
Pietro aprendió a resolver antes de aprender a producir. Mucho antes de ser una de las figuras más influyentes del sonido urbano costarricense, DJ P entendió que la vida no daba margen para quedarse quieto y lo supo de la mano de su hermano mayor: Toledo.
En casa de los Wolbrom Prescod siempre hubo música, pero también carencias, incertidumbre y una necesidad constante de inventarse el camino, uno que los hermanos han labrado a punta de trabajo incansable, de ideas locas puestas en marcha y de aciertos y desaciertos; pero siempre con la convicción de que lo que sale, sea lo que sea, funciona como aprendizaje para lo que sigue.
De madre barbadense y padre inglés; en un lado de la casa un joven Pietro disfrutaba de la soca y el reggae, mientras que del otro apreciaba a David Bowie, Bob Dylan y Frank Sinatra. A eso se sumaba el R&B que escuchaba la hermana mayor y el Hip-Hop que Toledo comenzaba a consumir.
“Yo aprendí de todo y eso se refleja en mis producciones, es una combinación de géneros. Es como una olla de carne, todos los ingredientes en uno solo”, explicó P sobre su música. Esa mezcla, justamente, es la que se terminó convirtiendo en su sello personal.
Por ese motivo es que, hoy por hoy, hablar de DJ P es referirse a uno de los arquitectos silenciosos de la escena urbana tica. Es productor, ingeniero, director audiovisual, DJ, rapero, editor, estratega, creativo y hasta consejero artístico. Su nombre no siempre aparece al frente del escenario, pero está profundamente incrustado en el sonido de una generación entera.
Detrás de muchas de las canciones, videos, conciertos y movimientos más importantes del Hip-Hop costarricense está su nombre. Incluso, al lado del de Toledo, pues no habría uno sin el otro, tanto en la dimensión personal como profesional. Gracias a sus talentos, ambos son una mancuerna que funciona a la perfección, pero también por la forma en que la vida los forjó.
Su carrera comenzó como la vida misma: aprendiendo, cometiendo errores y descubriendo cómo funcionaban las cosas. “En mi familia yo era como el nerdillo”, recordó DJ P entre risas.
“No leo manuales, nada más empiezo y ahí averiguo”, agregó. Esa habilidad de comprensión, análisis y manos a la obra fue lo que lo llevó, poco a poco, a travesear consolas y computadoras.
P, al igual que su hermano, comenzó cantando, era rapero, pero la vida lo fue llevando poco a poco a lo que es hoy: un todólogo.
Cuando la carrera de Toledo ya estaba afianzada, el creador de El sarpe tuvo una idea (una de las muchas que se le han ocurrido). En aquellos tiempos, el panorama musical del país estaba muy lejos de lo que es hoy y tenía que pagar a estudios de grabación para hacer su música. Entonces, Toledo pensó en armar un estudio propio para manejar todo: tiempos, grabaciones, calidad y producto final, siendo P, con sus habilidades técnicas, la persona ideal para acompañarlo en su locura.
No había tutoriales de YouTube ni cursos accesibles. Las plataformas digitales no le enseñaban a la gente cómo producir desde la casa. Los home studios apenas daban sus primeros pasos y entre ellos estaba naciendo Ruff & Tuff.
Con un préstamo que les hizo su mamá construyeron un cuarto en la casa de Toledo. Aislaron el sonido, levantaron cabina y empezaron a trabajar desde cero.
“Las primeras grabaciones sonaban fatal”, admitió con pena. “Era prueba y error. Practicábamos con la gente que estaba pagando. Esa es la verdad”, reconoció.
Mientras muchos se quedaron en las ideas, ellos las ejecutaron, y si hay algo que DJ P y Toledo tienen en común, es que creen en ellos mismos. Esa actitud los ha llevado a romper paradigmas y a vencer a la vida.
De armas tomar, nunca mejor aplicada esta frase para P y su hermano. Estas palabras resumen buena parte de su carrera y también explican por qué ambos terminaron convirtiéndose en personajes clave de la industria local. Mientras otros esperaban estructuras, permisos o condiciones ideales, él y Toledo simplemente aprendían sobre la marcha. Así nació no solo el estudio, sino todo un ecosistema creativo alrededor de Ruff & Tuff.
Con su visión, DJ P entendió la producción como algo mucho más complejo que solo hacer beats. “Hay gente que hace pistas y dice que es productor. Para mí eso es un beatmaker. El productor está metido en la sesión, dando ideas, construyendo la canción con el artista”, manifestó. Y eso, justamente, es lo que ha hecho durante muchos años: construir.
Ruff & Tuff se convirtió en un refugio creativo para músicos que necesitaban guía y dirección, alguien que creyera en ellos. “Buscaba artistas originales, nunca me interesó trabajar con copias”, expresó DJ P de forma tajante. Por eso, quienes han pasado por sus manos de productor, suelen ser artistas distintos en géneros y estilos, pero conectados por la misma sensación de autenticidad.
Crypy, Cehzar, RVS, Mike Joseph, Kurly Angel, Block Stylez Klan y, por supuesto, Toledo, son prueba de ello.
La música como la receta de un platillo exquisito
Una de las pasiones de DJ P es cocinar. El proceso para preparar un delicioso platillo y con ello mostrar cariño para con los suyos, es el mismo que usa para cocer canciones.

“Tengo un montón de ingredientes. ¿Qué tipo de comida quiere probar? Si quiero hacer una loquera, agarro un poco de caribeño, algo asiático, algo mexicano y veo cómo funciona todo junto”, dijo.
La metáfora no es casual. Cocinar y producir tiene que ver con intuición, balance y sensibilidad. Todo junto es lo que precisamente le ha permitido moldear proyectos enteros, no solo en sonido, sino también en audiovisual, estética, concepto y espectáculos en vivo.
Sí, audiovisuales también, porque cuando se cansó de depender de productores incumplidos e irresponsables, decidió aprender a grabar videos, dirigirlos y editarlos.
Compró cámaras. Aprendió edición. Se fue a China buscando equipo y terminó regresando con todo para ese negocio y hasta uno de ropa que no estaba en los planes. Desde entonces ha realizado cientos de videoclips, documentales, podcasts y piezas audiovisuales.
“Nadie me enseñó. Aprendí como yo podía”, comentó DJ P.
Tal vez por ser autodidacta es que sus producciones tienen un sello tan reconocible, porque vienen de la lógica intuitiva. “Marco Castro (reconocido productor costarricense) veía mis sesiones y decía que no entendía cómo yo estaba haciendo las cosas”, contó entre risas.
Durante muchos años hubo experimentación, trabajo extremo, compromiso; pero también llegó el agotamiento. Ruff & Tuff funcionó abierto al público, pero por la inmens presión y la necesidad de que el negocio fuera fructífero, DJ P terminó odiando temporalmente lo que más amaba. “Llegó un momento donde producir dejó de ser producir y se volvió solo grabar”, confesó.
“Mucha gente llegaba sin preparación, sin respeto por el trabajo que hacíamos”, agregó.
Ahí fue donde entendió una de las lecciones más importantes de su carrera: el talento no basta. “La actitud tiene que ser buena. El respeto al arte en todos los sentidos. Entender el negocio”, insistió.
Entender el negocio, pero desde la manera romántica de la música, sino entender cuánto cuesta grabar una canción, hacer un video, mercadería o producir un concierto. Muchos artistas, insistió, quieren cobrar sin entender todo lo que existe detrás de tomar un micrófono.
“Todo tiene un costo. Alguien está pagando por todo: el del venue, el del estudio, el artista, el público... Si usted falla como artista, alguien asume el costo de lo que falla”, aseveró el productor, con la convicción de un niño que vivió carencias y aplica la conciencia económica como parte central de su manera de trabajar.
Los hermanos DJ P y Toledo: respeto, admiración, solidez
Los hermanos Wolbrom no la tuvieron fácil. Hubo momentos donde no había comida. “En la refri había una bolsa de sal nada más. Ahora pienso: ”¿Para qué estaba conectada la refri si no había nada adentro?”, así de fuerte, pero así de aleccionador.

Su mamá emigró a Inglaterra. Su papá atravesaba problemas de drogas. La comunicación era mínima. Había días buenos y días muy malos. Entonces solo quedaron ellos: Pietro y Toledo. “Nos dimos cuenta desde muy pequeños de que no podíamos contar con nadie más que con nosotros”, confesó P.
No hay uno sin el otro, así de simple y de complejo a la vez. La gloria de uno es el orgullo del otro y viceversa. Hay admiración y respeto; a esto se le suman las ganas de trabajar y el empoderamiento de dos artistas que no se dejan de nada ni de nadie.
La supervivencia se transformó en una ética de trabajo feroz, en disciplina obsesiva y en una necesidad permanente de construir algo estable. “Por eso damos tanto. En la música no hay pensión, hay que construir el futuro”, reflexionó el artista.
Lo que han construido no habría sido posible de forma individual. La vida los hizo hermanos, la música socios y labradores.
“Todo lo que hemos hecho ha sido juntos. Eso es lealtad”, sentenció P.
DJ P, una identidad en expansión
En lo musical, DJ P no se queda detrás en las mezclas de los conciertos, en los coros o en el estudio produciendo (aunque aclara que ya no está abierto al público, ahora trabaja con los artistas que elige). P construyó una identidad y sigue expandiéndola.
Recientemente lanzó Weed, un EP conceptual donde mezcla rap, texturas experimentales e inteligencia artificial aplicada al sonido. El proyecto refleja su obsesión constante por probar herramientas nuevas.
“La inteligencia artificial para mí es una herramienta más. No estoy dejando que haga todo, pero sí me ayuda en ciertas cosas sonoras”, explicó. Mientras algunos rechazan el avance tecnológico, él, el nerdillo, lo abraza como parte natural de la evolución creativa.
En medio de las nuevas herramientas, algoritmos y plataformas, la esencia de P sigue siendo la misma: crear desde la emoción. “Busco que la música le haga sentir algo a alguien, no solo que suene bien”, sentenció.
Esa búsqueda emocional es probablemente la razón por la que DJ P se ha mantenido vigente, porque más allá del hype, las modas o los números, su trabajo siempre ha estado conectado con lo humano: la memoria del niño, la identidad del artista, la calle del Hip-Hop, la fiesta de lo urbano, la supervivencia. Ese es el soundtrack de su vida.
