Michelle Soto. 5 diciembre, 2016
La catarata de río Celeste pertenece al Parque Nacional Volcán Tenorio. En este sector los daños fueron mínimos gracias a la cobertura forestal. | MELISSA FERNÁNDEZ / ARCHIVO
La catarata de río Celeste pertenece al Parque Nacional Volcán Tenorio. En este sector los daños fueron mínimos gracias a la cobertura forestal. | MELISSA FERNÁNDEZ / ARCHIVO

Si los volcanes Tenorio y Miravalles hubieran estado desprovistos de vegetación, la cantidad de deslizamientos, cabezas de agua y represamientos producto del huracán Otto hubieran causado estragos aún mayores debido a las grandes pendientes que tiene el terreno.

“Los parques nacionales y otras áreas silvestres protegidas ayudaron a mitigar el impacto”, manifestó Alexánder León, director del Área de Conservación Arenal Tempisque (ACAT). Sin esas grandes masas de bosque, afirmó León, la afectación sobre las comunidades habría sido peor.

“No solo estamos hablando de que frenaron el golpe del viento, sino que esas masas de bosque amarraron los suelos en la parte alta de las cuencas”, explicó el director de ACAT.

Los bosques y humedales del Refugio de Vida Silvestre Corredor Fronterizo, el Refugio de Vida Silvestre Barra del Colorado y el Parque Nacional Tortuguero también sirvieron de barrera natural ante los fuertes vientos, protegiendo las viviendas.

“Quién sabe qué hubiera pasado si ese bosque no hubiera existido. Esos árboles amortiguaron el impacto y protegieron a las comunidades”, comentó Laura Rivera, directora del Área de Conservación Tortuguero (ACTO).

Entonces, aparte de secuestrar dióxido de carbono, proteger los acuíferos y brindar belleza escénica para enamorar a los turistas, los bosques costarricenses suman otro servicio ambiental: amortiguar el impacto de eventos meteorológicos extremos, como lo fue el huracán Otto.

Vulnerables

Costa Rica tiene una topografía irregular que propicia, en un territorio tan pequeño, que existan diferentes microclimas, los cuales favorecen distintos tipos de ecosistemas que el país ha sabido aprovechar a través del turismo y la agricultura.

“Pero eso también hace que tengamos una variabilidad climática muy alta. Esto nos expone a eventos meteorológicos grandes como huracanes, pero también a otros de origen local como tormentas eléctricas y tornados”, explicó Mario Coto, director del Sistema Nacional de Áreas de Conservación (Sinac).

En un proceso más a largo plazo, el cambio climático amenaza con modificar ese paisaje.

Según los escenarios del Instituto Meteorológico Nacional (IMN), la temperatura en el 2080 aumentaría entre 3 °C y 6 °C con respecto al período 1961-1990.

Ese aumento de la temperatura provocará, consecuentemente, cambios en patrones de lluvias.

Para lidiar con ello, la Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza (UICN) sugiere el concepto de adaptación basada en ecosistemas, es decir, observar la naturaleza para aprender sus secretos y “pedirle ayuda” para mitigar los efectos del cambio climático.

Marta Pérez, oficial de cambio climático de la UICN, estima que se trata de echar mano de la infraestructura natural. Por ejemplo, los árboles a las orillas de los ríos ayudan a regular el agua, evitando inundaciones.

En ese sentido, tener un 52,4% del territorio nacional con cobertura forestal ayudó a Costa Rica a “contener” parte del impacto devastador del huracán Otto.

“El bosque funciona como una esponja, absorbe muchos de los efectos derivados de los eventos hidrometeorológicos y geológicos”, comentó Christian Herrera, investigador del Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza (Catie).

Por su parte, León espera que con esta enseñanza “ojalá la gente empiece a valorar esos servicios ecosistémicos que brindan las áreas abocadas a la conservación”, en tanto Coto señaló que el país requiere invertir más en las áreas silvestres protegidas, pero también fuera de ellas, con tal de robustecer el “sistema inmunológico” del territorio tico.

Aumentar defensas

¿Cómo fortalecer esas defensas? Para León, la respuesta debe salir de una gestión que promueva un enfoque de conectividad del paisaje, así como un ordenamiento a partir de las cuencas.

Aunque ya se tiene una cobertura forestal de 52,4%, la meta del país es alcanzar el 60% y, para lograrlo, el Ministerio de Ambiente y Energía (Minae), junto al Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), estarían favoreciendo acciones de reforestación en fincas y poblados fuera de las áreas silvestres protegidas.

Entre las medidas que promoverá dicha estrategia figuran los sistemas agroforestales, los cuales combinan las actividades de cultivo y ganadería, con árboles.

“La responsabilidad no solo está del lado del Estado, lo ideal sería que también haya un compromiso por parte de las personas para conservar; no solo para mitigar amenazas, sino para que se beneficien de los servicios ecosistémicos”, subrayó Herrera.

Para León, también es necesario recuperar las áreas a las orillas de los ríos, sobre todo en las partes más altas de las cuencas.

En cuanto a las áreas silvestres protegidas, Herrera advirtió que no se debe perder de vista la integridad ecológica de parques, refugios y reservas, entendida como el estado de salud de los ecosistemas.

No solo se necesitan bosques que sean amplios, sino que estos deben estar conectados unos con otros y deben ser diversos.

En el 2007, la propuesta de ordenamiento territorial para la conservación de la biodiversidad –más conocida como el proyecto Gruas II – identificó cuáles ecosistemas nacionales no estaban representados dentro del esquema de conservación que posee el país. Y, 10 años después, se mantienen los pendientes.

Entre más robusto sea un bosque, más fuerza tendrá para lidiar con tormentas, huracanes, sequías e inundaciones.

Lo mismo aplica para el resto de los ecosistemas que tenemos en Costa Rica, como los manglares, arrecifes coralinos y los humedales, entre otros.