
Londres, Reino Unido. Jason Arday vivió una trayectoria excepcional: de niño autista a profesor en Cambridge, hasta que dimitió a principios de agosto tras ser acusado de plagio. Su muerte, el viernes, dio un giro dramático a la controversia y deja numerosos interrogantes.
En marzo de 2023, Jason Arday se convirtió, con 37 años, en el profesor negro más joven de la historia de Cambridge.
Este nombramiento, en un mundo académico británico donde el prestigioso cuerpo docente está “dominado por hombres blancos”, según Robin Cohen, profesor de Estudios del Desarrollo de la Universidad de Oxford y especialista en cuestiones de diversidad, le dio una visibilidad más allá del ámbito académico.
Pero su ascenso se detuvo en julio, cuando salieron a la luz acusaciones de plagio en su tesis doctoral, obtenida en la Universidad John Moores, de Liverpool, en 2015, lo que le condujo a presentar su dimisión.
Aunque rechazaba las acusaciones de plagio y de haber mentido, explicó que renunciar a su cargo era la “única manera” de poner fin a un “período difícil”.
Tras ser encontrado muerto el 14 de agosto en su domicilio de Londres —la policía descartó cualquier indicio sospechoso, sin mencionar la posibilidad de un suicidio—, su familia denunció una “campaña de acoso continuo”.

Guerras culturales
Algunos atribuyeron la responsabilidad a las universidades que impulsaron el ascenso de Arday sin verificar su trayectoria.
Para Robin Cohen, la intensidad de la campaña contra Jason Arday “se vio alimentada por la influencia de la derecha conservadora estadounidense”, a la vanguardia de las “guerras culturales” que agitan a las universidades.
El exministro conservador británico James Cleverly dijo el lunes que “esto nunca habría llegado tan lejos si los responsables universitarios hubieran realizado las comprobaciones rigurosas” que se exigen para cualquier puesto académico de alto nivel.
Pero reconoció que el origen étnico de Jason Arday “podría haber desempeñado un papel” en el intenso escrutinio de sus escritos y de su trayectoria.
Jason Arday nació en mayo de 1985 en Londres, hijo de padres ghaneses.
En su autobiografía, publicada el 11 de agosto en Estados Unidos con el título “Great and Unfortunate Things” (Cosas grandes y desafortunadas), relataba que, cuando era niño, los médicos le diagnosticaron autismo y un retraso global del desarrollo que, según ellos, le impediría vivir de manera autónoma.

Sueños con Oxford o Cambridge
Jason Arday consideraba que había sido su madre, enfermera especializada en salud mental y activista antirracista, quien le ayudó a desafiar esos pronósticos utilizando la música para estimular su lenguaje.
Aunque afirmaba que no había hablado hasta los 11 años, algunos excompañeros de clase aseguraron a The Guardian que ya hablaba antes de esa edad.
Después de formarse en el ámbito deportivo, se convirtió en profesor de educación física antes de obtener su doctorado en Liverpool, donde dejó escrita su ambición en la pared de su habitación: “Algún día trabajaré en Oxford o Cambridge”.
Ese objetivo lo alcanzó en menos de diez años. Pese a una producción científica modesta, Cambridge lo contrató y lo presentó entonces como un “investigador destacado en cuestiones de raza, desigualdad y educación”.
La muerte de Arday, que tenía dos hijos, sigue suscitando gran conmoción tres días después de su fallecimiento.
El lunes, más de 53.000 personas habían expresado su apoyo a una petición del grupo activista Good Law Project, que reclama la apertura de una investigación pública sobre el “acoso sufrido por este hombre autista”.
Al mismo tiempo se abrió una colecta en el portal GoFundMe para ayudar a su familia a financiar el funeral y otros gastos, que el lunes ya había recaudado más de 150.000 libras (203.410 dólares).
El lunes por la noche estaba convocada en Londres una concentración en su memoria, promovida por una organización de lucha contra el racismo.
