En medio de una ofensiva terrestre israelí en el Líbano y una lluvia de misiles balísticos iraníes sobre Israel, aumenta el temor a que el conflicto en Medio Oriente pronto se descontrole y termine involucrando a potencias como los Estados Unidos. Pero Ucrania sigue librando una guerra propia, que no tendrá chance de ganar si sus socios internacionales (en particular Estados Unidos y la Unión Europea) distraen su atención en otra cosa.
El presidente ucraniano Volodímir Zelenski es muy consciente de ese riesgo, y ha tratado de traer a Ucrania otra vez a primer plano. Su visita a los Estados Unidos el mes pasado incluyó reuniones con el presidente Joe Biden y con los candidatos de la elección presidencial de noviembre (la vicepresidenta Kamala Harris y el expresidente Donald Trump), además de una aparición en el debate general de las Naciones Unidas.
Los logros de Ucrania merecen destaque. Cuando en el 2022 el Kremlin lanzó la invasión total, imaginaba una victoria rápida. Los soldados rusos tenían suministros para una misión de cinco días, que supuestamente debía terminar con un desfile en Kiev (se dice incluso que habían empacado el uniforme ceremonial). Hoy, la otrora temida flota rusa del mar Negro está en ruinas, y Ucrania incluso ha logrado capturar una porción de territorio ruso. Con su liderazgo, Zelenski ha alentado en su pueblo un sentido de identidad nacional más sólido, quizá, que cualquier otro líder en la historia reciente.
Pero las fuerzas rusas no dejan de consolidar sus avances en la región oriental de Donbás, y Ucrania lucha contra la escasez de municiones y de reclutas. En este contexto, Zelenski ha presentado a los líderes estadounidenses un "plan para la victoria“, una estrategia cuyo objetivo es fortalecer la posición de Ucrania en el campo de batalla para mejorar su poder de negociación frente a Rusia.
La respuesta ha sido mixta. Aunque Biden reafirmó su “apoyo inquebrantable” a Ucrania y autorizó ocho mil millones de dólares en ayuda militar, rechazó el pedido de Zelenski de licencia para usar misiles estadounidenses contra objetivos en el interior de Rusia. Para Zelenski fue una gran decepción, pero para Biden el riesgo es simplemente demasiado alto.
De hecho, pocos días antes de la reunión de Biden y Zelenski en la Casa Blanca, el presidente ruso Vladímir Putin modificó la doctrina nuclear rusa de modo que ahora un ataque procedente de un Estado no nuclear que tenga respaldo de una potencia nuclear se interpretará como “ataque conjunto” y podría justificar una respuesta nuclear. Aunque hasta ahora Biden no se ha dejado amilanar por las reiteradas amenazas nucleares de Putin, que no han impedido al gobierno estadounidense continuar el apoyo a Ucrania, su intención de evitar una escalada se mantiene.
En cualquier caso, en poco tiempo Zelenski deberá tratar con otra persona en la Casa Blanca, y mientras que Harris ha prometido “asegurar que Ucrania prevalezca” en la guerra contra Rusia, Trump dice que lo primero que hará después de la elección será buscar un acuerdo negociado.
Cuando Zelenski estuvo en Estados Unidos, al principio Trump no quiso mantener una reunión, pero al final cedió, no sin antes promocionar su “muy buena relación" con Putin. Zelenski también provocó una reacción negativa de los republicanos con su visita a una fábrica de municiones en Pensilvania y sus críticas al compañero de fórmula de Trump, J. D. Vance, por oponerse a que Estados Unidos siga dando apoyo a Ucrania, que según Vance debería ceder territorio a Rusia como parte de un acuerdo de paz.
Si Estados Unidos abandona a Ucrania, Zelenski tendrá pocas opciones. Que Biden haya logrado reunir apoyo internacional para Ucrania y mantener la cohesión de los aliados entre la OTAN se debe precisamente a que ha restaurado la credibilidad de Estados Unidos como aliado y socio después de que Trump condenara a su país al ridículo. Harris tal vez pueda sostener el historial de Biden (aunque no le será fácil ahora que el compromiso de Europa con Ucrania comienza a vacilar), pero Trump no quiere ni puede hacer lo mismo.
No sorprende, entonces, que Zelenski esté tratando de obtener una garantía de seguridad inviolable: su plan para la victoria incluye un pedido (audaz y justificado) de que la OTAN extienda a Ucrania una invitación formal de ingreso. Putin cree (a contramano de la historia y del derecho internacional) que Ucrania no es un país soberano, sino parte de Rusia. Esto deja a Ucrania fundamentalmente vulnerable a interferencias e incursiones de Rusia (o incluso algo peor).
Las garantías de seguridad provistas en 1994 en Budapest, cuando Ucrania renunció a su arsenal nuclear, no bastaron para superar esta vulnerabilidad. La única forma creíble de evitar que Putin (o cualquier futuro líder ruso) viole la integridad territorial de Ucrania es mediante el tipo de garantías de seguridad sólidas que conlleva la membrecía plena en la OTAN. Pero Estados Unidos se muestra renuente a apoyar el ingreso de Ucrania, al menos mientras continúe la guerra.
Aunque en esta cuestión Europa no puede contrarrestar a Estados Unidos, algunos sostienen que puede colaborar con la protección de Ucrania por otros medios. Tradicionalmente, el ingreso a la OTAN siempre ha precedido al ingreso a la UE, ya que lo primero provee la seguridad política y económica necesaria para lo segundo. Pero en el caso de Ucrania, sería posible en teoría usar la membrecía en la UE para anclar al país dentro de las instituciones occidentales sin necesidad de que la OTAN provea la defensa colectiva.
Sin embargo, no es nada seguro que la membrecía en la UE alcance para proteger a Ucrania de futuras agresiones rusas. De modo que mientras las garantías de defensa colectiva de la OTAN estén fuera del alcance de Ucrania, incluso tras el final de la guerra, habrá que hallar esquemas de seguridad alternativos. Tal vez sirva de modelo la protección que obtiene Corea del Sur en el contexto de su alianza con Estados Unidos, sobre todo si se tiene en cuenta que un resultado posible de la contienda actual es que Ucrania termine dividida (al menos por un tiempo) como se dividió la península coreana en 1945.
Pero en última instancia, la entidad mejor preparada para proteger a Ucrania es la OTAN. Y tiene buenas razones para hacerlo. La guerra en Ucrania no es solo un conflicto regional; es una lucha más amplia en torno a los principios en los que se basa la estabilidad global, entre ellos la soberanía nacional, la integridad territorial y el Estado de derecho. Y es también una prueba de fuego para la credibilidad occidental, tras la desastrosa retirada estadounidense de Afganistán en el 2021.
Ucrania no podrá sobrevivir esta guerra, y mucho menos iniciar el largo camino hacia su reconstrucción, con meros apoyos simbólicos o vagas promesas de seguridad. Ucrania necesita garantías concretas. Y la OTAN debe proveérselas.
Ana Palacio fue ministra de Asuntos Exteriores de España y vicepresidenta sénior y consejera jurídica general del Grupo Banco Mundial; actualmente, es profesora visitante en la Universidad de Georgetown.
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