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Misterioso Darío

El crecimiento esotérico que el país vivió entre los siglos XIX y XX no fue ajeno al escritor

De muchos es conocido el interés de Rubén Darío por el mundo de lo oculto y lo sobrenatural, desde su infancia provinciana llena de cuentos de aparecidos. Más grande, entró en contacto con formas cultas del esoterismo gracias a masones y espiritistas.

Fue iniciado como masón en 1908 en Nicaragua, con una gran tenida con hermanos de los distintos países centroamericanos, todos muy orgullosos de que el gran poeta se integrara a la orden, a pesar de que no cubría muy bien aquel requisito para ingresar a la cofradía de “ser de buenas costumbres”. Los masones se hicieron los tontos al respecto ante su brillo poético.

Espiritismo y masonería eran hasta 1890 las corrientes heterodoxas imperantes en Hispanoamérica. La primera surgió a mediados de siglo, aunque estuvo en vigor en Costa Rica desde la década de los setenta. La segunda era más antigua en Hispanoamérica, habiendo sido fundada apenas en 1865 en el país.

Teosofía. A partir de la última década del siglo XIX comenzó a sentirse cada vez más el efecto de una tercera corriente esotérica: la teosofía. Se le suele confundir con el espiritismo, y aunque se parecen en varios rasgos, en otros se separan tajantemente, por ejemplo: los teósofos no creen en la comunicación con los muertos y, por tanto, no realizan sesiones para llamarlos ni las recomiendan. Por su parte, no todos los espiritistas creen en la reencarnación, como ocurre con los teósofos.

En aquel tiempo, miembros de las clases altas latinoamericanas, que por familia, placer, estudio o negocios pasaban temporadas en Europa o Estados Unidos, tenían oportunidad de conocer los libros y actividades teosóficas en las metrópolis, y luego las reproducían en sus países de origen.

Tal fue el caso en Costa Rica de Jorge Castro Fernández, hijo del expresidente José María Castro Madriz, futuro benemérito de la patria, sobre todo en el campo educativo, destacado masón, uno de varios presidentes del país pertenecientes a esa fraternidad.

El hijo había estudiado en el extranjero, en Europa, sobre todo en Bélgica, aunque viajó por varios países. Conoció el medio teosófico y esotérico, y fue amigo de grandes figuras, como Papus, el famoso ocultista francés, y Alfred Sinnett, el temprano colaborador de Blavatsky que se carteaba con “mahatmas” lejanos.

A su regreso de Europa se enroló en el servicio diplomático y, mientras trabajaba en Guatemala, estuvo en contacto con Darío, haciéndose grandes amigos.

Desde Costa Rica. Muy pronto Castro compartió su entusiasmo teosófico con Darío y con otro escritor, Máximo Soto Hall. Darío se conectó en su entusiasmo con Castro, aunque luego reculó un poco, atemorizado de que sus nervios se vieran afectados por los nuevos conocimientos, no así Soto Hall, que siguió inmune al canto del teósofo.

Estamos a principios de los 1890, 91 y 92, y ya las ideas teosóficas recorren Centroamérica, con Castro como pionero. Costa Rica fue la base para la expansión institucional teosófica por Centroamérica, parte del Caribe y Colombia a inicios del siguiente siglo, al ser, según Darío, “una de las sociedades más europeizadas y americanizadas”.

En una de sus conversaciones en Guatemala, Castro le propuso a Darío y a Soto Hall que, para demostrar empíricamente la sobrevivencia del alma, el primero de ellos que muriera se aparecería a los otros de manera clara y evidente.

Sobre esto escribieron los dos que siguieron vivos, cuando el primero del trío murió, que fue Castro, en Panamá, en 1901. Darío, sin saber todavía de la muerte de su joven amigo, vio su figura, oyó golpes en la puerta y hasta el sonido del piano.

Después se enteró de que estas manifestaciones habían pasado el mismo día de su muerte. Esto aterró al miedoso Darío, amante ambiguo del “misterio”, pero también lo confirmó en su creencia en ultratumba hasta el final de sus días.

Poco tiempo antes de morir en 1916, hace ya 100 años, Darío confesó a un entrevistador en su lecho: “Yo he sido eso, yo he creído. He estudiado, he visto mucho, en París, en Italia. Suceden cosas sorprendentes, inexplicables. Son hechos extraordinarios, como cábalas de misterio”.

La médium. Tras la muerte de Castro, Darío publicó una sentida semblanza necrológica titulada “Jorge Castro Fernández. Requiescat ”. De su pacto mortuorio, habla Darío en su artículo “La boca de sombra”.

De esta manera, por vía de su amigo tico, fue que él se inició en la teosofía, leyó al respecto e incluso la usó como tema en algunos de sus cuentos fantásticos.

Darío siguió curioso el vibrante mundo oculto josefino de su tiempo, aun a la distancia. Fue amigo de Rogelio Fernández Güell, masón y espiritista, y por medio suyo y de otros supo de las hazañas mediúmnicas de Ofelia Corrales, y llegó a escribir sobre la “señorita de la mejor sociedad que se ha revelado como médium extraordinaria”, y que era solicitada por sabios de Europa.

Puede así apreciarse que el crecimiento esotérico que el país vivió entre los siglos XIX y XX, sobre todo en sus vertientes espírita y teosófica, no fue ajeno a la atención y curiosidad de Darío. Sus referencias ocultistas crecieron después en Argentina, España y Francia, pero el primer eslabón teosófico fue Jorge Castro Fernández, pionero de la teosofía en Costa Rica.

El autor es escritor.

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