
“Ganar o perder, pero siempre con democracia”. La frase que popularizó el Corinthians de Sócrates, divulgada en el contexto de la apertura política brasileña en los años ochenta, suele citarse como una excepción dentro del fútbol profesional, un espacio que ha pretendido durante décadas separar el juego de la disputa política.
Esa frontera se vuelve inestable en momentos de crisis internacional, como ocurre hoy con la controversia en torno a la participación de Irán en el Mundial de 2026.
El debate estalló tras la escalada militar entre Irán, Estados Unidos e Israel a finales de febrero de 2026. A partir de entonces, federaciones, comentaristas y actores políticos han cuestionado si la selección iraní debería competir en un torneo organizado en territorio estadounidense, otro de los países directamente involucrados en el conflicto.
La Copa del Mundo se celebrará entre tres países: México, Canadá y Estados Unidos, que previamente ha impuesto restricciones de viaje a más de 75 países, varios de ellos con selecciones participantes del máximo torneo futbolístico.
Pero el caso de Irán es particular, pues la guerra continúa sin que se vislumbre un cierre próximo. Irán debe disputar sus tres partidos de la fase de grupos en Estados Unidos, pero el presidente de la federación de fútbol del país, Mehdi Taj, dijo el miércoles: “Nos prepararemos para el Mundial. Boicotearemos a Estados Unidos, pero no boicotearemos el Mundial”.

Según reportes de Reuters, dirigentes deportivos y figuras públicas han planteado escenarios que van desde la participación bajo condiciones especiales hasta una eventual exclusión, aunque no existe hasta ahora una decisión formal de FIFA.
Dramas previos de FIFA
La situación no es inédita. A lo largo de la historia, el fútbol ha enfrentado presiones similares, desde la guerra del fútbol de 1969 entre Honduras y El Salvador y el aislamiento de Sudáfrica durante el apartheid hasta las tensiones en torno a selecciones de los Balcanes en los años noventa (“El fútbol es la continuación de la política por otros medios”).
En todos esos casos, el organismo ha sostenido un principio de neutralidad, aunque su aplicación ha sido irregular y, en ocasiones, influida por decisiones externas al ámbito deportivo.

Un análisis reciente de The New York Times señala que el precedente más cercano es la exclusión de Rusia de competiciones internacionales tras la invasión de Ucrania, una medida impulsada por federaciones europeas antes que por la FIFA misma.
El Mundial de 2026 se jugará en Estados Unidos, Canadá y México, pero la logística central depende de la política migratoria estadounidense.
The Washington Post recuerda que la emisión de visas para jugadores, cuerpo técnico y aficionados podría convertirse en un punto de fricción, si se mantienen o endurecen las restricciones vinculadas al conflicto.
ICE va a la Copa del Mundo
La discusión también se extiende al significado simbólico del torneo: permitir la participación de Irán reafirma la idea del fútbol como espacio de encuentro global, incluso en escenarios de confrontación. ¿No nos reunimos en público para eso? ¿No han sido los grandes eventos deportivos globales nuestra forma de reconocernos como conjunto?
De cualquier manera, el torneo no puede abstraerse de un contexto en el que existen sanciones económicas, enfrentamientos militares y tensiones diplomáticas abiertas. El Mundial rara vez provoca las confrontaciones, pero ciertamente les sirve de vitrina. Al Mundial vamos a vernos, defectos incluidos.
Sumemos una tensión más: el temor entre comunidades latinas en Estados Unidos ante posibles redadas migratorias durante el Mundial.

Organizaciones civiles y medios como Los Angeles Times y Univision han reportado la seria preocupación por el impacto que operativos de U.S. Immigration and Customs Enforcement (ICE) podrían tener sobre aficionados que planean asistir a partidos o concentrarse en espacios públicos.
Ya algunos políticos tomaron acción al respecto. Este jueves, una congresista de Nueva Jersey, Nellie Pou, presentó un proyecto de ley para impedir redadas migratorias cerca de partidos y eventos del Mundial en Estados Unidos, para reducir el efecto disuasorio de operativos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), de cara al inicio del torneo el 12 de junio.
“Con menos de 90 días para el inicio, el Mundial debería unir al mundo y no dejar a las familias preguntándose si habrá agentes de ICE esperando afuera de los estadios”, dijo Pou.
“Cuando recientemente le pedí directamente al jefe de ICE una garantía simple de que se mantendrían alejados de los partidos, se negó. Eso es inaceptable. Por eso mi legislación traza una línea clara en la cancha: no a las redadas de ICE”, agregó.
Así las cosas, la política definirá parte del rumbo del Mundial, lo quiera la FIFA o no. Si su líder Gianni Infantino pensó que con el “Premio FIFA de la Paz” otorgado a Donald Trump sería suficiente para calmar las aguas, calculó mal el terreno de juego.

La guerra se le metió hasta la cancha, y aunque los partidos transcurran con normalidad, ¿qué puede seguir? ¿Cómo restablecer la confianza? Los dos próximos torneos serán intercontinentales, y el fútbol internacional, FIFA incluida, lleva rato apostando por los países del Golfo para atraer dinero fresco. Ni el fin de la guerra resolvería esas tensiones.
Aquella anécdota de Sócrates adquiere entonces otro sentido. No es que la política llegó al fútbol por la guerra, como algún despistado, sino que ya estaba operando en decisiones administrativas, en políticas de visado, en presiones diplomáticas y en la interpretación de reglas que, en teoría, buscan ser universales. Ganar o perder, pero siempre en paz. ¿Se podrá esta vez?

