Las esferas de piedra precolombinas son perfectamente redondas y sólidas, pero no tienen vida eterna. Cientos de años a la intemperie, sometidas a condiciones climáticas adversas y a la acción irresponsable de los seres humanos (como deforestación o quemas), han ido enfermando a estas “ancianas de piedra” fabricadas por nuestros antepasados de los actuales borucas entre 400 d. C. y 1.500 d. C.
El restaurador y conservador italiano Emiliano Antonelli está de visita en Costa Rica para realizar un diagnóstico del estado de salud de las esferas de piedra como un complemento al trabajo de conservación que realiza desde hace 10 años el Museo Nacional.
Esta evaluación resulta indispensable para el expediente que está elaborando Costa Rica para postular las esferas como parte de la lista de patrimonio mundial de la Unesco.
“El señor Antonelli presentará a los expertos del Museo Nacional un informe con un análisis de la situación y sus recomendaciones. El documento será analizado para definir una estrategia de conservación de estas piezas” , declaró el director del Museo Nacional, Christian Kandler.
Tanto Antonelli como la restauradora Ana Eduarte coinciden en que los principales enemigos de las esferas son de origen ambiental biológico y humano.
Uno de los principales daños que presentan es la exfoliación; es decir, que su “piel” de piedra se va desprendiendo en capas como si fuera una cebolla. La apariencia de una esfera que ha sufrido exfoliación es como si fuera de piel “escarapelada”. Además, se deforma y pierde su apariencia esférica.
“Las esferas están sometidas a contrastes bruscos de temperatura. Hemos hecho mediciones y al mediodía la superficie de la piedra puede alcanzar temperaturas de hasta 50 °C, mientras que en las noches pueden bajar hasta 15 °C. Esto produce fisuras, reventaduras y desprendimientos”, dijo Eduarte.
La alta concentración de humedad es otro de los principales enemigos de las esferas. “Los fuertes y constantes aguaceros que reciben directamente, así como la humedad que se acumula en el suelo como producto de la anegación, genera condiciones óptimas para que se desarrollen pequeños ecosistemas en su superficie o debajo”, agregó.
De este modo, explicó Eduarte, colonias de hongos, líquenes y bacterias empiezan a formar lo que se conoce como biopelícula que, a simple vista, es una costra negra o rojiza, o bien manchas blancas que cubren las esferas.
Según advirtió Antonelli, esa biopelícula atenta contra las características estéticas de la esfera pues oculta detalles de sus texturas, de su fabricación e incluso los signos inscritos en piedra.
El biodeterioro (daños provocados por agentes naturales) también ocurre cuando microorganismos como hormigas aprovechan las fisuras para entrar a la esfera y establecerse allí. “Los excrementos y otros desechos metabólicos de estos insectos producen una reacción química con los minerales de la roca y se van fragmentando”.
Tras cientos de años de recibir gran cantidad de lluvia y viento, las esferas se ven afectadas por la erosión, que desgasta su superficie.
Por su parte, Eduarte dijo que la práctica de provocar incendios forestales para limpiar el terreno es un factor altamente destructivo. “Al exponer las esferas a temperaturas muy altas en corto tiempo se produjeron rupturas y desgaste”.
Además, durante las faenas de remoción del terreno y excavación, muchas esferas fueron rayadas e incluso quebradas.
Antonelli determinó que de 34 esferas ocho están en estado grave y requieren intervención urgente, 22 se hallan en estado regular y solo cuatro en buen estado.