La incursión del crimen organizado, el narcotráfico y el lavado de dinero en el fútbol parece haber llegado a Costa Rica, tal como reportó la Revista Dominical, pero no es algo nuevo en el mundo.
Esto ya se vió en países muy cercanos al nuestro. Por eso, la criminóloga y especialista en investigación criminal Tania Molina, considera urgente fortalecer la supervisión sobre los dineros que entran al balompié tico.
Molina dijo no estar sorprendida de recientes acontecimientos, como la captura o asesinato de dirigentes deportivos; para ella, la incursión de dineros espurios en el fútbol ya es una problemática instalada en el país.
“Para el crimen organizado el fútbol es muy atractivo, es un vehículo absolutamente ideal para el crimen, en principio, por esos volúmenes gigantescos de efectivo que se mueven en el fútbol por transferencias, derechos, patrocinios, taquillas... Costa Rica no iba a escapar de esto, a veces pensamos que todo pasa en el vecindario, pero a Costa Rica no le pasa“, advirtió la criminóloga.
Por eso, Molina consideró indispensable endurecer los controles sobre los propietarios y financistas de los equipos de fútbol, así como darle más financiamiento y herramientas el Instituto Costarricense sobre Drogas (ICD), una institución trascendental en la persecución de los capitales emergentes.
“Cuando el dinero sucio se revuelve con el dinero limpio es prácticamente imposible darle trazabilidad, es muy complejo. Se requiere de mucha tecnología y gente muy preparada, lamentablemente en este país tenemos muy pocos recursos, apenas cinco fiscales para darle trazabilidad al capital emergente. Eso es complicadísimo porque se amasan fortunas increíbles en el fútbol", lamentó la criminóloga.

Según explicó Molina, las dinámicas criminales que ocurren en otras latitudes se trasladan progresivamente a Costa Rica, un ejemplo de eso son las “economías criminales”.
“Ya no estamos en la primera ola del crimen organizado transnacional, donde el crimen combate al Estado. No, no. En la economía criminal mundial de la actualidad, el Estado y todas las redes de corporativas son colonizadas, ya no se les combate. Entre esas redes, el fútbol", detalló Molina.
Aquí es donde entran ejemplos como el de Pablo Escobar y otros delincuentes en la Colombia del siglo pasado, quienes inyectaron millones de dólares en los clubes de fútbol de sus respectivas ciudades. Estos traficantes no solo eran aficionados al balompié, además identificaron que la gran adhesión social de los aficionados les daría reconocimiento, validación e, incluso, los protegería.
“La gente se vuelve loca con el fútbol, nadie pregunta quién regala camisetas, quién está arreglando la ancha, quién está comprando lealtades comunitarias. Eso se hace desde siempre, lo vimos con el cartel de Medellín con Pablo Escobar metido en las comunidades, inaugurando partidos, metiendo plata, era una relación abierta, él era un héroe para Medellín. Desde siempre ha sido fácil, pero la hipocresía de aparentar que nada sucede es un fenómeno social muy costarricense“, criticó la especialista.
Así, llegan capitales de orígenes inciertos que aportan financiamiento directo e incluso compran equipos. Para Molina, depende de cada caso, algunos grupos criminales solo quieres los clubes por su significado y reconocimiento social, otros sí ven una oportunidad de usarlos como fachada, inyectar capital y recuperar dinero limpio, “lavado”.
“La pasión que genera el fútbol produce una tolerancia ciudadana al escándalo, cuando el equipo gana, las preguntas sobre quién financia no importan, no se hacen, se silencian solas, porque hay un enajenamiento global. Todo esto lo facilita”, advirtió la criminóloga.

Asimismo, Molina llamó a la responsabilidad de los cuerpos directivos de los equipos de fútbol. Aunque se trata de organizaciones privadas, están integradas por profesionales que deben rendir cuentas a la Hacienda Pública y a la Federación Costarricenses de Fútbol (Fedefútbol).
De esta manera también se prevendría el ingreso de fondos espurios, y así las medidas que se tomen no serían posteriores a la comisión de uno o varios delitos, como ha sido la tónica.
