
“La Santa Muerte a dos mil”, dice una voz detrás del mostrador en una tiendita josefina. Expone candelas en morado, verde y naranja, acompañadas por un palo santo, ciertas calaveras y varios minerales. Promociona más productos y advierte que algunos hacen el bien y otros el mal, por lo que conviene elegirlos con precaución.
Estas creencias, que vienen del esoterismo, se han folclorizado y reducido a relatos fantasmagóricos que circulan por Internet, pero su auge está en ritos “ocultos”, tachados de invocar a Satanás, practicados en edificios centenarios que todavía decoran la capital.
Músicos, pintores y escritores militaron en estas corrientes esotéricas cuando todavía estaba fresca la tinta con la que se firmó el acta de la Independencia de Costa Rica. Lo mismo hicieron políticos que ostentaron puestos tan altos como la presidencia de la República.
Pero al igual que en el Viejo Continente, al diversificarse el panorama ideológico de Costa Rica desde el siglo XIX -en su mayoría reducido al positivismo y el catolicismo- fueron señalados por conspirar contra el “orden general”.
De ello fueron (y son) víctimas la masonería, el espiritismo y la teosofía, que aunque ampliamente distintas, coinciden en la visión de la naturaleza como un todo orgánico y vivo en planos visibles e invisibles. ¿Cuántas veces no ha escuchado que alguien llame masón a otra persona como reproche?
Quizás esos “insultos” vienen del escándalo, pues también introdujeron el tener una experiencia espiritual con lo divino sin intermediación de alguna figura clériga o la razón. Esta es la historia de cómo estas corrientes se incrustaron y sobrevivieron en San José.

Una exclusiva y secreta organización
La corriente pionera del esoterismo en Costa Rica fue, al menos oficialmente, la masonería.
Sus orígenes se remontan a un pequeño colectivo de albañiles y canteros que construía catedrales durante la Edad Media en Europa y que, por la naturaleza de su oficio, sostenía una estrecha relación con la iglesia.
Años más tarde, ampliaron su demografía e ingresaron hombres blancos adinerados cuyos ritos -apretones de manos, contraseñas y símbolos secretos- pasaron a ser repudiados por el catolicismo, en su mayoría por reunirse en privado. Y claro, por tratar las religiones como iguales e impulsar el aprendizaje continuo a través del pensamiento racional y el conocimiento científico.
“Los masones necesitan tener un enemigo y la iglesia también; entonces se complementan”, explica un historiador masón que prefirió reservar su identidad, al igual que hacen sus hermanos que practican el secretismo de la sociedad.
Y tras su institucionalización en Inglaterra durante el siglo XVIII, la masonería llegó oficialmente a Costa Rica en 1865, cuando el presbítero Francisco Calvo fundó la primera logia en el tercer piso del edificio patrimonial de La Alhambra, ubicado entre la avenida Central y calle 2.

Tres décadas después, en 1899, nació la Gran Logia de Costa Rica, que se encarga de agrupar cada congregación local.
Su sede permanece en Cuesta de Moras, dentro de un alto y hermético edificio color azul rey que, cada fin de semana, presencia los trajines del barrio La California. Entonces eran un grupo de 400 hombres que, al igual que hoy, enuncian como su propósito convertirse en “una mejor persona”.
Quizás porque constituía un espacio donde hombres influyentes podían reunirse y conversar sin exponer públicamente su involucramiento, la masonería atrajo a figuras de las más altas esferas políticas.
En Estados Unidos, fueron parte la orden George Washington y Thomas Jefferson; en Costa Rica, el último jefe de Estado y primer presidente de Costa Rica, José María Castro Madriz, y otros mandatarios como Próspero Fernández, Tomás Guardia, Bernardo Soto y Ascensión Esquivel.
En años más recientes, el abogado y excandidato presidencial Juan Diego Castro fue electo gran maestro de la Gran Logia de Costa Rica, el cargo de mayor jerarquía dentro de la organización.
De los 300 hombres que actualmente forman parte de esta logia, uno de sus miembros rechazó que más políticos estén inscritos.
“Todavía escuchamos que lo diabólico o lo satánico es todo aquello que se sale del reino del Señor, y viene de ahí. O incluso que el esoterismo es ignorancia, o pura superstición (...). Uno puede decir que el esoterismo es parte de un fenómeno religioso, pero cuando se dice que es una religión, uno tiende a pensar como algo cerrado, y así no funciona el el esoterismo”.
— José Ricardo Chaves
Así son los rituales de los masones

Bajo el ojo que todo lo ve, en un salón cuyo techo evoca al cielo con sus constelaciones, cada integrante de la logia toma asiento. Según su posición en el organigrama, se colocan en bancas rojas o en sillas de madera, algunos vistiendo mandiles.
Al iniciar sesión, colocan de forma simbólica un libro sagrado sobre el ara —una especie de altar—, que puede tratarse de la Biblia, la Constitución Política u otro texto seleccionado por los presentes, con el compás encima de las hojas.
Los participantes ejecutan algunas de sus señas de reconocimiento, como llevar la palma de la mano al hombro con movimientos y pausas específicos, para demostrar que pertenecen a la orden. Una vez que todos cumplen ese protocolo, leen la correspondencia administrativa y dan paso a la plancha, donde pueden exponer temas relacionados con la masonería e intercambiar ideas, siempre que no se aborden asuntos políticos o religiosos.

Para asistir a esta reunión, cada integrante debió haber pasado una entrevista para ser admitido como aprendiz, en el que se valora si puede dedicar el tiempo (y dinero) requerido a la logia, para después ascender al grado de compañero y finalmente al de maestro.
En ese proceso, estudian los principios y símbolos que se encuentran por el templo: la cadena dorada cuyos eslabones representan la hermandad; la evocación al antiguo gremio de constructores con el compás, la escuadra, la piedra bruta, la plomada y el mazo; y el código moral que señala amar al Gran Arquitecto del Universo.
“Ya no se construye un templo ni se pica la piedra, sino que se construye el espíritu, la persona, tanto individualmente como en conjunto (...). Todos los masones tienen que reconocerse, aquí, fuera del país o donde sea que esté una hermandad para dar apoyo y ayuda” cuenta uno de los integrantes.

Precisamente por el carácter reservado de sus ceremonias y por la histórica confrontación con la Iglesia católica, los masones han sido objeto de rumores que los vinculan con el satanismo y el canibalismo. Ellos lo rechazan y lo atribuyen a la persecución religiosa que, a sus ojos, solo pretende “eliminarlos”.
Los masones siguen reuniéndose bajo los principios de una asociación centenaria y, pese que su estructura ha evolucionado en algunos aspectos —como la incorporación de mujeres en determinadas logias—, reconocen que otras prácticas esotéricas han logrado abrirse paso con mayor naturalidad.
Y aunque algunos de sus ritos los hicieron públicos, otros se los reservan, lo cual alimenta las teorías conspirativas. Lo que sí resulta palpable son aquellos símbolos que evocan su presencia en la ciudad, como los triángulos dentro de la Catedral Metropolitana o en las puertas del Banco Nacional.
Cuando una médium daba renombre a Costa Rica

Corría 1919, meses después de que quemaran el periódico oficialista La Información en el centro de San José, cuando José Joaquín Tinoco, hermano del dictador Federico Tinoco, fue asesinado en la esquina aledaña a su casa, en barrio Amón. Y cuando Federico huyó a París, se llevó a la médium Ofelia Corrales.
Ofelia, hija de Buenaventura Corrales -prócer de la educación que da nombre a la escuela en el Edificio Metálico-, ganó renombre internacional por las sesiones que realizó con el círculo espiritista Franklin: sus fotos y proezas paranormales aparecieron en revistas de México, España, Estados Unidos y Francia.
Además de ser un puente para que los vivos hablaran con los muertos, se le atribuyen desde fenómenos de escritura automática hasta apariciones de objetos.
Tanta era su fama que Arthur Conan Doyle, entusiasta del espiritismo, conoció las atribuciones paranormales de Ofelia y, según se ha dicho por años, quería visitar el país para investigarlas. Quien se le adelantó en plasmarla en papel fue Rubén Darío, quien escribió sobre ella en Siempre el misterio, una de sus crónicas póstumas.
En ella, sin dar su nombre, escribe: “Existe una señorita de la mejor sociedad [de San José] que se ha revelado médium extraordinaria, y por la cual se producen fenómenos psicofísicos, que dejan muy atrás los de la famosa Eusapia Paladino”, de acuerdo con el artículo Subjetividades esotéricas, estudios sobre masonería, espiritismo y teosofía en Costa Rica del escritor e investigador José Ricardo Chaves.

Y aunque ya no se puede visitar la casa victoriana en San Francisco de Guadalupe donde Ofelia practicaba las sesiones, porque fue demolida, su legado dentro del espiritismo persiste en los tours que cuentan su historia mientras recorren el centro de San José.
En ellos, se incluyen los aportes de Rogelio Fernández Güell, político, periodista, poeta y escritor, que publicó una serie de libros espiritistas para enriquecer la corriente en Costa Rica.
También, se habla sobre María Mimita Fernández Le Cappellain, la esposa de Federico Tinoco, quien era seguidora de Madame Blavatsky, escritora y fundadora de la Sociedad Teosófica que, hasta la fecha, plantea cuestiones cosmológicas y de desarrollo espiritual.
A diferencia de otras corrientes esotéricas, el espiritismo no necesita de templos ni sedes permanentes. Sus reuniones pueden celebrarse en casas particulares, por lo que hoy resulta difícil identificar los lugares donde, hace más de un siglo, los médiums hacían público que se comunicaban con los muertos.
Empero, según el historiador Andrés Fernández, las “tendidas más fuertes” acontecían en Guadalupe, precisamente en la casa de Ofelia Corrales, una zona que el tranvía conectaba fácilmente con la capital.
Arrastre intelectual

A pocos metros de la Asamblea Legislativa, donde cada semana se libran discusiones políticas, un rótulo desgastado lleva más de un siglo proclamando que “no hay religión más elevada que la verdad”.
Centenares de personas pasan a diario frente al edificio de la Sociedad Teosófica, a lo mejor sin detenerse, que introdujeron a Costa Rica una diálogo interreligioso cuando hablar de hinduismo o budismo todavía sonaba herético.
“Con la teosofía, se comienza a hablar de Oriente, de Asia, de la India. Se habla del hermetismo de la antigüedad, se habla de neoplatonismo, toda una serie de corrientes y sujetos que ahora pueden resultar muy comunes, pero que en aquel tiempo nadie conocía de eso”, acota José Ricardo Chaves.
Y al presentar un nuevo menú ideológico, llamó la atención de artistas, escritores e intelectuales como Roberto Brenes Mesén, Rogelio Sotela o José Basileo Acuña, quienes encontraron una alternativa para su vida espiritual.
Durante su apogeo, se publicaron revistas como Vyria, dirigida por el pintor Tomas Povedano y actualmente disponible en el Sistema Nacional de Biblioteca (Sinabi), que recopilaba artículos sobre esta visión armónica entre religiones.
Y su único requisito para participar, según Chaves, era cultivar la “fraternidad y eternidad universal”, esa idea de que todos los seres humanos son hermanos y que las diferencias religiosas pertenecen a un segundo plano.
La influencia de la teosofía, puesto que era integrada por decenas de intelectuales, se extiende a la promoción de la educación secular, la lucha por los derechos femeninos, el trato armonioso a los animales y la filantropía.
Tanto así, que las teósofas impulsaron el voto femenino durante la fundación de la Segunda República y dos de las primeras tres diputadas, María Teresa Obregón y Ana Rosa Chacón, pertenecían a este campo.
Eso sí, sus detractores le recriminan el vínculo con dictadores, como fue el caso de Federico Tinoco en Costa Rica o Maximiliano Hernández en Honduras, mientras que sus practicantes defienden la relación con figuras revolucionarias como Francisco I. Madero en México o César Augusto Sandino en Nicaragua.
La cadena de los misterios tiende a relacionarse entre sí por claves esotéricas. Entonces, usted se va a encontrar gente que siendo masona era también también teósofa, y gente que siendo teósofos eran espiritistas.
— Andrés Fernández, historiador

¿Qué tenemos hoy?
“En rigor, toda ciudad tiene aspectos más o menos ocultos, pero convengamos en que San José tiene sus propios méritos”, decía Tomás Saraví en el prólogo de Cuentos del San José oculto, en el que rescataba las librerías ahora en mejor vida donde se encontraban elementos esotéricos.
Antes, abundaban las tiendas de esoterismo en barrio Amón y los parques España y Nacional, así como la antigua estación del ferrocarril del Atlántico o la Aduana Vieja. Se podía encontrar información sobre la masonería, el espiritismo y la teosofía, así como los rosacruces, el gnosticismo, los caballeros templarios o la sociedad hermética, corrientes que empiezan a desarrollarse en la ciudad pasados los años 70.
Hoy por hoy, aunque menos presente, si se enciende el televisor y se mata algún tiempo pasando canales, de seguro aparecerá algún programa del horóscopo o alguna entrevista a una vidente que predice quién ganará el mundial. Lo mismo con deslizar la pantalla en TikTok.
“Hay un esoterismo popular, sin duda. Yo no digo que sea una cosa mala o falsa, pero además de eso hay también un esoterismo culto, filosófico, que está preocupado por otro tipo de asuntos más pertenecientes a lo que nosotros llamaríamos la espiritualidad, la filosofía. Y la gente olvida eso“, añade José Ricardo.
Y aunque para algunos es lejano o banal, para otros el esoterismo es intrínseco. Como no son una religión per sé, es común creer o participar en varias de ellas: algunas personas son teósofas y espiritistas, otros son masones y teósofos, y otros solo creen en una corriente.
“El esoterismo aparece como un tercer elemento en esta diversidad de opciones, entre lo religioso ortodoxo tradicional y lo ateo materialista. Se puede combinar los aspectos racionales y científicos con algunos aspectos también de la religiosidad, pero esta religiosidad entendida en un sentido amplio, ya no solo limitada a lo cristiano, sino también tomando en cuenta otro tipo de religiones”, continúa Chaves.
Al salir de la tiendita josefina, pareciera que el esoterismo ya no está tan escondido. Sigue flotando sobre la ciudad, como dijo Roberto Brenes Mesén en su poema Hacia nuevos umbrales:
Cuando llegan las horas silenciosas
ese árbol vierte de sus propias manos
aromas-pensamientos infrahumanos que por el aire diáfano se extienden,
y los seres de entorno le comprenden

