Como dijimos en este espacio en días anteriores, la inauguración del Cacco es una buena noticia desde el punto de vista de infraestructura penitenciaria, pero la seguridad del país comienza antes de la celda. Aquel editorial se enfocaba hacia dentro; en este, dirigimos la mirada hacia el exterior. Nadie discute que el sistema penitenciario necesitaba espacio, ni que el Estado debe recuperar el control de cárceles que el propio Ministerio de Justicia ha admitido que están infiltradas por el crimen organizado.
Lo que sí se cuestiona es el enfoque. El modelo salvadoreño nació para enfrentar a decenas de miles de pandilleros. Costa Rica afronta una realidad diferente: redes de narcotráfico y células locales que viven del trasiego y el lavado. Una cárcel puede aliviar el hacinamiento y aislar a cabecillas de bandas, pero por sí sola no desmantela esas rutas. Acá no tenemos 70.000 pandilleros tatuados a quienes encerrar y copiar la solución de un problema distinto al propio no garantiza un resultado a la medida de nuestras circunstancias.
La presidenta Laura Fernández dijo durante la inauguración de la cárcel que Costa Rica se convertirá en un referente mundial en seguridad penitenciaria. Es una ambición legítima, pero encierra una apuesta cuestionable: que Costa Rica alcance reconocimiento internacional por la solidez de los muros de sus centros penales para encerrar a los delincuentes, en vez de por la eficacia de sus políticas para prevenir el crimen y garantizar la seguridad.
El mensaje que enviamos al exterior no admite matices. El lector en Londres, Madrid o Pekín puede concluir que Costa Rica se ve a sí misma como un país desbordado por la violencia y que ha optado por emular la respuesta penitenciaria de El Salvador. Durante décadas, nos calificaban como “la Suiza de Centroamérica”; ahora nos comparan con el país del norte donde, por décadas, los asesinatos fueron pan de cada día.
Ese mensaje tiene costos. El turismo, la inversión extranjera directa y la reputación cultural del país dependen de percepciones, y las percepciones se forman, en gran medida, con lo que la prensa cubre. El viajero que lee sobre megacárceles y narcotráfico prefiere revisar su itinerario de vacaciones; el inversionista se detiene a hacer más despacio su cálculo de riesgo país.
Ninguna cifra mide aún ese efecto, pero el riesgo reputacional es evidente. A eso se suman reportajes de peso de diarios como The New York Times, en los que se explica cómo un paraíso turístico se volvió imán del narcotráfico, o de The Wall Street Journal, en que se advierte de esa violencia y de cómo amenaza con trastornar el sistema político. No hay mala fe de los corresponsales: la violencia que describen es real.
Tampoco ayuda que organizaciones y observadores hayan alertado sistemáticamente sobre retrocesos en derechos humanos, en particular de migrantes y de personas privadas de libertad, ni que la prensa económica internacional hable de una ruptura con la tradición democrática y de justicia penal en el país.
Hay además una trampa de comunicación. Un gobierno que apuesta toda su narrativa externa a la mano dura queda atado a ella. Cada traslado de reclusos, cada incidente dentro del penal y cada nuevo reportaje sobre la violencia se leerán como capítulos de la misma historia, y el tema lo escogió el propio gobierno.
El Salvador carecía de una tradición y una oferta turística comparables con las de Costa Rica. Sin embargo, escogimos equipararnos a su narrativa y alinearnos con el discurso de su presidente, señalado reiteradamente por prácticas autoritarias y cuyo gobierno ha detenido a más de 90.000 personas durante el estado de excepción.
Mostrar firmeza es legítimo y es probablemente lo que se necesita para salir de la crisis de seguridad que nos aqueja, pero mostrarla como único mensaje es un error de comunicación.
Costa Rica sigue teniendo mucho más que decir y que mostrar: su biodiversidad, su energía limpia, sus parques nacionales, su tradición de paz y una voz respetada en foros de democracia y protección ambiental. Pero nada de esto será noticia en las informaciones internacionales si el gobierno no lo defiende con la misma energía y entusiasmo con que inaugura celdas.
Durante décadas, Costa Rica se dio a conocer ante el mundo con dos palabras: pura vida. Hoy corre el riesgo de quedar retratada por otras dos: alta contención.