Hace poco más de seis años experimentábamos los primeros meses de una pandemia que arrasó al mundo. No hace falta que nadie nos explique el poder que tienen las enfermedades de trastocar la sociedad y provocar pérdidas humanas.
En Costa Rica existe solo un laboratorio de categoría 3. Los de categoría 1 son los más básicos, en los que se hacen pruebas con microorganismos inofensivos y ni siquiera es necesario usar guantes ni mascarillas, basta con lavarse las manos.
Los de categoría 2 son los más comunes, en los que cualquiera puede hacerse un análisis sanguíneo, una prueba de embarazo y se diagnostican enfermedades sencillas, poco riesgosas y fácilmente curables. Acá se usan barreras primarias, como guantes, batas de tela y mascarillas sencillas.
Pero luego están los de categoría 3.
Este artículo es parte de un reportaje completo en el que Revista Dominical seleccionó y analizó cuatro de las ocupaciones más peligrosas del país. Puede repasar el artículo en este enlace, pero a continuación le contamos del laboratorio que maneja las enfermedades más riesgosas del país.
En estos se manejan microorganismos capaces de provocar una infección grave e incluso la muerte.
Las barreras son mucho mayores para proteger no solo a los investigadores, sino también a las comunidades aledañas: accesos controlados, filtros en la ventilación, doble par de guantes, prohibición de entrar con ropa de calle, trajes enteros desechables, presión negativa para evitar que el aire salga cuando se abren las puertas, capacitaciones de hasta seis meses para permitir el ingreso, duchas antes de salir.
A diferencia del nivel cuatro (que manejan enfermedades como viruela, ébola y la fiebre de Lassa), los laboratorios de nivel tres gestionan enfermedades graves, pero tratables y curables, como la covid-19. De estos solo hay uno en Costa Rica (puntero en Centroamérica), se ubica en el Instituto Costarricense de Investigación y Enseñanza en Nutrición y Salud (Inciensa) y lo coordina la doctora Sarah Jbara Chaktoura.
Este laboratorio de nivel 3 se creó en 2012 y es administrado por el Centro Nacional de Referencia de Micobacteriología adscrito a Inciensa. Solo siete mujeres y dos hombres están autorizados para ingresar.
Decenas de microorganismos y enfermedades son analizadas en ese lugar, pero las dos más conocidas son la tuberculosis y la enfermedad de Hansen (antes denominada lepra).
La tuberculosis es una enfermedad bacteriana que provocó miles de muertes en el pasado (fue la responsable de la creación del Sanatorio Durán, en Cartago). En 2025 se reportaron 510 casos en el país, y mueren entre 30 y 35 personas cada año.
Según el Ministerio de Salud y la Organización Mundial de la Salud (OMS), es la enfermedad infecciosa que provoca más muertes en el mundo; en 2024 se infectaron 10,7 millones y fallecieron 1,3 millones. Es curable y su tratamiento es muy efectivo, pero puede volverse muy grave y hasta mortal si no se atiende a tiempo o si se contagia una persona inmunodeficiente.
La enfermedad de Hansen es mucho menos común. Desde 1995 se detecta un promedio de 10 casos anuales en el país. El contagio es bajo porque se requiere contacto prolongado o muy directo, algo que no es descartable en un laboratorio que maneja muestras del patógeno. Es curable con un tratamiento de 6 a 12 meses.
La doctora Jbara reconoció a RD que su trabajo no es común, y lo nota en la reacción de las personas cuando les cuenta que se dedica a investigar para la vigilancia epidemiológica de la tuberculosis.
“Lo primero que la gente dice es ‘¡uy, ¿eso existe en Costa Rica?’ (risas). Hay un mito de que la tuberculosis no existe”, recordó la especialista.
Jbara explicó que el trabajo en el laboratorio nivel 3 es diario. Cuando un laboratorio de la CCSS diagnostica un caso positivo de tuberculosis con una prueba PCR, se realiza un cultivo de la muestra. Es el método más sensible, pero tarda más de un mes en dar resultados.
Una vez el cultivo da positivo, está prohibido manipularlo salvo en un laboratorio de categoría 3. Esto se debe a que el método del cultivo, al ser tan sensible, cuenta con una alta concentración de bacterias, y el riesgo de contagio es casi 20 veces mayor. Estas son las muestras que se manipulan en el Inciensa.
¿Por qué el Inciensa y el Centro de Micobacteriología reciben muestras de enfermedades infecciosas de manejo peligroso (más de 500 cultivos de tuberculosis al año)?
Por varios motivos. Por ejemplo, se aplican pruebas de seguridad para medir la resistencia de las enfermedades a los antibióticos actuales, hacen estudios genómicos para analizar cómo se comportan estas enfermedades en el país, y aportan insumos para que las autoridades tomen decisiones.
En síntesis, su trabajo no es solo académico, sino que se aplica en la vida cotidiana para que cada vez menos personas se contagien o que los contagios sean más leves.
“La razón de ser es la vigilancia epidemiológica, es la importancia de la salud pública. Así llevamos un registro de las cepas de cada enfermedad, a qué son inmunes, si han generado resistencia a lo largo de los años, cómo atacarlas o controlarlas”, afirmó la microbióloga Jbara.
Por eso, en Tres Ríos de La Unión, en Cartago, está el laboratorio con el nivel de bioseguridad más alto del país, donde nueve personas trabajan todos los días con las enfermedades más infecciosas. Alguien tiene que hacerlo.
