Piénselo un segundo. Cierre los ojos y coloque la punta del dedo sobre un globo terráqueo. Cualquier lugar. Hágalo otra vez si quiere. Y otra más. Tal vez no llegue a tocar ese punto diminuto llamado Costa Rica.
En ese punto minúsculo pasan cosas.
No una ni dos. No hallazgos aislados, sino proyectos científicos que parecen desproporcionados para el tamaño del territorio donde ocurren: un radiotelescopio único en América dedicado a escuchar el Sol desde Guanacaste, científicos que intentan crear huesos artificiales capaces de integrarse al cuerpo humano, un laboratorio que produce radiofármacos para detectar cáncer o investigadores que cruzan plantas de banano durante años para blindar una de las industrias más importantes del país frente a un hongo devastador.
La lista sigue. De hecho, es mucho más larga de lo que cabe en estas páginas. Pero todas esas historias ocurren aquí, a pocos kilómetros de donde usted vive, en un país tan pequeño que tal vez el azar nunca tocaría en el globo terráqueo.
La antena que mira al Sol desde Guanacaste

Cuando Carolina Salas Matamoros estaba en el colegio y decía que quería estudiar astronomía, hubo una frase que se le quedó grabada para siempre. Su profesor de Física le dijo que, si quería entender el universo, debía empezar desde abajo, desde la física más básica, desde los fundamentos invisibles que sostienen todo lo demás.
Años después, esa adolescente que soñaba con estrellas terminó subida en andamios, al sol Guanacaste, ajustando tornillos, reparando motores dañados y ayudando a construir, prácticamente con sus manos (con la ayuda de muchas otras personas que lo hacen “por amor a la ciencia”) el primer radiotelescopio solar de Centroamérica.
La escena no se parece demasiado a la imagen clásica de la gran ciencia internacional. No hay un complejo futurista perdido en el desierto ni presupuestos multimillonarios respaldados por agencias espaciales.
Lo que hay es una enorme antena parabólica blanca de once metros de diámetro instalada en el recinto de Santa Cruz de la Universidad de Costa Rica, investigadores trabajando ad honorem, profesionales ingeniando soluciones sobre la marcha y científicos que, cuando un motor se rompe, no llaman a una empresa especializada: lo desmontan ellos mismos, lo arreglan y vuelven a colocarlo.
“En otra empresa traerían mecánicos”, dice Salas entre risas. “Aquí todo lo hacemos nosotros”.


El proyecto se llama ROSAC, Radiotelescopio de Santa Cruz, y comenzó formalmente en 2017, aunque en realidad su historia empezó antes, cuando un grupo de investigadores decidió rescatar una vieja antena deteriorada que ya existía en el lugar.
El proyecto avanzó lentamente, casi pieza por pieza. Primero se construyeron las bases que sostendrían la estructura astronómica. En 2019, Racsa donó una antena parabólica de telecomunicaciones y el equipo encontró la posibilidad de transformarla en algo mucho más ambicioso.
Con apoyo de la UCR se financió la montura, el complejo sistema mecánico que permite mover la antena en un giro completo de 360 grados sobre el horizonte y elevarla desde cero hasta noventa grados para seguir el recorrido del Sol hasta el cenit. Al mismo tiempo comenzó a consolidarse una colaboración con investigadores del Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica de México, mientras especialistas costarricenses en ingeniería eléctrica, topografía y mecánica se integraban al proyecto.
Lo que más impresiona a Salas no es únicamente el resultado técnico, sino la forma en que se construyó.
“Ha sido talento nacional”, dice. “Hemos tenido un valiosísimo apoyo del extranjero, pero tiene que llenarnos de orgullo que la fabricación ha sido con manos ticas. Además cada persona aporta desde su expertise y muchos no tenían experiencia previa en radiotelescopios, lo cual lo hace más admirable”.
Muchas veces, explica Salas, el proyecto avanzó gracias a la capacidad de resolver problemas con lo que existía a mano.
Porque ROSAC no será simplemente otro radiotelescopio. Estará dedicado exclusivamente a estudiar el Sol en un rango específico de radiofrecuencias, entre los 100 y 1000 megahercios, una banda muy poco observada a nivel global. Existen otros radiotelescopios en América, pero la mayoría comparte tiempo entre distintos objetos astronómicos y apenas dedica algunas horas ocasionales al estudio solar. El caso de ROSAC es distinto: será un instrumento pensado para observar el Sol de manera continua una vez se inaugure.
“La observación solar normalmente termina en Europa”, explica Salas. “Cuando allá oscurece, el Sol sigue activo, siguen ocurriendo fenómenos y muchas veces no se están observando porque en América no hay observación solar continua”.
El objetivo del proyecto es completar esos vacíos en la base mundial de datos solares y prevenir que alguna actividad como una tormenta geomagnética afecten las telecomunicaciones, los satélites, los GPS y sistemas electrónicas.
Tras tumores invisibles
En un blanquísimo edificio de la Universidad de Costa Rica, ubicado en la Ciudad de la Investigación en San Pedro, un grupo de físicos, médicos, químicos e ingenieros produce una de las herramientas más sofisticadas que existen hoy para detectar cáncer de manera temprana.
Ahí funciona el Ciclotrón de la UCR, laboratorio único en Centroamérica que fabrica radiofármacos capaces de localizar tumores diminutos dentro del cuerpo humano con una precisión extraordinaria. Desde agosto de 2023, el centro puso a disposición del mercado costarricense el Flúor-18 FDG, un medicamento utilizado en medicina nuclear que permite detectar cerca del 80% de los tumores del cuerpo humano. En menos de dos años, el laboratorio ya ha atendido a más de 3.000 pacientes.
La posibilidad de detectar lesiones diminutas con este fármaco (a veces invisibles en otros exámenes) cambia las probabilidades de tratamiento.

La acción dentro del Ciclotrón parece cuidadosamente coreografiada. Un paciente recibe una inyección de radiofármaco, espera cerca de una hora mientras el compuesto recorre su organismo y luego entra al PET-CT, un escáner capaz de combinar dos tipos de imágenes médicas para construir una representación tridimensional del cuerpo.
Allí, las células cancerígenas aparecen como puntos de intensa actividad metabólica. Suena complejo, y lo es, pero el resultado del examen se da comparando ambas imágenes, como quien calca un dibujo sobre otro.
La explicación científica contempla más dimensiones. “El ciclotrón produce radioisótopos con los cuales se fabrica un tipo de medicamento denominado radiofármaco, que sirve para diagnosticar y tratar distintos tipos de cáncer”, explica Erick Mora, físico y responsable del proyecto.
En abril de este año comenzaron a atenderse los primeros pacientes con Flúor-18 PSMA, un radiofármaco diseñado para cáncer de próstata. La expectativa es atender entre 30 y 60 pacientes mensuales con esta nueva tecnología, en un país donde el cáncer de próstata abunda. Alrededor de 1.000 hombres son diagnosticados con cáncer de próstata cada año en Costa Rica (una tasa de incidencia de 44 por cada 100.000).
La construcción del proyecto comenzó a mediados de la década pasada. A través del Fondo Especial para la Educación Superior (FEES), se distribuyeron cerca de $200 millones entre las universidades estatales.
La UCR decidió apostar por una infraestructura que hasta ese momento no existía en la región centroamericana. La universidad asignó cerca de $10 millones para levantar el edificio del ciclotrón —una estructura de 1.600 metros cuadrados distribuidos en tres plantas— y para adquirir todo el equipamiento necesario para producir radiofármacos.
En 2020, la UCR realizó una inversión adicional de $2,5 millones con fondos propios para adquirir el PET-CT (el escáner) y otros equipos médicos complementarios.
Actualmente, pacientes provenientes del sector privado pagan alrededor de $1.300 por estudio. La Caja Costarricense de Seguro Social accede a los servicios mediante contratos públicos con la UCR tramitados a través del SICOP, con un costo cercano a los $1.000 por procedimiento.
El proyecto también atravesó momentos de controversia. En febrero de 2025, la Fiscalía Adjunta de Probidad, Transparencia y Anticorrupción realizó allanamientos relacionados con presuntas irregularidades en la construcción del laboratorio. La investigación apuntó a funcionarios universitarios vinculados al proyecto. Meses después, en mayo, el Juzgado Penal de Hacienda y de la Función Pública rechazó suspender a dos de los funcionarios investigados al considerar que no existían suficientes elementos para acreditar la probabilidad de responsabilidad penal.
Mientras tanto, el laboratorio siguió funcionando y hoy continúa expandiéndose.
Fabricar huesos que el cuerpo quiera aceptar
La manera más simple de explicar la ardua tarea de crear una prótesis es que, durante años, los implantes ortopédicos se pensaron como piezas externas que el cuerpo debía soportar. Metal resistente, rígido, pesado. Tornillos, placas o prótesis capaces de mantener unido un hueso roto, sí, pero también objetos que muchas veces el organismo nunca terminaba de aceptar completamente.
El problema no era solo que el implante funcionara, sino que el cuerpo humano jamás deja de notar que hay algo extraño adentro.
En uno de los laboratorios del Tecnológico de Costa Rica, un grupo de investigadores no quiere fabricar simplemente implantes más fuertes, sino implantes que se comporten como huesos.
La idea comenzó a tomar forma cuando distintas líneas de investigación del TEC empezaron a encontrarse casi de manera natural. Theo Guillén, de Ingeniería en Materiales; Jorge Cubero, especialista en modificación estructural de materiales; y Miguel Araya, investigador de Diseño Industrial, terminaron uniendo proyectos distintos alrededor de una obsesión común: entender cómo la naturaleza resolvió durante millones de años algo tan complejo como la estructura ósea humana.
“Nosotros tratamos de partir de la naturaleza para orientar soluciones”, explica Guillén, junto a sus colegas y cómplices.
Miguel Araya insiste en ello. “El problema de muchos implantes actuales es que son demasiado rígidos. Cuando una persona camina, corre o simplemente se mueve, las cargas mecánicas terminan concentrándose sobre el implante y no sobre el hueso que lo rodea”, detalla.
Y el hueso necesita carga para sobrevivir. “Si el hueso no se bioestimula, comienza a debilitarse”, explica Araya. “Las células pueden morir, el hueso puede reabsorberse y eventualmente ocurren fracturas o pérdidas del implante”.
La solución que exploraron parece casi contraintuitiva: fabricar implantes más vacíos. Es decir, crear estructuras porosas capaces de reducir rigidez y peso mientras funcionan como un andamio donde el hueso pueda crecer e integrarse mecánicamente al implante.
Pero mientras Araya estudia cómo debe comportarse el implante hacia afuera, Jorge Cubero trabaja en el interior íntimo del material.
“El objetivo es convertir el implante en algo mucho más cercano al comportamiento natural del cuerpo y en algunos casos, incluso, hacer que desaparezca”, explica.
Los grupos trabajan, sobre todo, gracias a fondos del FEES, canalizados a través del TEC. Con esos recursos han equipado laboratorios, adquirido insumos y profesionalizado la investigación.
La estrategia para salvar el banano

En las fincas bananeras del Caribe costarricense hay trabajadores que comienzan su jornada antes de las ocho de la mañana no para cosechar fruta, sino para intentar salvar una industria entera.
A esa hora, cuando todavía no sube demasiado la temperatura y el aire húmedo de la zona atlántica sigue siendo tolerable para las flores del banano, inicia un proceso minucioso que parece más cercano a la relojería que a la agricultura industrial: investigadores toman polen de plantas resistentes, lo transfieren a flores de banano Cavendish y esperan que ocurra algo muy improbable…. Una semilla.
“El Cavendish tiene muy poca fertilidad. Apenas una de cada 100.000 plantas genera semilla y es justo lo que necesitamos para lo que estamos haciendo”, explica Rafael Sánchez, quien laboraba como director de investigaciones de Corporación Bananera Nacional Corbana (actualmente Sánchez no labora en la institución pero dio esta declaración cuando ocupaba el puesto,).
¿Su propósito? Crear un banano resistente al Fusarium Raza 4 Tropical, el hongo que amenaza la producción mundial de una de las frutas más exportadas del planeta.
En los años 30, un hongo del suelo, el Fusarium oxysporum Raza 1 —causante del llamado Mal de Panamá— devastó las plantaciones del banano Gros Michel en América Latina (el cual era el que se comercializaba antes). La enfermedad era casi imposible de erradicar: una vez que el hongo entraba al suelo, podía permanecer allí durante décadas.
La solución de la industria fue sustituir toda la variedad dominante por otra resistente: el Cavendish, lo cual funcionó por mucho tiempo.
Las malas noticias aparecieron cuando llegó una nueva variante del hongo invasor mucho más agresiva: el Fusarium Raza 4 Tropical (TR4), capaz de afectar también al Cavendish, que sostiene hoy buena parte de las exportaciones agrícolas ticas.
“El Fusarium ya impacta países como Perú, Colombia y Venezuela”, advierte Sánchez. “Y la solución real al problema sigue siendo la resistencia. Aún no llega a Costa Rica, pero podría ocurrir”.
El desafío es gigantesco porque el Cavendish no solo domina el mercado global; también es muy delicado desde el punto de vista genético. Produce frutos uniformes, grandes y resistentes al transporte internacional, pero casi no genera semillas. Eso convierte cualquier programa de mejoramiento genético en un proceso demasiado lento.

En Costa Rica, científicos de Corbana decidieron intentar lo que no se había hecho en más de 150 años de historia bananera nacional: desarrollar un programa de mejoramiento genético para proteger el Cavendish sin recurrir a organismos genéticamente modificados. O sea, buscar la forma “más natural” de “evolucionar” al banano.
Los investigadores toman flores masculinas de plantas resistentes —desarrolladas por una contraparte científica en Brasil tras más de 25 años de investigación— y utilizan su polen para fecundar flores de Cavendish. “En ese polen viaja la carga genética”, explica Sánchez. “Lo que buscamos es que esos genes de resistencia entren a la nueva planta”.
Luego comienza la verdadera odisea científica: cada uno de los racimos debe revisarse dedo por dedo buscando semillas diminutas. Para encontrar apenas una, los investigadores pueden procesar cerca de 10.000 bananos.
Esa semilla se lleva al laboratorio. Allí germina una nueva planta que luego es cultivada en campo y analizada con herramientas de biología molecular y marcadores genéticos para determinar si heredó genes de resistencia al Fusarium.
Si la planta muestra potencial, será enviada a países donde el hongo ya está presente para comprobar si resiste la enfermedad.
Corbana financia estos programas mediante un impuesto aplicado a las exportaciones bananeras. Son los mismos productores y exportadores quienes alimentan el presupuesto destinado a investigación científica. Es decir: la industria financia sus propios mecanismos de supervivencia.
Cada una de las plantas parentales resistentes utilizadas en el programa tiene un valor estimado cercano al millón de dólares debido al tiempo y la complejidad científica necesarios para desarrollarlas.
La expectativa de los investigadores es que, en el mediano plazo, el mejoramiento genético permita desarrollar plantas capaces de resistir varias enfermedades simultáneamente, reduciendo el uso de moléculas químicas y haciendo más sostenible la producción.
“Si bien la industria bananera ha realizado importantes esfuerzos en materia de prevención y bioseguridad, el desarrollo de una nueva variedad tipo Cavendish, resistente a Fusarium Raza 4 Tropical y otras enfermedades, y que además mantenga las características de calidad y aceptación del consumidor, representa una estrategia clave para el futuro del sector. Alcanzar este objetivo permitiría asegurar la continuidad y sostenibilidad de la producción bananera nacional e internacional, fortalecer la seguridad alimentaria y la competitividad de la industria, así como brindar una alternativa de largo plazo frente a uno de los mayores desafíos fitosanitarios que enfrenta el cultivo“, expresó Robins Stivens Flores Guillén, profesional de Investigaciones en Fisiología y Prevención Fusarium
Una supercomputadora que ahorra tiempo

En un salón frío, silencioso y casi anónimo del campus Rodrigo Facio de la Universidad de Costa Rica hay una supercomputadora nacional. No parece cine futurista: son gabinetes negros, luces parpadeantes y un ruido constante de ventilación. Adentro ocurre algo extraordinario: cientos de procesadores trabajan simultáneamente para resolver problemas científicos que otros equipos no podrían procesar.
El físico Federico Muñoz, responsable del proyecto, lo explica así: una computadora personal tiene cuatro u ocho núcleos de procesamiento, mientras que este clúster institucional puede operar con más de mil trabajando a la vez. La diferencia es que si una tarea tarda cien segundos en resolverse, aquí el problema puede dividirse y repartirse entre cientos de procesadores que trabajan en paralelo. Lo que antes tomaba horas puede tardar minutos.

La UCR lo llama un clúster de cómputo de alto rendimiento (HPC, por sus siglas en inglés): un conjunto de computadoras de enorme capacidad conectadas a velocidades altísimas —hasta 100 gigabits por segundo— para comportarse como si fueran una sola máquina gigantesca. Tiene capacidad de almacenamiento cercana al medio petabyte —equivalente a 500 computadoras personales llenas de datos— y funciona veinticuatro horas al día, siete días a la semana.
Pero quizá lo más interesante no es el músculo tecnológico, sino para qué sirve. Ya se utiliza para modelar oleajes y ayudar a pronosticar cuándo un barco puede entrar con seguridad a puerto; para correr simulaciones meteorológicas que permitan decidir si el sistema eléctrico debe depender de energía eólica, solar o térmica; para estudiar materiales desde la mecánica cuántica y para entrenar modelos de inteligencia artificial capaces de analizar imágenes médicas sin exponer datos sensibles en servicios externos.
El proyecto comenzó a operar en 2024, financiado directamente desde la Rectoría y construido con el apoyo de más de cien investigadores de distintas áreas. “Esto va a levantarnos muchas rayas más arriba en Centroamérica”, asegura.
La silenciosa fábrica del mañana
En un gran laboratorio de Costa Rica, un grupo de científicos escucha manatíes con inteligencia artificial a través de grabaciones subacuáticas, otro estudia bacterias marinas para encontrar antibióticos del futuro, alguien modela ríos para anticipar inundaciones, otros rastrean microplásticos en alimentos del mar y un laboratorio convierte residuos agrícolas —cáscaras, hojas, biomasa— en materiales con potencial industrial.
En otra oficina, investigadores observan murciélagos para entender cómo toman decisiones colectivas; más allá, satélites ayudan a leer el territorio y equipos de nanotecnología trabajan a escalas invisibles para desarrollar materiales capaces de detectar moléculas diminutas o inspirar nuevas aplicaciones médicas.
Ese lugar se llama Centro Nacional de Alta Tecnología (Cenat) y su historia es fascinante.
Nació en 1999, impulsado por el Consejo Nacional de Rectores (Conare), cuando la idea de “alta tecnología” todavía sonaba, para muchos, como algo importado de Silicon Valley, Alemania o Japón... no Costa Rica. Mucho menos una Costa Rica lejos de la conversación sobre nanotecnología, bioeconomía, modelado climático o computación avanzada.
José Vega Baudrit, director a.i. del centro, sonríe un poco cuando intenta explicarlo sin palabras técnicas. Dice que nunca ha sido fácil explicarlo, pero que el Cenates un puente: un lugar pensado para acercar el conocimiento científico a sectores que normalmente no tendrían acceso a él y convertir preguntas académicas en herramientas concretas para comunidades, instituciones y empresas. Una bisagra entre universidad pública, sector productivo y Estado. “Es ciencia que sale del laboratorio y se ensucia un poco los zapatos. Ciencia que intenta bajar a tierra”, explica.
Costa Rica empezaba a quedarse atrás frente a tecnologías que ya moldeaban el futuro y había que construir un espacio capaz de mirar más lejos, de estudiar no solo los problemas del presente, sino los que todavía no habían llegado. Computación avanzada. Clima. Nanotecnología. Biodiversidad. Nuevos materiales. Ambiente.
“Convencer al sistema de la importancia de la ciencia y la tecnología es difícil porque los resultados no aparecen mañana. A veces tampoco dentro de 4 años. A veces tardan 30 años, 40. La lógica electoral y política exige inmediatez; la ciencia, en cambio, suele pedir décadas”, explica.
El Cenat se sostiene mediante recursos del Fondo Especial para la Educación Superior (FEES), fondos administrados a través de la fundación Funcenat, así como aportes de cooperación internacional —particularmente europea— y alianzas con el sector privado. Un equilibrio frágil.
Aun así, Vega insiste en una idea: “Costa Rica ha logrado posicionarse en bio y nanotecnología en conversaciones donde hace apenas unas décadas parecía improbable siquiera entrar. Es algo bueno, pero lo digo como advertencia. Porque todo esto podría no existir. Y con ello podría desaparecer algo más preocupante: la posibilidad de producir preguntas propias”, finaliza.
