
En medio de las llamas que se expanden por el bosque, las serpientes y las tortugas procuran refugiarse. Lo mismo intenta un gusano deformado que se arrastra tratando de esquivar las pisadas de los bomberos, aunque lo más seguro es que muera por el calor.
Esta es una de las principales secuelas de los incendios forestales, que en 2026 han quemado más de 27.000 hectáreas en Costa Rica. El punto más caliente es Guanacaste, donde se han presentado 137 de los 201 incidentes.
A diario, los animales silvestres sufren quemaduras superficiales o profundas en su piel, patas y plumaje; pierden sus nidos y alimentos; se golpean al intentar huir; su comportamiento se altera por el estrés; y se intoxican por exponerse a la ceniza.
Según Yeimy Cedeño, jefa del Departamento de Control, Prevención y Protección del Sistema Nacional de Áreas de Conservación (Sinac), las especies más vulnerables son los reptiles y anfibios con baja movilidad, seguidos por los mamíferos.
“Hay una mortalidad directa de plantas y animales por calor, humo y las llamas. Esa pérdida de biomasa y la reducción de la cobertura vegetal propicia la erosión. Toda la alteración del hábitat hace que se pierdan refugios, recursos alimentarios, sitios de anidación y hay una mortandad o un desplazamiento de la fauna”, explica.
De ello fue víctima el venado bebé que permanece en cuarentena en Apami Wildlife Rescue Center, un centro de rescate de vida silvestre en Santa Cruz, Guanacaste. Intentaba escapar del humo y en el proceso se lastimó. De haber alcanzado la carretera, pudo haber sido atropellado.
“Nada hacemos nosotros aquí con rescatar, rehabilitar animales y después los liberamos y el peligro va a seguir ahí afuera”, añade Crystal Badilla, gerente de Apami.
Mientras los bomberos hacen su parte por tratar de rescatar a estas especies, también se exponen a efectos inmediatos y crónicos: dolor de cabeza, mareos severos, olas de calor, conjuntivitis e intoxicación por monóxido.
“La gente no mide cuánto puede llegar a afectar y lo ven como algo normal en su vida cotidiana. Dicen: ‘Ahí están los bomberos atendiendo, hay una quema forestal cerca de mi casa. Hay que limpiar el terreno, entonces prendámosle fuego’. Todas esas cosas van a afectarles tarde o temprano” advierte Alonso Castro, uno de los paramédicos del Cuerpo de Bomberos.
Por eso, al inicio y cierre de cada jornada en el campamento de bomberos forestales en Huacas, Santa Cruz, cada bombero recibe un chequeo médico en el que se les revisan sus niveles de presión arterial, frecuencia cardíaca, carboximoglobina y metamoglobina.
Al 22 de abril, el Cuerpo de Bomberos ha atendido 201 incendios forestales en cuatro meses; la cifra más alta de la historia. Se estima que el 95% de los siniestros son provocados.
