Revista Dominical

Don Gato, el hombre que da su vida por los felinos abandonados

José Vargas vive con sencillez: todo lo que gana lo destina a ayudar a los animales que otros abandonan o maltratan. De él dependen decenas de gatos que viven en el Mercado Borbón y otros puntos de San José.

El cielo está pintado de naranja y de luminosos contrastes metálicos y pasteles que atrapan. Un espectacular atardecer de julio, a las 6:06 p. m, cuando la noche debería de estar cayendo, cede unos minutos de variedad, de esperanza y de asombro a quienes están en los alrededores del mercado Borbón, en la calle 8, en San José centro.

Los vendedores ambulantes quitan su mirada de las frutas que ofrecen a la orilla de la calle, de los aguacates que antes aseguraban saben a mantequilla; los transeúntes tientan a la suerte y sacan su celular en una de las zonas en las que es común escuchar que es mejor andar “bien agarrado el bolso” y “Dios guarde sacar algún artículo de valor”. Se arriesgan para captar la belleza que desde una esquina empinada se ve magna. Don Gato no se percata del atardecer, o tal vez, sí, pero él está en lo suyo.

Carga una bolsa que en este momento puede contener unos siete kilos de alimento para gato. Cuando el semáforo cambia a verde y los carros avanzan veloces cuesta abajo, él se pega al filo de la acera. Toma pequeñas bolsitas con concentrado y como si fuera un beisbolista las lanza con todo lo que puede hasta el techo de una tienda en la que sabe viven varios gatitos. En esa marquesina lanzó unas ocho bolsas que juntas suman un kilo de comida.

Las cortinas metálicas de los comercios toman protagonismo y poco a poco el ajetreo de los vendedores y caminantes se apaga. Por el contrario se despierta otro tipo de vida. Al oeste, cantinas, que tienen divisiones hechas con madera y forradas con plástico grueso para que los clientes puedan ir en tiempos de pandemia, se encienden. Don Gato camina seguro. Nadie le molesta. Él va repartiendo comida a los seres que lo hacen levantarse y luchar todos los días: los gatos.

Esta vez su rutina nocturna empezó antes para ayudar a tomar con un poco de claridad las fotos de Pacheco que acompañan este artículo. Usualmente sale más tarde a ofrecer alimento, y a veces caricias, a los animales que buscan comida cuando el bullicio baja.

En una zona calificada como peligrosa y en la que habita la desesperanza, él se mueve llevando vida a seres que no tienen noción del desprendimiento de una persona a la que muchos ya han calificado como “loca”. Él más bien se considera sensible.

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Don Gato, como más se conoce a José Vargas, tiene cerca de una década de dedicar su dinero y energías a los animales de la calle, específicamente a los mininos. Su labor siempre ha sido muy discreta. Este hombre, de 62 años, y de palabras cultas y voz respetuosa, había hecho su trabajo voluntario en silencio con alianza de personas que le han ayudado para castraciones y poder poner en adopción a animales rescatados.

“A las personas que ayudamos de corazón no nos gusta el reconocimiento; lo hacemos de manera discreta”, dice cuando le pregunto por la posibilidad de conversar con el doctor Oreamuno, un veterinario que le ha tendido la mano a muchos gatos que él ha rescatado. También menciona a Karen Umaña, una mujer quien colabora por el bienestar de las criaturas.

Don José alzó la voz y se salió de su “anonimato” para contar en un video de Youtube, que un amigo le ayudó a grabar y luego a subir, que le cerrarían la gatera que tenía a su cargo hace un tiempo en el mercado Borbón. Allí cuida gatitas embarazadas, animales enfermos, otras criaturas recuperándose de una castración, a bebés que nacen en el establecimiento y a gatos ariscos.

La administración del Borbón decidió que se cerraba la gatera, por motivos que se detallan más adelante, y ya él no contará con el espacio para atender a felinos con diferentes condiciones a los que ha cuidado y alimentado voluntariamente y de su bolsillo. Lo que sí podrá continuar haciendo es velando, igualmente con sus fondos y por iniciativa personal, por todos los gatos que viven en el mercado. Él calcula que son unos 50.

Don José aceptó el cierre de la gatera, finalmente no podía hacer mucho más (lea más adelante la posición del mercado con respecto a este tema). Ahora piensa en los seis gatos que ha estado cuidando allí y que deben salir de ese encierro el 30 de julio. Él busca adoptantes o alternativas para darles un nuevo inicio.

Con la gerencia del mercado, don Gato llegó al acuerdo de cerrar la gatera pero que a él se le continúe permitiendo ingresar todos los días, incluyendo esos en los que el mercado está cerrado, para alimentar a los animalitos que allí viven, algunos desde hace años. Y es que desde hace mucho se ha vuelto costumbre que personas lleguen a perder allí a gatos que ya no quieren, dejan a gatas embarazadas y por esto la sobrepoblación, que en algunos casos se ha tratado logrando castrar a algunos animales que luego vuelven a ser liberados porque esa es la vida que conocen.

A todos, don Gato los alimenta y les da amor. En el mercado tiene cuatro puntos en los que les deja cantidades importantes de comida para que se alimenten cuando el bullicio del inmenso lugar cesa y ellos salen. Aparte de cargar la bolsa repleta de alimento, lleva galones de agua para dejarles líquido a las criaturas.

Es una rutina monótona. De todos los días. Es una labor repetitiva que a él le da alegría y a los animales la posibilidad de alimentarse. Por día, don Gato gasta ¢11.000. En un supermercado chino, el propietario le hace precio mayorista y le vende el kilo del alimento a ¢1.075.

Aparte de esa inversión, él además compra carne molida para los gatos geriátricos, quienes por su edad ya perdieron los dientes. Él les da comida especial. A todos los tiene identificados. Uno de ellos es Gaver, un gato grande y peludo que se quedó solo luego de que su dueño muriera.

Don Gato camina por el Borbón llamando a los gatos por su nombre. Ellos le maullan. Otros miran desde lejos, él se percata de que unos son nuevos, recién los abandonaron y no terminan de acoplarse, por otra parte, aparecen machos alfa, gatos que no son del mercado pero que ingresan buscando alimento.

Para todos, don Gato tiene una palabra de afecto y un poco de comida, aún en tiempos de crisis cuando la pandemia hace que todo sea más complicado.

Una vida para los gatos

José Vargas Arrieta nació y se crió en el sur de Costa Rica, en Ciudad Cortés. Creció rodeado de rica vegetación y ríos, entre ellos el imponente Térraba. Fue el único hijo de don José Vargas, mejor conocido como don Pepe Vargas y de doña Romelía Arrieta.

Dio sus primeros pasos entre animales de granja tenían por gusto y no para consumo. Cuando empezaban a caerse sus dientes de leche, su familia se pasó a vivir a una zona llamada el Valle de Coto por Ciudad Neilly. Esto tras el cierre de la compañía para la que trabajaba su padre.

“Ahí terminé de crecer y pasé gran parte de mi vida. Llegué antes de los siete años y fui al Colegio de Villa Nelly, que antes no se conocía como ciudad. Ahí me crié. Hice el examen de admisión del INA y me vine para la ciudad. Luego regresé para trabajar a los talleres de Coto 47. Estuve allí hasta 1980. Me fui para Guanacaste. Hice un cambio grande”, cuenta don José.

Él se formó como electromecánico industrial. Y hasta este momento se desempeña en esta labor que realiza de manera independiente y esporádica. Por su edad no se le ha abierto la posibilidad de un trabajo formal. Todo lo que gana es para cubrir sus necesidades estrictamente básicas y lo demás lo destina a los gatos. Su entrega y desprendimiento le valieron el alias de don Gato. No recuerda la última vez que compró una camisa. Vive con lo que necesita y los zapatos que usa se los regalaron. Con eso se la juega, ¿para qué más, si solamente tiene dos pies?, dice.

Regresando a su vida, en los años 80, cuando llegó a Guanacaste trabajó como policía de fronteras. Su labor empezó en el contexto de la revolución sandinista, en Nicaragua. Muchas personas migraban y su trabajo y el de sus compañeros era solicitarles documentos. Dice que no presenció hechos demasiado dramáticos, pero si había personas que ingresaban a fincas aledañas para robar o destazar ganado.

“Igual que actualmente, en ese tiempo había personas buenas y malas. Independientemente de la nacionalidad”, afirma.

Tras ese trabajó, José se vino a vivir a San José. Se casó y formó una familia. Tuvo dos hijos. Hace 15 años se separó. Él prefiere no mencionar a su núcleo. Solamente cuenta que él vive con su hijo.

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Don Gato no tiene vida social ni círculo de amigos. Siempre ha sido cercano a la lectura y por esto sus conocimientos y nutrido vocabulario. Dice ser una persona abierta y respetuosa de los demás.

“Cuando me criaba se leía mucho. No como ahora que si quiere saber algo entra a la computadora, toca botón y le dan respuesta. (...) Soy labriego y sencillo. Solo tengo un par de zapatos para mis dos pies. No necesito más. Esta es mi filosofía de vida. A mi edad he visto a muchos partir y no he visto a ninguno llevarse nada. Mi vida es sencilla. Alimento palomas, mapaches, tengo lugares donde voy por la noche. Ayudo a los animalitos. Mi tiempo libre es para los gatos. Ando alimentándolos, llevándolos al veterinario, castrando, dándolos en adopción. Ellos me necesitan. Tengo el proyecto en el mercado Borbón. Estos animales comen todos los días, hay que darles agua, ver si están enfermos. Me metí en esta situación y no me arrepiento. No tengo vicios, no tomo”, detalla.

De inmediato narra cómo empezó a vivir en un mundo en el que los gatos son su razón...

“Soy nómada. He rodado mucho. En 20 años en la capital he andado por todo lado. Viví en San Pedro de Barva, en Heredia. Ahí ayudaba perritos de la calle. El perro en el campo sufre más porque es para el cuido, tiene que ver cómo sobrevive. Para los gatos es más fácil, porque cazan. Cuando me establecí en San José veo la necesidad que pasan los gatos. Estrés, maltratos, indiferencia. Una noche estoy por ahí. Escuché algo a las 8 p. m. Era domingo. Voy caminando y me encuentro a una bebita gatita como de dos meses, alguien la dejó abandonada. Ese fue el inicio de todo esto. Se llama Jill y ya tiene 10 años. Esa se quedó conmigo. Ahí inicié y empecé a ver la necesidad de ellos. Empecé a ponerle atención al asunto”, confía.

“Quisiera poder ayudarles más. Sueño con que alguien aparezca, que me diga que tiene un lote y una casita y que me lo dona para hacer un refugio. Ese es mi sueño. Específicamente para tener a los gatos que más sufren y animalitos de tercera edad, que envejecieron en la calle y no tienen dientitos, andan viendo cómo sobreviven. Nadie les dio una caricia ni les dijo que eran importantes”, dice, casi que con clamor.

En tiempos pasados llegó a darle de comer diariamente a más de 200 gatos, más los del Borbón. Esa cantidad se ha disminuido porque no tiene ingresos fijos. Generalmente todo sale de su bolsillo. No tiene la cuenta de cuántos gatos ha ayudado desde el 2010 cuando empezó con esta peluda labor.

“En ese tiempo alimentaba, además, a unos 200 gatitos en la zona de Barrio México. Ya no lo hago porque el recurso no me da. Nunca lo logré porque soy solo. (...) Les daba de comer, estaba en otra situación. Ahora con costos sobrevivo. Mi política es que si hay para comer y debo elegir entre ellos y yo, los prefiero. Son mi vida. Son la razón que me sostiene.

Respeto a quienes no los quieran pero que no los maltraten. Uno no tiene derecho a maltratar solo porque un ser es diferente. No sé por qué el ser humano se cree la raza superior. Yo aprendo de ellos. Tienen la virtud del perdón, se maltratan y luego llegan como si usted no les hubiera hecho nada. A uno le cuesta perdonar”, explica.

En estos años de dedicación se ha topado con todo tipo de personas, así como de sentimientos. Tiene pendiente presentar una denuncia contra un inquilino del mercado a quien encontró con un “leño” para maltratar a un gato. El animalito salió del lugar renqueando.

“La gente empezó a decirme Don Gato. No sé si por burla, o por lo que fuera, pero así me fui quedando. No tengo problemas con nadie, ando repartiendo comida, me desplazo por la Zona Roja. Los habitantes de calle me respetan mucho. He visto a muchos de ellos, a la orilla de la calle, compartiendo comida con perros de la calle. También como señoras vienen, se bajan de su carro y dejan a los gatos botados. El gatito se queda sin saber para dónde coger. Conozco a personas ateas que son mejores que quienes viven metidas en la iglesia. Vea, en tiempos de Romería, Senasa tiene que estar porque abandonan animales y luego esas personas van y entran de rodillas a la iglesia”.

Dentro de sus posibilidades, el trabajo de Don Gato se basa en cuidar y sanar a los animales; además, procura su castración para evitar tanta reproducción. Él y personas que a veces le colaboran, buscan buenos lugares para dar a los animales en adopción.

“No le doy un gato a cualquiera. No me deshago de ellos. Tienen historias tristes y espero que no se repitan. La idea es que sean parte de familia, que los amen, cuiden, respeten. No se lo doy a personas que buscan llevarlos solo porque en la casa hay ratones y que piensan que cazándolos se van a alimentar; tampoco a personas que vienen a pedirlos porque se les pierden los que tenían hace poco”, detalla. Eso sí, aunque vive con su querida Jill, es consciente de que si alguien se acerca y le ofrece “una vida mejor para ella”, él no se lo negará porque “el amor no es egoísta”.

Una persona incondicional es el antes mencionado doctor Miguel Ángel Oreamuno Blanco, de la veterinaria Pet y Vet, en Santa Ana.

El veterinario conoce de cerca la labor de Don Gato y por esto le ayuda.

“Lo conozco hace 12 o 14 años. Él desde que lo conocí ha sido un rescatista insigne y amante de los gatos, principalmente. No me acuerdo quién me lo refirió, pues yo ayudo a los animales desvalidos. En mi consultorio damos en adopción, no vendemos ningún tipo de animales. Se regó la bola de que yo recibo (...). Yo lo conocí, conocí su labor. Desde ese tiempo me trae casos de animales abandonados y que maltratan. Tuve uno que es famoso. Un gato lleno de sarna, flaquito, era horrible y lo querían matar”, detalla el veterinario, quien le brinda apoyo en algunos casos de castración y de atención a animalitos.

El doctor continúa: “Don José me trajo ese gato a ver qué se podía hacer. Le tenía miedo a los humanos. En el día lo pateaban y le echaban agua. Estuvo ocho meses y lo convertimos en un príncipe. Yo le ayudo 100% en lo que pueda a don José porque a él no le dan cinco”.

Personaje del mercado

Retomando su labor altruista en el mercado Borbón, pues él no tiene vínculo laboral con este lugar, y el asunto con el cierre de la gatera, don José explica cómo fue que empezó todo allí.

“El proyecto en el mercado Borbón empieza porque este lugar ha sido un botadero de gatos. Dejan bebés en el basurero con tres días de nacidos, gatas embarazadas. Los he recogido, busco mamá nodriza. Aparte de los que llegan de la calle, porque cuando se ponen en celo llegan machos. Los comerciantes llamaban cuando la gata se mejoraba. Yo me hacía cargo de la manutención de los animalitos de la gatera. Se dieron más de 100 gatos en adopción “, cuenta don José, quien inició con este proyecto específico a finales del 2018.

En la gatera, que se ubica en el sótano del lugar, se llevaban las gatas embarazadas para que los gatitos no nacieran en los comercios, luego se criaban con contacto humano para que no se volvieran ariscos y facilitar su adopción.

“Ahora la administración dice y decide cerrarla porque no es funcional. Ya firmamos. Llegamos al acuerdo de que no va más la gatera. Eso es de ellos, es propiedad privada. Quisimos convencerlos. Pero no. Me interesa continuar la labor de darles de comer a los gatos del Borbón. (...) Quise ser ente fiscalizador. Entrar a revisar si están enfermos. Puedo definir si están bien, tengo ojo fino. Me van a respetar eso. Se comprometieron a darlo por escrito. Esto lo hago yo por mi cuenta”, detalla el proveedor y protector de los gatos.

Martha Estrada, gerente de Coopeborbón, comentó que efectivamente en el mercado habita una población grande de gatos “que en el día no se ve mucho”. En nuestra visita, para conocer la labor de Don Gato, vimos a varios animales, cuando ya la mayoría los comercios están cerrados y las personas salen del lugar, en busca de alimento.

“Cuando el mercado se cierra sí se ven bastantes gatitos. En el transcurso del tiempo se han hecho diferentes gestiones. Ha habido castraciones, campañas de adopción, pero una labor importante es la que hace don José, no sé cuántos años tiene de venir al mercado a darles de comer, a verlos, él sabe cuándo están enfermos. Él los conoce”, dice Estrada, quien trabaja en el Borbón desde el 2016.

Ella destaca que los gatos no son mascotas del mercado, aunque habrá algunos inquilinos que tienen sus animales. Cuenta que la intención es controlar la población de las criaturas y para ello crearon un programa que, a grandes rasgos, “pretende tener campañas de adopción y castración aunque sea poco a poco porque no hay presupuesto, ni recursos asignados para eso. Tenemos que hacerlo de forma responsable”, comenta Estrada. Ella también se refirió al tema de la pronto extinta gatera.

“La gatera era como un lugar de paso. Sí la gata tiene sus gatitos pueda recuperarse y que ellos puedan crecer un poquito (...). En el mismo programa se ve la explicación de esto. Teníamos personal asignado para hacer aseo, para la parte de limpieza y hemos tenido como todos los negocios en el país que limitar los recursos. Se tienen proyectos nuevos y el lugar (la gatera) más adelante se utilizará para proyectos nuevos. No significa que vamos a tirar los gatos a la calle. Los de la gatera don José viene diariamente y tiene hasta el 30 de este mes (para ubicar a los seis gatos que viven ahí). Nosotros continuamos con un programa (a nivel administrativo). Don José continúa viniendo a ver los gatos y traerles su comidita. No se le impide entrada al mercado”, detalló la gerente, quien denuncia que efectivamente “mucha gente abandona a los gatos en la zona”.

Con relación a la alimentación de los animales, Estrada señala que en estos momentos quien la aporta es don José y que “el programa lo que persigue es ir castrando y dando en adopción a los animales”.

Con respecto al tema de la higiene, Estrada comenta que hasta ahora no se han presentado casos de enfermedades en humanos relacionadas con la presencia de los gatos. Eso sí, se mantienen vigilantes pues en el lugar se comercian alimentos.

“El equipo de aseo les pone cajitas con aserrín en las noches para que hagan sus necesidades y se retiran por la mañana. Es ir poco a poco. Estos son 6.700 metros cuadrados. La propiedad es enorme. No son mascotitas del mercado. Hay que tener un equilibrio. Guardar la higiene y la salud de la gente que trabaja y la que viene a comprar. Hacer las cosas de forma responsable”, asegura.

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Cerca de las 9 o 10 p. m., don Gato termina su labor de todos los días que inicia a las 5 a. m. Un trabajo en el que además de elogios, también recibe ofensas. No le preocupa que algunos le llamen loco. Continúa con esmero en lo suyo.

“Cuando las personas hacen cosas fuera de lo normal se le ponen calificativos: en este caso, loco. Me dicen que por qué ayudo a animales y no a personas de la calle. Lo que pienso es que los animales no eligieron estar en la calle”.

Cuando termina la labor se dirige caminando hasta su casa en Barrio México. Su paso es sereno y aún con lo ajetreado de su día luce enérgico. La bolsa plástica en la que cargó 10 kilos de alimento va vacía.

“Uno toma decisiones en la vida. No me quejo de nada. Mis decisiones las tomo y me tienen donde estoy. Simple y sencillamente hice un alto en mi camino y dije que les voy a ayudar. Es una labor de muchas lágrimas”.

-Además, debe de ser una labor dolorosa no solamente por enfrentarse al maltrato y abandono, sino porque cuando no puede más, ¿le toca decir que no a algún gato?

-Yo realmente no puedo ayudar a ninguno, no tengo recursos para ayudar, pero toco puertas. No dejo morir a un animal. Yo lo veo y veo cómo hago. No puedo venir y ver un caso y decir que voy a dormir placenteramente.

-¿Se considera bueno?

No, soy una persona sensible. Sería jactancioso decir que me considero bueno.

Don José Vargas Arrieta, mejor conocido como don Gato, es el protector de todos los michis que viven en el mercado Borbón desde hace dos años y medio atrás que la administración permitió un espacio en el sótano para que tuviera una gatera

Si usted desea colaborar con la labor de don Gato, puede comunicarse al 6083-2353.

Fernanda Matarrita Chaves

Fernanda Matarrita Chaves

Periodista y Licenciada en Comunicación de Mercadeo de la Universidad Latina de Costa Rica.