Irene Rodríguez. 6 enero
El desarrollo infantil fue medido por dos tipos de pruebas: la WIDEA y AIMS. Esas pruebas fueron realizadas en dos ocasiones entre los cuatro y los 18 meses de los menores. Fotografía: Hospital Nacional de Niños de Colombia
El desarrollo infantil fue medido por dos tipos de pruebas: la WIDEA y AIMS. Esas pruebas fueron realizadas en dos ocasiones entre los cuatro y los 18 meses de los menores. Fotografía: Hospital Nacional de Niños de Colombia

Una de las mayores preocupaciones que vino con el resurgimiento del zika fue la forma en la que este virus afectaba a los bebés nacidos de mujeres contagiadas durante su embarazo.

Los especialistas lo denominaron síndrome congénito del zika. Se caracteriza por diversas alteraciones neurológicas en los menores. El más evidente (y popular) es la microcefalia (cabeza más pequeña de la esperada para bebés de la misma edad y sexo).

Otros síntomas incluyen problemas de la vista, hundimiento del cráneo, llanto que en ocasiones supera las 20 horas por día, convulsiones e irritabilidad.

Sin embargo, conforme los bebés crecen, nuevos síntomas pueden aflorar.

Este fue precisamente el objetivo de un estudio desarrollado por el Hospital Nacional de Niños en Washington D. C, el Hospital de Niños de Chicago, la Universidad George Washington, en Estados Unidos y el laboratorio Biomelab en Colombia.

La investigación, publicada este lunes en la revista JAMA Pediatrics, indica que, incluso en los menores que nacieron sin microcefalia y mostraron un desarrollo normal las primeras semanas, sí pueden presentar retrasos en su desarrollo entre los cuatro y los 18 meses.

“Estos niños no tenían señal alguna de microcefalia, retraso o algún tipo de déficit en su nacimiento. Los retrasos en su desarrollo, como fallas en su movilidad, en su cognición o en su interacción con otras personas se manifestaron en el primer año de vida, aunque la circuferencia de su cabeza se mantuvo normal”, señaló al presentar el estudio Sarah Mulkey, coordinadora de la investigación.

Y agregó: “normalmente, el neurodesarrollo en los infantes se cimenta durante años, porque es necesario que creen una red neuronal que luego utilizarán para funciones más complejas y solventar sus problemas académicos y de la vida diaria”.

En una entrevista anterior Jimmy Whitworth, investigador de la Escuela de Higiene y Enfermedades Tropicales de Londres, explicó: “hay cosas que todavía no podemos saber, porque esto es nuevo, apenas va comenzando. Por ejemplo, ¿cuánto tiempo vivirán estos niños? Hay algunos que murieron al poco tiempo, especialmente los que tenían lesiones más graves, algunos han fallecido de neumonía, otros de otras causas, pero muchos aún viven y es necesario entender en qué condiciones están para así tratarlos mejor".

¿En qué consistió el estudio?

El zika es una enfermedad transmitida por una picadura del mosquito Aedes aegypti que tiene la posibilidad de transmisión vertical, es decir de que la madre contagie al menor a través de su placenta. Por ello, son vitales este tipo de estudios que den seguimiento a los hijos de estas mujeres.

Las pesquisas fueron desarrolladas en Colombia, uno de los países donde se presentaron más casos de síndrome congénito del zika.

Los investigadores tomaron en cuenta a 82 mujeres que tuvieron zika durante su embarazo. Los menores nacieron entre el 1.° de agosto del 2016 y el 30 de noviembre del 2017.

De ellas, tres tuvieron hijos con anomalías, una tuvo un aborto espontáneo y un bebé presentó un infarto cerebral después de nacido.

Esto dejó a 77 bebés que nacieron sin señal alguna que preocupara a los neonatólogos. De ellos, 70 fueron enrolados para esta investigación.

Los menores fueron sometidos dos veces, entre sus cuatro y 18 meses de vida, a dos tipos de pruebas para evaluar su desarrollo. Estos exámenes son la Evaluación Warner de Adaptación y Habilidades Funcionales Iniciales (Widea, por sus siglas en inglés) y la Escala Alberta Motora Infantil (AIMS, por sus siglas en inglés).

La Widea mide aspectos como conocimiento de sí mismo, movilidad, comunicación y socialización en menores de 30 meses. La AIMS, por su parte, mide cómo el bebé se acuesta, gatea, se sienta, se pone de pie y camina.

Los resultados

Al llegar a los 18 meses, muchos de estos menores tenían un neurodesarrollo normal, pero en algunos hubo más bien un decrecmiento.

Por ejemplo, estos niños tuvieron retrasos de unos meses para habilidades motrices como darse la vuelta, sentarse, gatear, caminar y subir escaleras.

También se registraron retrasos en herramientas sociales y cognitivas, como esperar su turno para lanzar una pelota o responder en algunos juegos de interacción.

Además, un tercio de los pequeños presentaba diminutos quistes en el cerebro, algo que solo se ve en cerca de un 2% a un 5% de los menores de esta edad.

Los investigadores ignoran si los retrasos empeorarán con la edad, pues los conocimientos de esta faceta del zika aun son incipientes.

“Nuestros hallazgos recomiendan a que los menores que fueron expuestos al zika en el vientre tengan una evaluación de seguimiento a largo plazo, para así saber cómo intervenir”, puntualizó Mulkey.

¿Qué han dicho reportes anteriores?

Esta no es la primera investigación que explora cómo afecta el zika a niños mayores. En diciembre del 2017, se publicó un estudio realizado con menores entre los 19 y los 24 meses de vida, quienes nacieron entre el 1.° de octubre del 2015 y el 31 de enero del 2016.

Las pesquisas fueron lideradas por el Centro de Control de Enfermedades de Estados Unidos (CDC, por sus siglas en inglés) y el Ministerio de Salud de Brasil (país que registra más casos de síndrome congénito por zika). Los resultados se publicaron en la revista Morbidity and Mortality Weekly Report (MMWR).

Los investigadores encontraron diferentes anomalías en ellos, y más del 75% tenían tres o más.

  • Once habían experimentado convulsiones y es muy posible que las sigan experimentando.
  • Diez tenían dificultades para dormir
  • Nueve tenían limitaciones para comer, como problemas para tragar.
  • Trece tenían inconvenientes para oír, como no responder ante el sonido de un chilindrín o sonaja.
  • Once tenían dificultades de visión, como no poder seguir con la vista un objeto en movimiento.
  • Quince tenían impedimentos motores graves, como no poder sentarse por ellos mismos.
  • Catorce tenían al menos tres de estas complicaciones de salud, lo que hacía más difícil su manejo.
  • Ocho habían sido hospitalizados, seis de ellos por bronquitis o neumonía.