, escenario de tertulias, juegos de azar e ingesta de alcohol.

Hoy, pese a que su número se ha reducido, estos negocios logran soportar la embestida de la competencia aferrados a un estilo de servicio que los diferencia de los demás.

En esos establecimientos, en donde un mostrador impide que el cliente tenga acceso directo a la mercadería, el pulpero proporciona al comprador los productos sobre ese mostrador.

Gracias a este trato directo, cara a cara, el dependiente logra identificar a los parroquianos hasta por su nombre y aprenderse qué tipo de productos suele buscar y sus gustos.

Tal relación de familiaridad explica el porqué todavía en estos sitios sobrevive la libreta “de fiado", un cuaderno en el que el pulpero anota los abarrotes que su cliente se lleva a crédito.

(Video) Venta de pueblo

“La pulpería es humana. Es un grupo de vecinos donde todos se conocen y el pulpero a ellos. Por eso, van a la pulpería. Las personas quieren a sus pulperos”, afirmó Mauricio Ramírez, Gerente de Soluciones de Fundes para America Latina.

Un vivo ejemplo de ello es Lorena Lobo Barrantes, propietaria de la pulpería La Guaria, en Barreal de Heredia.

“Doña Lore es nuestra salvada y aquí al puro lado. En mi casa todos nos criamos haciendo mandados a una pulpería. Yo voy una vez perdida al supermercado”, enfatizó Marta Villalobos Álvarez, vecina de La Guaria, mientras mientras pagaba dos bolsas de jabón de manos y dos bolsitas de champú.

Las pulperías
Las pulperías

Sus seis hijos y nueve nietos, dijo la clienta, aprendieron a usar dinero en La Guaria, donde todos siempre pedían los vueltos para confites o helados.

“¡Viera usted! se la pasan comiendo helados, es una renta para mí”, afirmó riéndose a todo pulmón con la pulpera haciéndole coro al otro lado.

Doña Lore, como la conocen, asumió hace 12 años este negocio que ha operado en esa comunidad por cuatro décadas. Allí, unas 300 familias compran hoy sus víveres.

A sus clientes de confianza, les lleva las cuentas por semana en un cuaderno en el que su escritura a mano narra con nombres, números y fechas una historia de amistad y honorabilidad comunal.

“La gente nos apoya porque, aunque vayan al supermercado, igual necesitan mucha cosas en pequeñas cantidades. Conmigo compran y conversan. Me ha tocado recibir gente desconsolada que con solo escucharlas salen aliviadas”, refirió la mujer.

Buenos observadores

Es tan íntimo el nudo con sus vecinos, que la pulpera Lorena Lobo afirma dominar los gustos y deseos de sus clientes.

Dice saber quiénes compran una marca de jabones y quienes otra, cuál es su papel higiénico preferido, o sus galletas, bebidas o helados predilectos.

“Vea esas bolsas de plátanos. Dejo 15 bolsitas por semana para dos clientes que no toleran el gluten; uno es un niño con síndrome de Down y una muchacha que se los lleva al trabajo”, explicó.

No obstante, ese esmero y disponibilidad sí viene con un alto precio que, como ocurre a la gran mayoría de casos, lo paga el pulpero.

En La Guaria se abre de 5:30 a. m. a 9 p. m. cada día (16 horas), menos domingos, cuando el horario es de 7 a. m. a 4 p. m. (nueve horas).

Cada día, además, doña Lore se aparta dos horas del mostrador para palmear unas 300 tortillas caseras que vende entre sodas y restaurantes cercanos. En ese rato, una hija asume el mostrador.

Mauricio Ramírez, investigador de Fundes Latinoamérica, explicó que las pulperías son de atención unipersonal, lo cual explica las jornadas de 14 horas promedio.

“Es un trabajo sacrificado por su comunidad. Tienen una amplitud importante de horario porque son trabajadores muy esforzados”, explicó.

Joel Castro Ayala y su madre Hortensia Ayala, dueños de la pulpería La Madrileña (Tibás, San José), confirman la pesada carga que llevan para atender su negocio.

Johel Castro Ayala, dueño de la pulpería La Madrileña, en Tibás, dice que desde muy joven ayudaba a su papá con el negocio. Lo acompaña su madre, Hortensia Ayala Méndez. Foto: Alejandro Gamboa Madrigal
Johel Castro Ayala, dueño de la pulpería La Madrileña, en Tibás, dice que desde muy joven ayudaba a su papá con el negocio. Lo acompaña su madre, Hortensia Ayala Méndez. Foto: Alejandro Gamboa Madrigal

“Estamos aquí toda la semana de 6 a. m. a 10 p. m. pero, aparte de eso, hay que madrugar o quedarse tarde a traer las verduras y frutas, que puede ser o de noche o de madrugada”, explicó Castro.

Agregó que la mayoría de sus ventas son las meriendas de clientes de paso que van en ruta a sus trabajos o qie laboran detrás de un volante, en referencia a taxistas y choferes de Uber.

“Cada día pasan a comprar golosinas y meriendas. Lo que más vendemos son bananos a ¢50 la unidad. La situación financiera de la gente ahora obliga a comprar al día”, refirió el pulpero.

Detalles del oficio

En el local don Joel, todavía cuelgan largas tiras de cinta adhesiva donde previamente pegan, una a una, docenas de bolsitas de papas fritas, yuquitas, maní y otras meriendas.

El decorado colgante y comestible tiñe de colores el campo visual de los clientes frente al mostrador. Cada bolsita cuesta ¢100.

El pulpero asegura que a él y su mamá les ha tocado desde escuchar tragedias ajenas y aportar algún consejo hasta recetar remedios contra enfermedades, hacer tareas escolares, resolver disputas y guiar a policías y detectives.

“En el barrio nos utilizan de referencia cuando dan direcciones y la Fuerza Pública y el OIJ (Organismo de Investigación Judicial) a veces pasan preguntando si hemos visto a tal persona o tal otra”, contó Castro Ayala, quien también lleva una libreta de fiados “para los clientes más chineados”.

Luz León Ramírez, posiblemente una de las clientes más fieles de La Guaria, guarda un profundo agradecimiento hacia la dueña de esta pulpería que ilustra esa fuerte lealtad que tejen pulperos y clientes.

Dice que hace 10 años su esposo y su hijo mayor quedaron desempleados y que, por ello, se le acumularon algunas deudas en la libreta “de fiado”.

León recuerda que un día decidió contarle su situación a doña Lorena Lobo y preguntarle que si ella le permitía irle pagando poco a poco la deuda.

Ambas mujeres llegaron a un acuerdo el cual le permitió a la vecina de La Guaria cancelar sus obligaciones y mantener el consumo regular.

“Sin ella no hubiéramos salido adelante aquella vez y vea: no soy de pasarle barniz a nadie pero esto lo digo sinceramente por gratitud”, recalcó doña Luz mientras la pulpera le guardaba en una bolsa unos tomates, una bolsa de detergente, un pan cuadrado, una lata de atún y unas servilletas que le acaba de comprar.