Era el mediodía del domingo 31 de agosto de 1969, hacía poco más de un mes que el primer hombre había puesto un pie en la luna y los adolescentes de entonces forjábamos sueños, ilusiones y amor por el fútbol, pasión primigenia de nuestra juventud.
Yo estaba en el tendido de Sombra del Estadio Nacional, viéndote jugar con el Saprissa contra el Cruz Azul de México por la Copa de Campeones de Concacaf. Promediaba el segundo tiempo de un duelo trepidante. Tus despejes sensacionales y la jerarquía que imponías provocaban el delirio de la multitud. Las cifras decían 2 a 2 en un duelo intenso.
Un balón venía de altura. Te anticipaste en el círculo central, avanzaste un par de metros y soltaste un auténtico obús de larga distancia. La luna blanca se instaló en las redes de Roberto Alatorre, tras el vuelo imposible del guardameta. No obstante, el árbitro salvadoreño Leonel Bohórquez decidió que la anotación no valía, porque en el instante de tu remate, te habían cometido una falta. La protesta de la afición no se hizo esperar. Entonces colocaste el balón, cobraste el tiro libre y un nuevo bombazo tuyo estremeció el horizontal.
Empezaste en Primera División con el Orión en 1963, justo cuando yo me iniciaba como admirador de tu juego vigoroso, pero leal; recio, pero limpio. Entre 1963 y 1978, fuiste un baluarte en el Saprissa; inspirador en Alajuelense; orgullo de tu sangre en Cartaginés; buque insignia de la Selección Nacional. Tus hazañas se comparaban con las de Roberto Perfumo en Argentina, Elías Figueroa en Chile y, años después, con las de Róger Flores, nuestro capitano en Italia 90.

Supe de tu partida en la mañana del martes, mientras tomaba un café con llovizna y silencio en una sodita modesta. A puño y letra, esbocé en una servilleta los primeros trazos de esta columna, al tiempo que las imágenes de tu golazo al Cruz Azul -ausente en la estadística, pero indeleble en la memoria- emergían desde el fondo de mis recuerdos. Conmovido, musité una oración por vos. Perdoná que me atreva a vosearte; no es irrespeto, es un detalle de gratitud por lo que fuiste, por todo lo que inspiraste en quienes tuvimos el privilegio de mirarte derrochar calidad, fervor y honestidad en las canchas. Adiós, Wálter Elizondo Gómez, gracias por tu legado.