Ivannia Varela. 13 octubre
La actividad física permite que el cerebro pueda oxigenarse de manera apropiada. Shutterstock.
La actividad física permite que el cerebro pueda oxigenarse de manera apropiada. Shutterstock.

“Hace 30 años creíamos que el cerebro era una estructura rígida, que nacíamos y moríamos con las mismas neuronas. Hoy, la neurociencia ha cambiado el panorama por completo y aunque seguimos sin saber todo sobre este increíble órgano, hemos visto la importancia de cuidarlo, porque su plasticidad es constante”.

Con estas palabras, la neuropsicóloga pediátrica, Carina Castro Fumero explicó que si los seres humanos toman conciencia de la necesidad de proteger el cerebro, desde que la persona está en el vientre y a lo largo de toda su vida, muchas enfermedades de predisposición genética o que surgen por factores desencadenantes podrían prevenirse o al menos, retrasar sus manifestaciones. Tal es el caso de demencias, padecimientos psiquiátricos y otros problemas cognitivos, dentro de un larga lista.

¿Mas cómo mantener este órgano en forma? Basada en su experiencia y recomendaciones de organismos internacionales, Castro Fumero resalta siete áreas que deberíamos tomar en cuenta siempre.

Sueño

Muchas personas están en deuda con este punto y olvidan que el sueño es una actividad imprescindible para cuidar el cerebro.

Mientras dormimos, este órgano entra, por decirlo de alguna manera, en un proceso de limpieza profunda; elimina toxinas producidas por los pesticidas de los alimentos o de la contaminación ambiental. También desecha sustancias como el cortisol que se produce por el estrés y daña las neuronas.

Además, durante el sueño es cuando consolidamos nuestra memoria y es así como en realidad aprendemos.

¿Cuánto dormir? Varía con la edad y las características de las personas. Por ejemplo, algunos expertos aconsejan que los recién nacidos y bebés duerman de 18 a 20 horas al día (incluyendo siestas), los niños escolares (6 a 13 años) deberían descansar de 9 a 11 horas diarias, los adolescentes (14 a 17 años) de 8 a 10 horas y los adultos (18 a 64 años) de 7 a 9 horas.

Tecnología

Los dispositivos electrónicos vinieron para quedarse y facilitar la vida de las personas. Sin embargo, es un hecho que la sociedad, en general, ha incurrido en un abuso de la tecnología.

Según la Unicef, los niños y adolescentes sufren la llamada “cultura del dormitorio”, donde pasan conectados todo el tiempo a este tipo de aparatos. Mientras que los adultos, tampoco escapan a esta situación y sus celulares son lo primero que usan antes de dormirse y al levantarse.

¿A qué nos lleva esto? Múltiples investigaciones han relacionado directamente el uso de la tecnología con trastornos por déficit de atención, depresión, dificultades del lenguaje, ansiedad, conductas desafiantes, problemas del sueño y hasta suicidio.

En el día a día, los profesionales en niñez y adolescencia también observan en sus pacientes “altamente conectados” una carencia de habilidades sociales, irritabilidad, agresividad, baja tolerancia a la frustración y dificultad para manejar emociones.

“Por otro lado, está bien documentado cómo la tecnología hiperactiva un circuito de recompensa en nuestro cerebro. Este nos hace sentir placer muy rápidamente. Algo que se aleja mucho de lo que sucede en la vida real”, explicó la neruopsicóloga.

¿Qué hacer? Establecer límites y horarios. Con respecto a los niños, quienes tienen cerebros más vulnerables por estar en desarrollo, la Academia Americana de Pediatría dice: “nada de tecnología antes de 2 años”, de 2 a 6 años máximo una hora, siempre con contenido de calidad y bajo la supervisión de un adulto responsable.

De 6 años en adelante debe usarse el sentido común, sin caer en abusos. Sin embargo, lo más importante es informarse sobre cómo hacer una introducción gradual y sana de los aparatos electrónicos, dijo Castro Fumero.

Neuroalimentación

Aunque Castro Fumero aclaró que no es nutricionista, explicó que el 25% de lo que consumimos se metaboliza en el cerebro por medio de conexiones cerebrales.

Entonces, desde la neurociencia, para que este órgano funcione bien, se debe incluir dentro de la alimentación algunos productos con beneficios comprobados.

Entre la lista, destacan los vegetales de hojas verdes, la yema del huevo (rica en colina), la avena, el agua, las frutas, el aguacate, la chía, el salmón y el atún.

Hay estudios que demuestran que estos alimentos mejoran la memoria, la atención y el estado de ánimo. “Pero lo más importante es que pueden ser antioxidantes y neuroprotectores; es decir, protegen las neuronas del envejecimiento y de sufrir enfermedades psiquiátricas”, recalcó la especialista.

Actividad física

Nuestro cerebro requiere oxigenación y para ello también necesita de un corazón fuerte y arterias limpias. El camino para lograrlo es mediante la actividad física.

¿Qué recomienda la OMS? 30 minutos al día, los cuales se pueden alcanzar con actividades como caminar, trotar, bailar, subir gradas, etcétera.

Si esto no es posible, entonces se aconsejan dos sesiones diarias de 15 minutos cada una. Lo vital es que, al final de la semana, la persona se ejercite en total unos 150 minutos.

Para las poblaciones entre los 5 y 17 años, lo ideal es que inviertan unos 60 minutos diarios en actividades físicas de intensidad moderada a vigorosa.

Estrés

Sabemos que existe un estrés sano, el que nos permite movilizarnos y tomar decisiones. Sin embargo, cuando este sobrepasa los límites deseables y se mantiene así a lo largo del tiempo, comienza a generar una serie de trastornos en el organismo y repercute en el cerebro.

Según Castro Fumero, el estrés produce cortisol. Esta sustancia, en grandes cantidades modifica la estructura cerebral y se convierte en una “asesina” de neuronas.

Al verse afectado, el cerebro no funciona correctamente y la persona es más vulnerable a sufrir problemas de todo tipo: bajo rendimiento, dificultades de memoria o incluso enfermedades psiquiátricas.

Sugerencia: para evitar algo así, se debe gestionar el estrés, es decir, buscar mecanismos y actividades relajantes y placenteras, que permitan a la persona estar más tranquila.

La neurociencia, por ejemplo, considera que la meditación puede ser protectora para el cerebro y las neuronas.

Figuras afectivas

La ciencia ha corroborado que las relaciones afectivas de confianza y seguridad contribuyen al desarrollo cerebral de los menores durante la primera y segunda infancia, especialmente desde los 0 meses a los seis años de vida que es cuando este órgano está en completa transformación y se produce la mayoría de conexiones neuronales o sinapsis.

Mas esto no termina aquí. Durante la adolescencia y la adultez, los vínculos sociales continúan siendo fundamentales para la salud mental.

Tips: los abrazos, las palabras de amor, compartir y hablar con otras personas (familiares o amigos), el practicar la empatía (ponerse en los zapatos ajenos) y el ayudar a los demás, son actividades que nutren emocionalmente el cerebro. ¿Por qué? Porque permiten generar sustancias “sanadoras” o placenteras, como la dopamina y la serotonina, por ejemplo.

Realizar actividades desafiantes para la mente, como leer, hacer crucigramas, tomar rutas distintas para llegar a los destinos, cambiar de rutinas y viajar, son estrategias para crear una reserva cognitiva. Shutterstock
Realizar actividades desafiantes para la mente, como leer, hacer crucigramas, tomar rutas distintas para llegar a los destinos, cambiar de rutinas y viajar, son estrategias para crear una reserva cognitiva. Shutterstock
Estimulación oportuna

Durante varios años se puso de moda la estimulación temprana y muchos padres y profesionales la “malentendieron” o le dieron un uso inapropiado, cayendo en la sobreestimulación.

Eso generó niños extremadamente ocupados y estresados debido a la alta demanda académica y extracurricular (clases de todo, todo el tiempo). Surgió así una generación de menores que casi no tiene oportunidad de aprovechar el juego libre, compartir con otros chicos de su edad o con sus padres, en ambientes no estructurados.

Por eso, Castro Fumero insiste en que el concepto debe cambiar hacia el de estimulación oportuna. Esta consiste en que las figuras de amor y seguridad de los niños aprovechen los deseos innatos de los menores por aprender y lo hagan en escenarios cálidos, significativos. De esta forma, las conexiones neuronales que se generen, serán más duraderas.

¿Y en la adultez? Lo ideal es crear una reserva cognitiva para enfrentar la vejez con más y mejores herramientas. ¿Cuál sería la recomendación? Seguir aprendiendo cosas nuevas y realizar actividades desafiantes para la mente, como leer, hacer crucigramas, tomar rutas distintas para llegar a los destinos, cambiar de rutinas, viajar…

“Recordemos, la idea no solo es llegar a ser longevos, sino ser longevos funcionales”, puntualizó Castro Fumero.