Jorge Arturo Mora. 8 noviembre, 2018
Este fin de semana se presenta este montaje de gran formato. Foto: cortesía Ballet Nacional de Costa Rica.

El lago de los cisnes es una obra que parece haber sido creada para perpetrarse como un recuerdo permanente. Los sutiles violines que introducen la primera escena son inolvidables para quien los escucha –ojalá desde la sonrojada mirada de la infancia– así como para la misma historia de la humanidad.

De la misma manera en que nadie olvida el tema principal de este referente del ballet clásico, el mundo parece no querer olvidar la centenaria tradición que arroja la sufrida y potente danza que comenzó a ser imaginada por el ya tan lejano 1877, cuando fue representada por primera vez en el Teatro Bolshói de Moscú.

Es difícil creer que para aquel momento este cuento de hadas fue visto sin la mínima admiración, pues parecía estrenarse con una condena preconcebida a ser olvidada. Las profecías de que El lago de los cisnes sería omitida del imaginario colectivo ahora no son más que una anécdota casi hilarante –en buena hora– y en pleno 2018 las revisiones de la danza y la frescura de la obra musicalizada por Piotr Ilich Chaikovski está presente.

Sobre la manera de asumir este gran clásico le corresponde hablar a la Compañía Profesional de Ballet Clásico del país, quien está detrás de la producción del montaje que tiene esta obra para el próximo fin de semana, y que es su primer gran espectáculo desde su fundación en abril.

Con una puesta en escena de gran formato, el Teatro Nacional será la tierra encantada para reinterpretar esta fantasía tan hermosa en movimientos, tan dolorosa en su historia y tan hipnótica en su todo.

El bien y el mal van a duelo
Este cuento de hadas se ha mantenido vigente durante dos siglos. Foto: Rafael Pacheco

Aunque desde el siglo pasado se han creado finales alternativos y distintas adaptaciones, para el montaje de este fin de semana la puesta en escena es bastante fiel a la historia más conocida del ballet.

El montaje parte desde el cumpleaños del príncipe Sigfrido, evento en el que su madre le obliga a elegir a una de las invitadas a la fiesta como su futura esposa. El príncipe, quien lleva una vida relajada, siente que no puede tomar la decisión porque no se encuentra enamorado.

Al saber sobre el desánimo de su amigo, el bufón le sugiere al príncipe salir a una partida de caza en las afueras, lo cual detona el encuentro del príncipe con una fila de cisnes. En el lago, mira a la hermosa Odette, una joven que parece ser cisne y mujer al mismo tiempo. Ella es parte de un maleficio lanzado por el mago Von Rothbart que el príncipe tratará de revertir.

“Por eso se llama clásico, porque se ha mantenido a través del tiempo. Es la obra cumbre del ballet clásico mundial y encierra unos valores estéticos y técnicos enormes. Ese componente del bien y el mal es un legado dancístico y cultural y su valor perdurará por los años”, reflexiona Annia Rosales, codirectora del montaje.

Esta puesta en escena viene firmada a cuatro manos. Además de Rosales, Pedro Martín Boza también ha sido el director artístico de la obra.

“Hay muchas visiones sobre esta obra. Hay gente que cree que el cisne negro, el que muestra el lado oscuro del mundo y es la contraparte de Odette, no existe. Eso es interesante. Yo creo que ella fue hechizada y que a partir de ese maleficio se nos dicen cosas sobre la humanidad, sobre el engaño, y eso se aprovecha mucho para sacarle provecho al cuerpo de baile”, señala el director.

Pedro Boza durante uno de los ensayos. Foto: Rafael Pacheco

Ambos directores afirman que los cambios que se presentan para este montaje parten únicamente por motivos de tiempo. Originalmente, El lago de los cisnes es una obra en cuatro actos; para las funciones del fin de semana se comprimieron los eventos para que el montaje solo tenga un intermedio.

“Este esfuerzo por el montaje le da a uno una exigencia tan grande que quita el sueño. Hay un gran cansancio porque es un montaje muy ambicioso. A veces hasta me aparece la obra en los sueños porque estoy intentando construir mis escenas en la mente todo el día por todas las complejidades que implica”, afirma Boza.

“Hay que saber aprovechar a los bailarines porque esta es una obra muy histriónica. Los personajes tienen muchos matices y por dicha tenemos un elenco que se ha comportado para el nivel de exigencia que tenemos”, agrega Rosales.

Estas presentaciones están acuerpadas por 80 bailarines de la Compañía de Ballet Clásico, además de algunos bailarines de distintas escuelas de ballet del país que realizaron audiciones. También, se encuentran bailarines internacionales de compañías como Sarasota Cuban Ballet School and Company y la Escuela Nacional de Ballet de Cuba.

Una de las invitadas más destacadas para la puesta en escena es Victoria Arrea, bailarina costarricense del Washington Ballet que debutará en un rol protagónico en el país con El lago de los cisnes. Además de Arrea, el personaje principal será también interpretado por Gabriela Druyet Vidal y Fabiana Pérez Méndez.

Plumaje exigente
Victoria Arrea, de 21 años, protagoniza el ballet, con la mítica interpretación del cisne blanco y cisne negro. Ella forma parte de la Compañía del Washington Ballet. Foto: Rafael Pacheco

Victoria Arrea es un caso particular por peso propio. Comenzó bailando jazz, llegó a Estados Unidos con 14 años y ahora, con tan solo 21, es bailarina profesional del Washington Ballet y regresa a su país natal para estrenarse con un clásico.

El fin de semana anterior, Arrea se presentó con la compañía estadounidense con la obra Contemporary masters. Inmediatamente, arribó al país junto a Gian Carlo Pérez, compañero en Washington, quien también es parte del montaje de El lago de los cisnes.

“Me he estado sintiendo muy emocionada. Gian Carlo y yo hemos ensayado bastante con los profesores de allá. Es curioso porque vengo de bailar una coreografía moderna, donde bailaba hasta descalza, y ahora es todo lo contrario con esta obra clásica. Ha sido muy lindo y también retador porque hemos sacado tiempo hasta de nuestros almuerzos en Washington para tener a los personajes de la mejor manera”, precisa la bailarina.

Esta es la primera ocasión en que la bailarina forma parte de El lago de los cisnes. Su interpretación, que explora a Odette y Odile en una contraposición extrema de emociones, siempre ha sido perseguido por intrigas sobre cómo asumir un rol de contrastes.

“Los dos personajes son súper diferentes. En mi caso, me enfoqué más en el blanco porque es superlento, superromántico, más largo y es muy difícil para mí porque yo soy más de rapidez”, dice entre risas Arrea. “Para mí el cisne blanco es más retador porque hay que llenar los espacios de silencio. Gian Carlo sí tenía experiencia previa y me ayudó mucho con el cisne negro, así que fue una oportunidad muy linda”.

Arrea y Pérez debieron extender sus horarios en el Washington Ballet para llegar a Costa Rica con los personajes listos. La bailarina confiesa que “tal vez ha sido complicado, pero la emoción por concretar un personaje así gana”.

“Siento que El lago de los cisnes tiene todo lo que a la gente le gusta. Está el cisne blanco que al principio es tímida y es amoroso. El príncipe la ama y luego pasamos a la sorpresa con la tragedia. Creo que a todos nos encanta ese drama. A mí me encanta por toda esa historia, porque la coreografía es tan dinámica y va perfecta con la música. Para mí todo en esta obra es demasiado lindo”, finaliza.

La hora de los cisnes
Parte del elenco del espectáculo posa durante uno de los ensayos. Foto: Rafael Pacheco

El espectáculo se presentará del 9 al 11 de noviembre en el Teatro Nacional. El viernes y sábado la función será a las 8 p. m. y el domingo habrá doble función: a las 11 a. m. y a las 5 p. m. Las entradas se pueden adquirir en eticket.cr y los precios van desde los ¢18.000 hasta los ¢45.000, según la localidad. También se pueden conseguir llamando al 2295-9400.