
Cuando llegó al poder, el 1º de junio del año pasado, Nayib Bukele atrajo la atención mundial por varias razones: su juventud, su apabullante triunfo sobre los partidos tradicionales que llevaban toda la vida de turnarse el poder en El Salvador, por sus entusiastas propuestas para combatir el crimen y la corrupción, y por comunicarse con el pueblo “sin intermediarios”. Ya desde su campaña había establecido su vía directa por redes sociales, mayoritariamente con la que se convirtió en su bastión de batalla hasta el día de hoy: Twitter.
Pronto, dentro y fuera de su país hubo quienes empezaron a arquear la ceja al observar cómo Bukele rompía con todo lo establecido y desde la semana uno empezó a publicar en Twitter disposiciones a sus colaboradores y férreas órdenes a funcionarios, exigiendo cuentas en público, con plazos de rendición de cuentas con carácter de ultimátum.
Además, apartó a la prensa de su país al adoptar su estilo de comunicación “directa”, vía redes sociales y, cuando atendía a los periodistas, limitaba el número de preguntas que podían hacerle, esto apenas en el arranque de funciones de su gobierno.
Desde entonces, su gestión empezó a cosechar tanto críticos como seguidores por la fórmula particular de atacar la burocracia tan enquistada en países tercermundistas y que para sus acólitos, constituía la llegada “por fin” de alguien con los pantalones bien puestos. Sin embargo, ese mismo talante generó preocupación en otros sectores, cuando incluso comenzó a despedir funcionarios públicamente en un par de párrafos de Twitter.
Conforme pasaron los meses, el estilo de Bukele recibió críticas de otros gobiernos y de medios de comunicación del extranjero, llegando a uno de sus clímax el pasado 9 de febrero cuando irrumpió en el Congreso salvadoreño, escoltado por militares con rifles de asalto y agentes de la Policía Nacional Civil, para exigir a los diputados la aprobación de un polémico préstamo con el fin de financiar un plan de seguridad contra las pandillas, y llamando, incluso, a la insurrección popular.

“A primeras horas de este domingo un fuerte dispositivo de seguridad, integrado por militares y policías, fue desplegado en la sede de la Asamblea Legislativa a donde llegaron miles de personas coreando ‘¡Insurrección, insurrección, insurrección!’”, narró la agencia EFE.
Mientras la fotografía de un Bukele flanqueado por militares le daba la vuelta al mundo, el mandatario dio inicio a una sesión extraordinaria sobre un préstamo para financiar la tercera fase del Plan Control Territorial, que pretende luchar contra las pandillas (maras), las que tienen arrodillado al país desde hace años. Sin embargo, el domingo en mención solo se presentaron 20 diputados, de los 84 que integran el parlamento, por lo que no hubo quórum.
Lo que siguió después rayó, para muchos, en lo rocambolesco: Bukele ocupó el asiento de Mario Ponce, presidente del Congreso y quien no asistió a la convocatoria del mandatario y, desde ahí, dijo una oración, mientras se tomaba el rostro con las manos, en actitud piadosa: “Ahora creo que está muy claro quién tiene el control de la situación y la decisión que vamos a tomar la vamos a poner en manos de Dios”.
La escena, obviamente, hizo correr ríos de tinta... y de fina ironía.
El diario español La Vanguardia, por ejemplo, reseñó: "El populismo se expresa de muchas formas en Latinoamérica. En El Salvador, el presidente Nayib Bukele podría ser tildado de populista divino desde que el domingo irrumpió en el Parlamento con policías y militares dispuesto a presidir una sesión que él mismo había convocado tras escuchar a Dios. Bukele dio una semana de plazo a la Asamblea Legislativa para que apruebe un resistido préstamo; de lo contrario encabezará una ‘insurrección’, en una amenaza calificada de autogolpe por los diputados.
“Si no es intento de autogolpe, se le parece mucho. Con tintes esperpénticos”, agregó el diario en lo que llamó “el show de Bukele”.
Luego de la oración, el presidente se dirigió al público presente en las afueras de la Asamblea y lanzó un ultimátum de una semana al Congreso para aprobar el préstamo, dijo que Dios le había hablado y le había pedido “paciencia” e instó a la gente a rezar.
El incidente provocó todo tipo de reacciones a nivel internacional mientras diferentes ejes de poder político acusaban a Bukele de fomentar un golpe de estado. Estados Unidos −por medio de su embajador en El Salvador, Ronald Douglas− y la ONU, también mediante su coordinadora en el país, Birgit Gerstenberg, llamaban a dialogar en búsqueda de consensos y a mantener la calma. También intervino, en el mismo tenor, la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (OACNUDH) y la UE (Unión Europea).
Con frases cortas que reclaman a los políticos que “devuelvan lo robado”, o que “el dinero alcanza cuando nadie roba”, empatizó con los jóvenes, a quienes mantuvo conectados durante la campaña vía redes sociales, presentando sus propuestas por Facebook Live.
Por la víspera...
El episodio no fue un tema menor; bien se podría decir que fue un parteaguas que encendió las alertas sobre la forma de gobernar de Bukele: Érika Guevara, directora de Amnistía Internacional para las Américas, condenó el “ostentoso” despliegue militar y policial en la Asamblea Legislativa y, remarcó: “esto nos recuerda las épocas más sombrías de la historia de El Salvador y emite una alerta internacional sobre el futuro de los derechos humanos en el país”.

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Solo unos días después del incidente, el presidente Bukele, como el resto de mandatarios del planeta, tuvo que prepararse para enfrentar el enemigo común: el nuevo coronavirus que ocasiona la covid-19, la pandemia que surgió en China y que desde el 31 de diciembre, cuando se oficializó su existencia, tiene al planeta en jaque.
El duro trato a los mareros encarcelados y la determinación de detener a quienes violen la cuarentena por la pandemia del coronavirus, le han granjeado al presidente salvadoreño aplausos dentro del país y una ola de repudio y críticas en el exterior, de acuerdo con un análisis de la agencia AFP.
El contraste se hizo evidente desde abril, cuando ataques de las temidas pandillas dejaron 50 muertos en un fin de semana, según las autoridades.
En respuesta, Bukele ordenó un estado de emergencia en media docena de penales donde guardan prisión pandilleros, y endureció sus condiciones de reclusión.
Las imágenes de los pandilleros amontonados y sometidos en las cárceles generaron cuestionamientos internacionales al mandatario, tildado de “autoritario” y “dictador en ciernes” por medios de prensa y defensores de derechos humanos.
"El presidente es cuestionado fuera del país por lo que hace, pero hay que notar algo, la realidad que viven a diario los salvadoreños no es la misma que se genera fuera de las fronteras", consideró el analista y académico Dagoberto Gutiérrez.
"La realidad del diario vivir en las calles es otro mundo, real y duro, y es ahí en donde está el apoyo del que se nutre el presidente", añadió.
Para Gutiérrez, esa "dicotomía Bukele" surge en las redes sociales, que "son otro mundo complicado con el que lidiar" y en el que "muchos quieren imponer".
Pero el mandatario enfrenta cuestionamientos también por su política de confinamiento forzoso de quienes violan la cuarentena impuesta para contener la covid-19.
Su decisión de ignorar resoluciones de la Corte Suprema de Justicia en contra de la retención de personas en los llamados "centros de contención" es citada como ejemplo de sus tendencias autoritarias.
Bukele gozaba de alto respaldo popular en encuestas realizadas antes de la pandemia, pero no se han divulgado sondeos posteriores a las medidas de contención.
Para el analista político Carlos Araujo, las acciones del gobierno con los pandilleros en las cárceles “rayan con lo inhumano”.
No obstante, muchos ciudadanos apoyan cómo Bukele ha actuado contra el coronavirus y las pandillas en las prisiones y en la calle, en donde autorizó el uso de la fuerza letal para combatirlas.
Raúl Edgardo Mendoza, chofer de autobuses de 39 años, dijo a la AFP que "Bukele tiene su estilo de gobernar, no se deja manipular y eso no les gusta a los políticos" tradicionales.
Igual opinión tiene Soraya Palacios, de 26 años, una empleada de supermercado que consideró que "está bien lo que se ha hecho". "Somos los ciudadanos los obligados a obedecer lo que diga el gobierno, si no esto del coronavirus nos acaba y con la violencia es lo mismo".
En El Salvador, las pandillas tienen unos 70.000 miembros, más de 17.000 de ellos encarcelados, y siembran el terror en las ciudades, donde se dedican a la extorsión, el narcotráfico y el sicariato.
La orden de Bukele de mezclar a los miembros de las pandillas rivales en las celdas de las prisiones es como "un preludio para alentarlos a matarse entre ellos", señaló en Twitter el director ejecutivo de Human Rights Watch (HRW), Kenneth Roth.
La misma organización cuestionó el uso de los "centros de contención" para retener a la fuerza a quienes violan la cuarentena contra la pandemia. La Alta Comisionada de los Derechos Humanos de la ONU, la chilena Michelle Bachelet, también se pronunció contra esa medida.


AFP citó un editorial del diario costarricense La Nación, el que señaló que el mandatario salvadoreño ha puesto de “excusa” el coronavirus para “su arremetida antidemocrática”.
Sin embargo, Bukele parece no darle importancia a los señalamientos internacionales, vengan de donde vengan. En una reciente cadena nacional de radio y televisión, reafirmó que el ciudadano que rompa la cuarentena sin causa justificada será llevado a un centro de contención.
Para el diario estadounidense The Washington Post “el principal interés del presidente populista no es proteger a los salvadoreños de la enfermedad, sino consolidar su poder a expensas de la frágil democracia del país”.
En medio del confinamiento, los salvadoreños tienen autorizado salir de sus casas a hacer compras de alimentos, acudir a farmacias o ir al banco dos veces por semana y para ello tienen días específicos definidos por su documento de identidad.
Bukele criticó en Twitter a quienes se oponen a la estricta cuarentena y dijo que “babean por ver cadáveres tirados en las aceras y poder culpar al gobierno”.
Broncas gratuitas
Mientras los análisis e interpretaciones de la conducta y estrategias de Nayib Bukele le dan la vuelta al mundo, cuesta comprender que el mandatario, como si no tuviera tantos flancos abiertos, se compre escándalos gratuitos.
Por ejemplo los protagonizados a mediados de marzo con México, o el de reciente data, cuando menospreció la estrategia de salud de Costa Rica en su lucha contra el nuevo coronavirus.
El 16 de marzo, Bukele impidió que un vuelo de Avianca procedente de México aterrizara en El Salvador con el argumento de que en ese avión viajaban 12 portadores del covid-19. En medio de tremendo zipizape logístico y diplomático, el vuelo se canceló y luego −todo a través de Twitter−, tanto el canciller mexicano Marcelo Ebrard como jerarcas de Avianca, le comunicaron a Bukele, con buena dosis de ironía, que habían testeado a todos los pasajeros y que no había un solo positivo en el vuelo. El asunto se puso color de hormiga y estuvo a punto de tener consecuencias a nivel diplomático. Nunca se supo de dónde sacó el presidente salvadoreño tal información.
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Y bueno, de reciente memoria está lo ocurrido con Costa Rica el pasado 6 de mayo cuando, durante una cadena nacional de televisión y transmitida además por las redes sociales oficiales en El Salvador, Bukele dijo que “Costa Rica nos daría la falsa impresión de que han aplanado la curva, pero realmente solo han bajado la cantidad de pruebas”.

Las autoridades costarricenses respondieron en un comunicado de prensa que la institucionalidad democrática y el respeto a los derechos humanos han permitido a Costa Rica contar con un sistema de salud de primer nivel para hacer frente al nuevo coronavirus. El ministro de Salud tico, Daniel Salas, explicó una vez más al día siguiente, en la acostumbrada conferencia de prensa sobre el covid-19, la metodología utilizada por el país, avalada por el reconocimiento de la comunidad internacional y de la OMS y OPS.
En el documento la Cancillería de Costa Rica no aludió directamente a Bukele, quien tampoco se refirió más al asunto y nunca explicó de dónde había inferido sus erróneas afirmaciones.
¿Intenta Bukele desviar la atención sobre los graves problemas que está afrontando su país en el tema de seguridad, agravado por la amenaza de la pandemia? Esta es la posición de algunos, pero ante el silencio del mandatario, este supuesto cae en el terreno de la especulación.
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Tras de cuernos...
Con tantos frentes de batalla simultáneos, quizá sea improbable que Bukele, con toda su energía de millennial, esté haciendo cálculos de distraer la atención con pataletas como las que protagonizó con México y Costa Rica, que finalmente quedaron prácticamente como ocurrencias suyas.
Y es que justo este martes a Bukele se le vino otro problemón encima, ese sí relacionado con los dos temas/país más importantes de su gestión en este momento: la batalla contra el covid-19 y la contención de la delincuencia.

La renuncia de académicos y empresarios a un comité encargado de la supervisión del uso de 2.000 millones de dólares destinados a atender la pandemia en ese país ha vuelto a dividir opiniones y a enfrentar posturas: los que decidieron apartarse argumentan falta de transparencia por parte del Gobierno a la hora de trazar los usos del dinero, mientras que este les devuelve la pelota y los acusa de un supuesto intento de sabotear el trabajo gubernamental en su lucha contra el covid-19.
El presidente Bukele aseguró que los representantes de universidades y empresarios habían dado un paso al costado porque se les obligó a presentar una declaración de su patrimonio por su relación del manejo de los fondos. “Les encanta pedir transparencia, pero no se les vaya a pedir a ellos porque es casi una blasfemia”, escribió Bukele en su cuenta de Twitter al referirse a este nuevo conflicto.
Con todo este historial (resumido, por razones obvias) cuesta hacerse una idea de quién es Nayib Bukele.
Una semblanza publicada en este diario justo después de su elección como presidente, cita a Óscar Picardo, quien fuera su profesor de colegio entre sétimo y noveno año, en un centro educativo bilingüe de San Salvador.
Picardo recuerda al hoy Presidente de El Salvador como un adolescente introvertido y sin intereses políticos. Muy lejos de poseer una personalidad implacable y excesiva, características que se le atribuyen en la actualidad.
Las críticas por su gestión han ido aumentando de tono, eso es un hecho. The Economist recién sugirió que Bukele “podría querer convertirse en el primer dictador millenial de América Latina”.
The New York Times publicó una lapidaria columna de opinión del periodista salvadoreño Oscar Martínez: “Ninguna democracia puede funcionar como funciona El Salvador ahora mismo: el presidente tuitea y los militares salen a las calles a cumplir la orden (...) A Nayib Bukele, presidente de El Salvador, le estorba la democracia. Lo ha terminado de confirmar con sus actos durante el manejo de la crisis provocada por el coronavirus.
“Las señales estaban ahí desde el principio, pero ha sido en estos meses de marzo y abril en los que Bukele se ha exhibido en todo su esplendor como un hombre autoritario, dispuesto a saltarse las reglas más básicas de la república y gobernar solo un país que lo sigue adorando, según las últimas encuestas”.
“No somos Venezuela”
Sin embargo, de acuerdo con publicaciones de medios salvadoreños como El Faro y La Prensa Gráfica, y replicadas por el portal Biobiochile.cl, la noche de este miércoles se dio una masiva protesta protagonizada por miles de salvadoreños, quienes a través de cacerolazos y las bocinas de sus vehículos, hicieron sentir su descontento con las políticas del presidente Nayib Bukele.
Según los medios mencionados, las manifestaciones fueron convocadas espontáneamente a través de redes sociales, donde los usuarios también compartieron videos mostrando la adhesión que estas han tenido en distintos barrios, sobre todo de la capital, San Salvador.
Vecinos denunciaron que en algunas zonas unidades policiales fueron enviadas a detener las manifestaciones, pese a que los ciudadanos se encontraban al interior de sus casas. “No somos Venezuela”, fue la respuesta al sentir vulnerada su libertad de expresión.
Siempre de acuerdo con los medios de comunicación citados, Bukele, inicialmente aplaudido por tomar tempranas medidas para frenar la expansión del coronavirus en el país, como el cierre de fronteras o el establecimiento de centros de cuarentena, fue perdiendo apoyo popular según imponía restricciones cada vez más duras a la ciudadanía.
Una de las que más resistencia tuvo fue la decisión de suspender durante 15 días, desde el 7 al 21 de mayo, el transporte público en territorio nacional, impidiendo a las personas llegar a sus lugares de trabajo o trasladarse para conseguir alimentos y atención de salud.
La situación motivó que algunas personas caminaran durante horas para poder trabajar, en un país donde más del 56% de la población se desempeña en el sector informal según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), sin seguridad social, dependiendo de sus ingresos del día para su subsistencia.
La coyuntura actual parece bastante complicada para el joven presidente salvadoreño, quien insistió en una entrevista con The New York Times, tras la “toma” del Congreso, en febrero, en que es falso que tenga ambiciones de dictador.
Sin embargo, las alertas suenan abundantes en diversas latitudes.
Así lo señaló el editorial de La Nación, cuyos planteamientos han sido replicados en diversos medios internacionales: "Las tendencias autoritarias manifestadas por el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, desde inicios de su presidencia, se exacerbaron de manera alarmante a partir de marzo y han derivado en ataques directos contra los derechos humanos, la separación de poderes, el debido proceso y las libertades públicas de los ciudadanos. De ahí a la imposición de una dictadura, el camino puede ser muy corto. Por esto, no solo se impone que las instituciones y sectores democráticos salvadoreños enfrenten la peligrosa tendencia con vigor, también es necesario que la comunidad internacional se movilice preventivamente”, afirmó el mencionado editorial de La Nación.
El tiempo le dará la razón a unos o a otros. Habrá que ver, eso sí, qué tan alto puede ser el costo a pagar por lo que, pareciera, se está convirtiendo en un azaroso ejercicio del poder en ese hermoso y sufrido país centroamericano que es El Salvador.
