Hubo un tiempo en que bastaba con que los taxistas anunciaran un paro para que el Gobierno encendiera las alarmas. Las calles se congestionaban, la presión política aumentaba y la Fuerza Roja era un actor imposible de ignorar. Esa Costa Rica, sostiene Olman Vargas, vocero de la Cámara Costarricense de Consultores en Arquitectura e Ingeniería, ya no existe.
La llegada de las plataformas digitales fue apenas una pieza de una transformación mucho más profunda: cambió la manera en que los costarricenses se mueven y, con ello, el poder que durante décadas concentró el transporte tradicional.
“Hoy ese poder prácticamente desapareció”, resume y sostiene que el crecimiento acelerado de la flota vehicular, la congestión vial y la irrupción de plataformas digitales transformaron un modelo que parecía inamovible.
Recuerda que el taxi también fue, en su momento, una innovación: ofrecía un servicio directo y diferenciado que encontró en el cooperativismo una fórmula de expansión. Sin embargo, el sistema terminó arrastrando problemas como el mercado negro de placas y la pérdida de competitividad ante la posibilidad de conocer el precio antes del viaje, seguir el recorrido en tiempo real, compartir la ruta con familiares o identificar al conductor.

A su juicio, Uber no eliminó al taxi: “lo obligó a competir”, pero advierte que la transición sigue incompleta. “Así como el taxi debió adaptarse hace una década a una nueva forma de entender la movilidad, ahora corresponde al Estado cerrar el vacío legal de las plataformas, especialmente en aspectos como seguros, responsabilidad civil y protección de pasajeros y terceros”, asegura.
Cuando eso ocurra, concluye Vargas, las reglas del juego serán más parejas, aunque probablemente también desaparezca una de las ventajas de Uber: sus tarifas más bajas.
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