Juan Fernando Lara. 12 mayo
En Cinco Esquinas de Tibás, Joel Castro Ayala y su madre, Hortensia Ayala Méndez, se encargan de la pulpería La Madrileña, la cual abrió hace 100 años. Foto: Alejandro Gamboa Madrigal
En Cinco Esquinas de Tibás, Joel Castro Ayala y su madre, Hortensia Ayala Méndez, se encargan de la pulpería La Madrileña, la cual abrió hace 100 años. Foto: Alejandro Gamboa Madrigal

Como tantas otras, la pulpería La Madrileña atesora singulares anécdotas dentro de sus cuatro paredes.

Su actual encargado, Joel Castro, cuenta que años atrás las madres primerizas de Cinco Esquinas de Tibás iban al negocio a pesar en la romana (báscula) a sus bebés recién nacidos.

Castro comenta que ese era un método que utilizaban las mujeres, en ese entonces, para determinar si sus retoños se iban desarrollando bien durante los primeros de vida.

Incluso, recuerda, sus dos hermanas pasaron por el mismo ritual.

La Madrileña es una de las 2.224 pulperías tradicionales de mostrador que, de acuerdo con un censo elaborado el año pasado, todavía sobreviven en nuestro país.

El estudio, realizado por la organización Fundes Latinoamérica, revela que estos negocios generan ventas anuales por unos $820 millones.

La mayoría de los locales operan en jornadas de hasta 14 horas diarias y el 80% de su clientela vive en un radio de 1,5 kilómetros de su ubicación.

En el caso de La Madrileña, fue abierta cerca del año 1920, cuando un español llamado José Benavides llegó a la todavía muy rural y desahabitada Cinco Esquinas.

Casi cien años después, dicho local sigue abierto. Desde entonces, ha tenido cuatro dueños. Joel Castro (q.d.D.g.) y Hortensia Ayala fueron los últimos; ellos compraron el negocio en 1981.

Doña Hortensia y su marido tenían tres años de casados y un bebé recién nacido y, por eso, querían involucrarse en un negocio que les permitiera estar juntos.

Un amigo les avisó sobre la pulpería. Cerraron el trato cuando su hijo mayor, Joel, tenía un año. Aquel niño es hoy un adulto y guía el negocio, junto a su madre.

A partir de 1985, la familia creció y se completó con dos hijas más: Verónica y Natalia, quienes también han ejercido de pulperas aconsejando a clientes, aclarando dudas y aprendiendo a tratarlos.

Para Joel, haber crecido en una pulpería junto al resto de su familia es uno de los aspectos que más aprecia.

No obstante, admite que, aunque son muchas las satisfacciones, el tema que más resiente de su oficio es el poco tiempo libre que les queda.

“Son horarios muy extensos, sin mencionar otras actividades como recibir mercadería o ir por ella de madrugada o noche, como es el caso de las verduras y legumbres”, señala.

Aún así, dice sentirse realizado con su labor. Allí, él y sus hermanas aprendieron a leer y escribir, a tratar bien a las personas: ese es el principal legado de este negocio centenario.