Irene Rodríguez. 4 agosto
La agresión de cualquier tipo daña la salud física, mental y emocional de los menores a corto y a largo plazo. Imagen con fines ilustrativos. Fotografía: Albert Marín
La agresión de cualquier tipo daña la salud física, mental y emocional de los menores a corto y a largo plazo. Imagen con fines ilustrativos. Fotografía: Albert Marín

Casi la mitad (el 49%) de los niños costarricenses ha sido víctima de algún tipo de violencia al menos una vez en su vida.

Esta es una de las conclusiones de la Encuesta Mujer, Niñez y Adolescencia (EMNA), que se presentó la mañana del miércoles pasado. Esta encuesta es desarrollada periódicamente en naciones de todo el mundo por el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), en Costa Rica, el trabajo se hizo en conjunto con el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) y el Ministerio de Salud.

Este documento señala que la violencia más común es la psicólogica, pues uno de cada tres menores de 15 años en el país (el 34%) la ha experimentado. La violencia física está en un puesto muy similar (33%) y a esto debe sumarse que el 2,6% recibe castigos físicos severos.

“Esto nos preocupa, especialmente porque se ve más durante los primeros cinco años de vida. Se requiere de mucha educación para ir cambiando esto también”, indicó Gordon Jonathan Lewis, representante de Unicef.

El especialista ejemplificó que, por ejemplo, mientras que en los menores de 10 a 14 años el 44,2% habían sufrido violencia, si se tomaban en cuenta los niños de tres a cuatro años, esta subía a 56,2%.

Este fenómeno también es más rural: mientras que en la zona urbana se ve en el 48% de los niños, en áreas rurales sube a 51,1%.

Violencia infantil en Costa Rica

La forma en la que se ejerce la violencia tiene diferentes formas y matices. Estos son los datos de 1 a 14 años.

FUENTE: Encuesta EMNA.    || c. f. / LA NACIÓN.

El problema a los ojos de los adultos

Cuando los encuestadores preguntaron a los adultos responsables de niños (ya fuera padres, madres o cuidadores) que si creían que es correcto el castigo físico como medida para disciplinar, casi uno de cada cuatro personas consultadas (23,7%) respondió afirmativamente.

La respuesta es bastante similar en áreas rurales y urbanas. Cuando se habla por edad, quienes más de acuerdo están con el castigo físico tienen entre 25 y 34 años (25,6%), y quienes menos lo apoyan están entre los 35 y 49 (21,6%) años.

La mayor diferencia se da por sexo: solo el 14,4% de los hombres consideran esta medida válida, las mujeres los superan en 10 puntos porcentuales.

“Mucha información de la que arroja esta encuesta tiene que ver con factores culturales y la forma de crianza de los hijos es algo en lo que la cultura pesa mucho. Es algo sobre lo que debe trabajarse, esta información nos ayudará a tomar mejores decisiones como país y como sociedad”, expresó el ministro de Salud, Daniel Salas.

¿Quiénes son los agresores?
Las consecuencias de la violencia pueden durar hasta la vida adulta. Imagen con fines ilustrativos. Fotografía: JOHN DURAN
Las consecuencias de la violencia pueden durar hasta la vida adulta. Imagen con fines ilustrativos. Fotografía: JOHN DURAN

Cuando se piensa en las personas que cometen estos abusos contra sus hijos, se tiende a creer que se hace al propio, pero la realidad es muy distinta, según dijo Olga Arguedas, directora del Hospital Nacional de Niños (HNN)

“Tendemos a darle una visión siniestra al agresor, pero quienes lo hacen por maldad es solo una parte muy pequeña. La mayoría son personas con un muy pobre control de emociones, cerca de un 30% fueron poco valorados en su niñez y posiblemente vivieron agresión. Además, son individuos que también tienen una pobre red de apoyo o que cometen abuso de sustancias”, puntualizó la especialista.

Arguedas agregó que lo ideal sería que en Costa Rica existieran servicios que, cuando una pareja tomara la decisión de tener un hijo o ya estuviera embarazada, les preparara no solo para el parto, si no también para la convivencia con un bebé y luego con un niño en las diferentes etapas.

Daños a corto y largo plazo

Para Arguedas, todos los datos presentados este miércoles, al ser tomados de una encuesta casa por casa en todo el país, ejemplifican mejor la realidad de lo que sucede a nivel nacional que los datos que se manejan en el propio HNN.

“A nosotros nos llegan los casos graves de agresión, entonces tenemos sesgos porque vemos casos muy calificados y serios, hay muchos otros que no llegan porque se atienden en otros centros de salud. Nosotros solo vemos la punta del iceberg, pero tampoco vemos los casos de las familias donde no se agrede a los menores, ya que estos nunca serán atendidos por violencia”, señaló la jerarca.

Arguedas fue enfática en que aún cuando la violencia crónica y repetitiva causa más secuelas en los menores, los episodios aislados pueden ocasionar mucho daño también.

Y las secuelas pueden venir en varias vías.

“Las llamadas formas directas de violencia hacia los niños (como golpes y maltrato sexual) pueden afectar su desarrollo físico, cognitivo, emocional y social. Lesionan la evolución del cerebro y aumentan el riesgo de enfermedades mentales. De igual manera generan un mayor riesgo de incurrir en conductas dañinas como el fumado o uso de drogas, conducción temeraria, prácticas sexuales de riesgo. También son más las posibilidades de que esos niños se conviertan en personas violentas en su vida adulta”, explicó en una entrevista anterior James Lekman, investigador y profesor en psiquiatría y desarrollo infantil de la Universidad Yale.

No obstante, añadió: “también hay que ponerle atención a las formas indirectas de violencia (emocional, negligencia) que afectan a los menores. Privarlos de alimento o de su educación formal o el que sus padres tengan horarios de trabajo largos y extenuantes que no le permitan compartir con ellos, todo eso también produce consecuencias”.

“Las llamadas formas directas de violencia hacia los niños (como golpes y maltrato sexual) pueden afectar su desarrollo físico, cognitivo, emocional y social. Lesionan la evolución del cerebro y aumentan el riesgo de enfermedades mentales”. James Lekman, investigador y profesor en psiquiatría y desarrollo infantil de la Universidad Yale.

Desde el 2012, un estudio publicado en la revista Journal of Epidemiology and Community Health había señalado que los niños que sufren agresiones físicas o psicológicas durante los primeros dos años de vida, o que vieron cómo agredían a su madre, tienen un menor desarrollo cerebral que quienes nacen en un ambiente más estable.

Estos menores presentan un coeficiente intelectual hasta 7,25 puntos más bajo que los niños con un entorno familiar armónico.

Además, las calificaciones escolares de las víctimas de agresión pueden ser hasta 50% más bajas que las del promedio.

El maltrato también tiene consecuencias físicas a largo plazo. Quienes vivieron algún tipo de agresión durante su infancia tienen más riesgo de padecer enfermedades crónicas de adultos.

Arguedas explicó que cuando se vive violencia en la niñez aumentan las posibilidades de obesidad, diabetes, hipertensión e infartos. Todo esto eleva las posibilidades de que la persona muera antes de los 70 años.

Muchas de las hormonas relacionadas con el estrés suben la producción de azúcares en el cuerpo y si esto se mantiene de forma sostenida durante varios años, es más probable la aparición de males crónicos.

Buscar soluciones en conjunto

La situación lleva al país a pensar cómo solucionar esta situación para los menores. La participación de todas la sociedad es vital.

Esfuerzos conjuntos entre el Patronato Nacional de la Infancia (PANI), el Ministerio de Educación Pública (MEP), la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) y organizaciones de sociedad civil son necesarios. Por el bien común de los menores deben participar todos los adultos, independientemente de si tienen hijos o no.

“Hacen falta servicios de respuesta y apoyo cerca de las casas, en todo el país, no solo en el Valle Central, debemos proveer a los niños entornos seguros, y eso es responsabilidad de todos , no solo de las autoridades. Los ticos tenemos una visión distorsionada de evadir la responsabilidad y de echarle la culpa a las autoridades, y así no se puede”, concluyó Arguedas.

¿Cómo se hizo la encuesta?

La encuesta EMNA se realizó entre el 26 de febrero y el 31 de mayo del 2018 y tomó en cuenta a 10.083 hogares de todo el país. Se entrevistaron personalmente y en sus casas a 7.502 mujeres entre los 15 y los 49 años y a 3.971 menores entre los cinco y los 17 años.

“No pueden compararse los datos específicamente entre un EMNA y otro, la metodología anterior tiene unas diferencias, por la cual no son comparables, pero esto nos dará material para comparar con la próxima, que sí tendrá la misma metodología”, afirmó Vásquez.

Unicef lanza esta encuesta a nivel mundial desde la década de 1990. Los datos sirven para tomar decisiones en salud pública, educación y desarrollo.