La vida de Andrea Siliézar ha estado tejida desde siempre con hilos de amor hacia los animales. Desde niña, su mundo giraba en torno a ellos: pequeños compañeros de juegos, de ternura, de silencios compartidos. Soñaba con ser veterinaria, pero el destino la llevó por otros caminos. Aun así, nunca renunció a su más profundo anhelo: ayudar a los animales, aunque fuera desde otra trinchera.
Ingresó a la Universidad Nacional de Costa Rica (UNA) para estudiar Artes y en ese espacio, la creatividad que dormía en su interior despertó con fuerza. El arte le abrió un nuevo universo donde podía transformar la sensibilidad en forma y propósito.
Fue en 2003 cuando la vida le presentó a Pompoyo. Una perrita dentro de una caja apareció frente a su casa: no podía caminar, solo se arrastraba. Andrea la acogió sin dudar, le dio un nombre, un hogar y un lugar en su corazón.

“A partir de ahí empecé a buscar quién le pudiera hacer una silla de ruedas y no encontré (...) Las que había eran muy costosas. Yo tenía un primo no vidente que me motivaba a hacerle la silla y en la universidad nos pidieron presentar un proyecto y yo presenté la silla”, explicó Siliézar, de 36 años.
Así, lo que nació como una idea se convirtió en un milagro tangible: una silla que devolvió a Pompoyo la posibilidad de moverse, de jugar, de vivir sin dolor. Ya no habría más patitas heridas por arrastrarse, solo pasos valientes impulsados por amor y creatividad.
Cuando Andrea la sacaba a pasear, la gente se detenía, curiosa y conmovida, para preguntarle dónde había conseguido aquella silla. Ella, movida por su espíritu generoso, empezó a ofrecer su ayuda; pronto se dio cuenta de que no era un caso aislado: había muchas familias que compartían ese mismo desafío.
Su tiempo comenzó a llenarse de solicitudes, y entonces decidió dar un paso más grande. Hace 15 años formalizó su labor, ideó nuevas piezas para perros y gatos, y así nació Animaladas con ruedas.

“Quería que fuera algo accesible, porque traerlas de Estados Unidos es excesivamente caro, en aquel momento eran como ¢250.000. Conforme hice más sillas fui aprendiendo y afinando la técnica”, comentó Siliézar.
Emprendimiento
El amor también entró en escena. José Montero, su pareja y compañero en el arte, fue clave para transformar su talento en un proyecto sólido. Se conocieron una tarde lluviosa, cuando Andrea llevaba un gatito en una jaula para esterilizar en su universidad.
“Llegó a taparme con una sombrilla, porque yo o llevaba la jaula o la sombrilla, y ahí dije: ‘Me enamoré’”, contó entre risas.
José no solo la enamoró: la inspiró a oficializar su emprendimiento, registrar la marca y poner en orden su sueño. “Él me ha dado la guía, me ha como empujado a hacer cosas que tenía miedo, como formalizar la marca. Ha creído en la habilidad que tengo, en lo que hago”, confesó Andrea, “mamá” de seis mascotas entre perros y gatos.
El camino no fue fácil. Le faltaban materiales, herramientas y un taller adecuado. Pero su determinación fue más fuerte. En 2015 presentó su proyecto al Instituto Nacional de la Mujer (Inamu), que le otorgó las herramientas necesarias para trabajar. Con esfuerzo y fe, su taller comenzó a tomar forma, como sus creaciones: desde pequeñas piezas ligeras hasta complejas estructuras móviles.
Con el tiempo, Andrea se graduó como licenciada en Arte y Comunicación Visual. Su trabajo evolucionó entre experimentos, errores y descubrimientos. Aprendió a doblar tubos, a improvisar piezas y a inventar soluciones donde otros veían limitaciones.
Incluso cuando las ruedas escasean o no consigue el tamaño adecuado, busca alternativas, pero nada la detiene.
Su taller, ubicado en la casa de su madre en Guadalupe de Goicoechea, San José, se transformó en un santuario de esperanza. Ahí fabrica sillas de ruedas, arneses para perros grandes y aros para animales no videntes que los ayudan a orientarse.
Recientemente, junto a José, tomó un curso de impresión 3D y comenzaron a crear prótesis, uniones y “ruedas locas” para las sillas de ruedas, que se adaptan y devuelven el movimiento a los que lo necesiten.

Resiliencia
Montero lo resume con una observación sencilla pero poderosa: “No es igual comprar por internet que tener las medidas, probarlo, si no sirve arreglar y probar hasta que la silla funcione”.
Consultada sobre el mayor aprendizaje desde que inició Animaladas con ruedas, Andrea respondió: “Los animales tienen una resiliencia increíble. No se echan a morir si les cortan una pata, si no pueden moverse de atrás, ellos se arrastran, no les importa romperse todo, ellos no se dejan vencer”.
Esa fuerza la inspira cada día. Como cuando conoció a Rompope, un perrito de ocho años sin movilidad. Junto con su dueña, acordaron una “custodia compartida”. Andrea lo llevó al veterinario, lo ayudó a sanar y le fabricó una silla. Hoy, Rompope alterna sus días entre ambos hogares y su historia camina sobre ruedas.
“A quienes tienen una mascota con discapacidad les diría que es cuestión de aprender”, afirma Andrea. “A uno nunca lo preparan para tener animales discapacitados, pero yo les puedo dar consejos”, agrega.
Su trabajo está lleno de lágrimas, pero no todas son de tristeza. Son lágrimas que primero duelen, cuando un dueño ve a su mascota arrastrarse, y luego sanan, cuando la ve volver a caminar.
“Si se tiene un animal discapacitado es importante saber si no siente dolor, porque cuando sienten dolor es cuando los veterinarios suelen recomendar la eutanasia, pero si no, no tienen por qué pensar en eso”, aconseja con serenidad.
Según la emprendedora, la rutina y el cuidado son vitales: mantener a las mascotas limpias, ayudarles con sus necesidades y llevar siempre un bolso con medicinas, pañales, comida especial y cobijas.
Andrea sueña con ampliar su proyecto, no para producir en masa, sino para seguir trabajando caso por caso, con el corazón y la comprensión que solo quien ama de verdad puede ofrecer. Sus sillas, hechas a medida y con dedicación, tardan entre una y dos semanas en completarse, y sus precios oscilan entre ¢55.000 y ¢130.000. Los encargos son concretados mediante WhatsApp al número 8695-1026.
Detrás de cada una, hay una historia de esperanza sobre ruedas y una segunda oportunidad disfrazada de metal y ternura.
