Revista Dominical

‘Perseguido’ por el covid-19: testimonio de tico recién llegado de Colombia en vuelo humanitario

El nuevo coronavirus tomó por asalto al planeta entero, pero el caso del costarricense Carlos Arrieta Sácida fue particular porque justo se instalaba en su nuevo trabajo en Bogotá, cuando la pandemia se asentaba no solo allá, sino también aquí. ¿Quedarse o regresar, en medio de todos los riesgos actuales de viajar?

Aunque ya para febrero la amenaza del virus que había nacido en China parecía ser una realidad inminente, era difícil para cualquiera de este lado del mundo imaginarse lo que se venía... y su rapidez.

Como millones de personas, el experto en investigación de mercados, Carlos Arrieta Sácida, continuó con su vida y con sus planes, pues con el asunto del covid-19 nada estaba escrito en piedra y todos transitábamos alertas a las noticias que ubicaban el pronto arribo del nuevo coronavirus a estas tierras, pero hasta ahí.

Como es sabido, es apenas hasta el día de hoy que hay algunas sombrías certezas pero seguimos navegando en el vasto océano de prueba y error... esto dicho entrados en julio, pero en febrero aún permanecíamos esperanzados en medio de la creciente incertidumbre.

Carlos Arrieta, quien trabaja como gerente de investigación de mercados de Coca Cola para Latincentro, estaba ya habituado a ir y venir de Bogotá, hasta que la compañía le planteó, a principios de este año, la posibilidad de establecer su domicilio en la capital colombiana.

Para Carlos la decisión no supuso ningún drama, pues a estas alturas está muy vinculado con el país suramericano y en el mundo globalizado (al menos, el que conocíamos hasta entonces), ir y venir desde su nueva trinchera de trabajo, hasta aquí o casi cualquier lugar del planeta, era posible en cualquier momento.

Sus 40 años de edad se acoplaron perfectamente con el cambio de rutina; con ayuda de dos amigos bogotanos rápidamente eligió un apartamento con mobiliario y decoración a su gusto y el viernes 28 de febrero viajó a Bogotá, aprovechó el fin de semana para ambientarse en su nueva casa e ingresó a cumplir labores en su nueva oficina el lunes 2 de marzo.

En lo que podría considerarse una coincidencia macabra para Carlos, exactamente cuatro días después, el viernes 6 de marzo, se reportaba tanto en Colombia como en Costa Rica el primer caso oficial de un paciente con covid-19.

Como bien lo sabemos todos, acá y allá, en medio de la incertidumbre y el jaleo tremendo tras la noticia, las autoridades de salud de ambos países actuaron con celeridad y en cuestión de horas, el teletrabajo sustituyó el trabajo presencial --en los casos que esto era y es viable al día de hoy-- y para Carlos y su patrono, Coca Cola, no se anduvieron con tintas medias: desde el momento en que enviaron a todo su personal de oficina a realizar teletrabajo, les anunciaron que la medida se sostendría en principio hasta fin de año.

“Aunque el primer caso oficial fue el 6 de marzo y fue cuando empezó el asunto heavy con las medidas restrictivas y demás, empezó a filtrarse en las noticias que en realidad ya en febrero se habían detectado posibles casos. Desde que empezó todo el jaleo nos enviaron a trabajar desde las casas en forma indefinida, con posible regreso hasta el otro año... sí tengo que decir que en medio de todo este dilema la compañía nos ha tratado muy bien, con acompañamiento, salario completo y toda esa parte muy bien, pero me tocó entonces vivir las dos realidades paralelas. Yo veía que la cosa se estaba complicando en ambos países; la logística que me implicó trabajar virtual; cómo resolver asuntos como ver dónde pedía el almuerzo; ver a compañeros y amigos buscando soluciones a lo de los hijos pequeños, ya no en la escuela sino en la casa... mientras lidiaba con esos temas cotidianos veía cómo el asunto empeoraba con celeridad en el planeta, y mucho en Colombia”, narra Carlos en una entrevista telefónica este jueves 2 de julio, un día después de haber regresado a Costa Rica en un vuelo humanitario.

“Fueron decisiones muy difíciles, como todo el escenario del covid-19 cambiaba o evolucionaba casi a diario en los dos países y en el resto del mundo, y obvio también por el trabajo, las primeras semanas consideré quedarme allá. En buena parte también porque tanto en Costa Rica como en Colombia aplicaron la cuarentena casi al mismo tiempo, y yo veía que allá al día siguiente del mandato oficial todo el mundo obedeció... me daba un poco de contrariedad ver lo que le costaba al gobierno aquí que la gente hiciera caso, allá no hubo tema de discusión, hacían caso o hacían caso, al menos en ese momento, ya luego se empezó a complicar el asunto día con día y no se puede perder de vista que estamos hablando de una población de unos 50 millones de personas allá, y unos cinco aquí.

Aún así pasaba en una permanente disyuntiva ¿me quedo en Bogotá? ¿Y si todo empeora? ¿Y si luego no tengo cómo irme para Costa Rica? ¿Y el trabajo? ... todo ese proceso dubitativo fue muy fuerte, yo sé que estaba con todas las comodidades y trabajo, pero todo iba escalando poco a poco y la incertidumbre y las dudas para tomar una decisión me tenían en un abismo emocional, sin contar, lógicamente, con que el tiempo apremiaba porque ya se habían cerrado los vuelos comerciales y ¿cómo saber si en cualquier momento se cerraban las posibles opciones?”.

Aunque esta invasión del covid-19 nos parece un rudo pero corto espejismo, lo cierto es que Carlos estuvo casi cuatro desgastantes meses en esos devaneos. Encerradísimo en su apartamento en “la Nevera” (como le llaman a Bogotá por sus frías temperaturas), se resolvía la vida digitalmente para todo, mediante apps como Rapi, que le llevaban lo que fuera a su apartamento, e igual con las de servicios de comida express.

Pero, de nuevo, en una analogía con lo que nos pasa a muchos en Costa Rica y en el resto del mundo, con el avance del nuevo coronavirus y las arremetidas en Colombia, llegó el momento en que tomó una decisión liberadora: “El panorama está complicadísimo en los dos países, pero si tengo que vivirlo y sufrirlo, y lo que sea que pase, prefiero hacerlo en mi país”.

Tal cual está ocurriendo aquí, en Colombia hubo barrios populosos que se convirtieron en disparaderos de contagios, en gran parte por la economía informal de familias de bajos recursos que no pudieron “quedarse en casa” y debían salir a buscarse el sustento, un calco de lo que ocurre en casi todo el planeta.

Como era de esperarse, los días y las semanas empezaron a transcurrir entre dudas para el costarricense. Al principio, cuenta, todos los días veía noticias, hasta que llegó un momento en que dejó de hacerlo porque, según dijo, empezó a sentirse totalmente saturado.

Fue entonces cuando a mediados de junio, tomó la decisión. “Se la comuniqué a la empresa, que me dio el aval para seguir trabajando desde aquí y de inmediato me comuniqué con el consulado tico allá... en ese sentido tuve una gran suerte, porque en tres días me incluyeron en un vuelo humanitario que traía a varios centroamericanos a sus países, saliendo el 1 de julio. Hasta el monto del tiquete me favoreció, me costó $360 y a una amiga que había salido una semana antes le salió en $800″, relata Carlos.

En realidad, en medio de toda la carrera, la prioridad de Arrieta era lograr el permiso de salida de Bruno, un pequeño perro samoyedo que había adoptado en Bogotá con el fin de que se convirtiera en lo que llama su “terapia en cuarentena”, aunque ya estaba presupuestado en sus planes futuros en vista de que él es un gran amante de los canes, incluso tiene tres aquí en Costa Rica, los que habían quedado a buen resguardo, a cargo de un amigo.

“Sacar los papeles de Bruno fue un proceso tenso, había que sacar una certificación del veterinario que garantizaba que el perro estuviera en buenas condiciones, el hecho de que estuviera pequeñito todavía facilitó el trámite con la aerolínea, hasta una evaluación psiquiátrica me hicieron en medio de la cuarentena, pero al final todo salió bien y me autorizaron traerlo conmigo... no sé qué habría pasado si me hubieran dicho que no. Bruno se convirtió no solo en mi compañero de viaje, sino en mi acompañamiento emocional porque viera qué difícil pasar por un aeropuerto en estos tiempos, es un escenario totalmente apocalíptico, por más que uno sabe lo que está pasando, pasar por un aeropuerto ahorita... es como si hubiera pasado una guerra nuclear... el protocolo incluye que el carro que lo trae a uno lo deja como a 100 metros, no puede ingresar al área aeropuertaria, entonces yo con las maletas y el perro, a pie... esto no son quejas, lo cuento para explicar que en medio de tantísimos cambios en todas las rutinas, la de viajar es completamente diferente y aunque uno ya sabe, otra cosa es vivirlo”, reflexiona Carlos.

Por supuesto él cumplió con todos los requisitos consabidos en cuanto a la mascarilla y demás controles. “Hay un estricto protocolo de lavado de manos, full alcohol en gel, una exhaustiva revisión del pasaporte, te toman la temperatura de forma electrónica cuando ingresás al aeropuerto, todos los funcionarios están con trajes de seguridad, cubiertos de pies a cabeza... por supuesto que así debe ser pero ya verlo in situ hace que uno caiga en cuenta de cómo el mundo realmente es otro.

“En los aeropuertos siempre se da aquel ambiente, ni qué decir de la tripulación, igual, totalmente cubiertos, siempre solícitos pero de una forma diferente, abogando ya no solo por la seguridad tradicional y las recomendaciones al viajar en avión, sino que ofrecen otra serie de recomendaciones o instrucciones, por ejemplo instan a la gente a que vaya al baño antes del despegue porque los sanitarios quedan disponibles solo para una verdadera emergencia, también advierten que no se servirá ningún tipo de bebida o comida durante el vuelo, insisten en la obligatoriedad del uso de mascarillas y en fin, queda clarísimo que se trata, literalmente, de un vuelo de emergencia”, reflexiona Carlos.

Lo suyo, claro está, no es ni por asumo una queja. “Fue un vuelo de Avianca y les voy a estar agradecidos de por vida, por el trabajo yo estoy muy acostumbrado a viajar, esto lo cuento porque el cambio en el mundo se percibe en todas las áreas y somos pocos los que tenemos la experiencia de volar en estos tiempos tan duros, antes todo era relajado, ahora todos los trámites hacen que sea 10 veces más lento, está el tema del distanciamiento, los mismos protocolos en cada punto de control, siempre andar con mascarilla... a mí me correspondió viajar en un avión grande, un Airbus 320 que traía gente para Costa Rica, El Salvador... y sí, venía lleno, a mí me preocupó un poco porque es imposible guardar las distancias, pero todos los viajeros estaban conscientes, entonces nadie conversa, todo mundo viene ensimismado, no hay dispositivos de entretenimiento, básicamente uno se sienta y espera hasta que llegue a su destino, donde, de nuevo, se viene la seguidilla de protocolos”.

Carlos cuenta a manera de anécdota que, en ese vuelo de regreso, lo único que rompió el hielo durante algunos momentos fue la actitud de Bruno y sus gracejadas, que provocaron miradas de ternura y uno que otro comentario. “Yo tenía terror de que se pusiera incómodo o a ladrar o así, pero no, él va a ser grande, así es su raza, pero como está cachorro es fácil cargarlo, igual me daba miedo que se pusiera a llorar o que incomodara a los otros pasajeros pero fue todo lo contrario, Bruno fue el personaje en ese vuelo, aunque insisto, la gente muy mesurada... todos nos comportamos como autómatas, nadie hablaba, ni siquiera contacto visual, es totalmente otro mundo en comparación con el viajar de antes”.

De los momentos más hermosos que señala, fue el cruzar ya la frontera y empezar a ver el verdor de nuestras montañas. “Uno todo eso lo da por sentado, siempre se siente hermoso cruzar la frontera y empezar a ver la panorámica del país, pero nunca jamás como me pasó en este caso, yo nunca hago fotos porque viajo mucho, pero esta vez sí, es un sentimiento inexplicable, a sabiendas de que aquí se está dando ya una situación difícil con el covid-19, o sea, yo vengo de un país que se complica día a día, y aterrizo en un país que se complica día a día, pero es mi país y eso hace una enorme diferencia”.

A los aproximadamente 50 ticos que venían en el vuelo humanitario, los reunieron en una sala en la que les ofrecieron todas las indicaciones del Ministerio de Salud, les tomaron la temperatura y les entregar un kit de recomendaciones en el que les comunicaban la obligación de permanecer 14 días en estricta cuarentena.

Esta entrevista se realizó 24 horas después de su arribo al país. Apenas salió del Santamaría se ubicó en un apartamento en Rohrmoser (sí, pasó de un epicentro de coronavirus en Bogotá, a un epicentro de coronavirus en Costa Rica, caso de Pavas), pero tras lo vivido Carlos no piensa arriesgarse por nada del mundo.

Y ya para estar más tranquilo y empezar su nueva rutina de vida y laboral en el país, el jueves pasado Carlos se hizo la prueba para descartar el contagio, siempre sin salir de casa, pues pagó el examen por lo privado y se lo hicieron en su domicilio. El resultado fue negativo y entonces, ahora sí, Carlos Arrieta se dispone a retomar su vida y su tranquilidad hasta donde pueda, pendiente de lo que pasa aquí, en su amada Colombia y en el resto del mundo.

Entretanto, se reconecta con sus amigos vía cibernética y aprecia como nunca antes los colores, olores y sensaciones de Tiquicia, como el aire en las noches, el clima del día... “Tanto que he viajado pero esta vez todo fue diferente. Yo venía como un chiquito apenas salí del aeropuerto, viendo todo ¡hasta disfrutando las calles con todo y sus huecos! Lo único que me da una gran tristeza es que como sociedad muchos no acatan y no se dan cuenta de todas las ventajas que tenemos para que no nos pase lo que en otros países, aquí somos apenas cinco millones, Colombia la tiene mucho más complicada por su extensión y porque son como 50 millones, me cuesta mucho entender cuál es la parte que algunos no entienden... de momento estoy enfocado en lo positivo, en disfrutar mi país, la luz del sol, el viento, el gallo pinto, esa nostalgia bonita que me da en las noches de saber que estoy aquí, igual con mi corazón en Bogotá... por ahora lo único que puedo hacer es ser totalmente responsable, respetar las indicaciones del Ministerio de Salud y tener fe en que, como país, logremos atravesar esta crisis de la mejor forma posible”.

Yuri Lorena Jiménez

Yuri Lorena Jiménez

Periodista de la Revista Dominical desde 1992. En setiembre del 2010 asumió como editora de Teleguía. Premio a la Mejor Crónica a nivel latinoamericano otorgado en el 2001 por la Sociedad Interamericana de Prensa.